Manu Sánchez entonó el otro día en su programa una particular versión del “Bella Ciao”, el clásico himno de la resistencia. Lo que hizo fue adaptar la letra para hablar del desahucio de Maricarmen y de la crisis de la vivienda en España que afecta a todo el mundo, pero sobre todo a nuestros jóvenes. Durante la canción comentó que a mucha gente le “estorban los acampados” y dijo que eso es lo que pasa si al pueblo no se le dan soluciones.
Dicen que el hogar es donde está el corazón, pero hoy en día es el lugar del que te echa un fondo buitre.
El humor andaluz no solo hace reír, a veces sangra por una herida social que sigue abierta: la vivienda.
🔥 NO HABERLA ECHAO
@_ManuSanchez_ @PerroAndaluzTVE…— José Pablo López (@Josepablo_ls) October 3, 2026
A mí no me molestan las tiendas de campaña. Me fastidian más los gritos y las peleas de los borrachos, el ruido incontrolable de algunas zonas, el centro de Madrid tomado por los turistas y que mi barrio se llene de basura cada dos por tres.
Este movimiento ciudadano está siendo para muchos similar al del 15-M. Yo lo veo diferente porque el detonante es otro y los indignados de ahora están más organizados. Pero también es verdad que ambas concentraciones empezaron en el mismo lugar (la simbólica Puerta del Sol, que aparece cubierta por un mar de plástico azul para desesperación de Isabel Díaz Ayuso) y que las dos le han dado una vuelta al panorama político.
Todo acto tiene sus consecuencias. Así que de la primera convocatoria nacieron varios colectivos de defensa de los derechos sociales y surgió la semilla de Podemos. En definitiva, sirvió para impulsar la aparición de nuevos líderes y formaciones que pusieron fin el bipartidismo.
La concentración actual también se ha apuntado unos cuantos tantos que han desembocado en las elecciones generales que se celebrarán el próximo 29 de noviembre. El jefe del Ejecutivo se resistía a toda costa a dar este paso hasta que vio en las protestas la oportunidad perfecta. Pensará que así se va a hablar menos de Ceuta y de los procesos judiciales que le acorralan.
En su comparecencia del lunes argumentó que para hacer más necesita una amplia mayoría progresista. Pero lo tiene difícil porque su imagen agota y la derecha y los ultras se van a movilizar como nunca. Además, el PSOE no va a capitalizar el apoyo de todos los manifestantes. El voto estará repartido y la fragmentación de la izquierda perjudica a los socialistas.
Así que Sánchez no tenía mejor escenario posible, pero arriesga. Digo yo que habrá tenido presente que en el 15-M gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero y tras él llegó Mariano Rajoy. Aunque lo mismo él sale indemne porque tiene más vidas que un gato.
Lo que está claro es que el poder de la calle existe. Es indiscutible y se evidenciará todavía más durante la huelga general que han convocado CCOO y UGT, tal y como exigía el Sindicato de inquilinas. Será antes de los comicios y encenderá todavía más los ánimos.
Seguro que entonces retumbará el grito de “tenemos derecho a un techo”. Es uno de los lemas escritos en un cartón que corre el riesgo de convertirse en papilla por la lluvia. Todavía está pegado en un tablón muy cerca de la estatua del Oso y el Madroño que han vallado. Me lo señaló mi hija cuando estuvimos el sábado. Me preguntó si todas aquellas personas no tenían casa y le tuve que contestar que realmente hay tantas que no cabrían allí. Se quedó intranquila pensando si le pasará lo mismo a ella cuando sea mayor.
También estuve hace quince años en Sol con su hermano mayor. El que se ha ido fuera de España a buscar mejores condiciones para independizarse. Entre ambas fotos ha pasado un tiempo y la verdad es que han gobernado tanto PP como PSOE sin ofrecer soluciones.
No quiero ver a la gente durmiendo en un parking subterráneo que han parcelado con cortinas como ocurre en la serie noruega The Architect. Dura sólo cuatro capítulos, de apenas veinte minutos, y eso basta para mostrar con toda crudeza la consecuencia de los precios prohibitivos del mercado inmobiliario.
No son unos perroflautas, son nuestros hijos. Sus voces no son una queja sino la exposición de un grave problema. No es cuestión de unos pocos, sino de muchos a nivel nacional.
La única forma de lograr que algo cambie es expresándolo y nuestros dirigentes políticos tienen que prestar atención. Hay que escuchar. Eso significa comprender y, en este caso, atender. Responder con medidas y no con parálisis. Sólo así se profundiza en la democracia. La presión social funciona. Acaba de hablar la calle y, en breve, lo harán las urnas.

