Opinión

Las nubes

Playa nublada - Sociedad
Cielo nuboso en una playa española
EFE
Actualizado: h

Me veo a mí misma, con ocho, nueve, o quizá diez años, no más, en los campamentos de scouts a los que iba cuando era una pequeña.  Me veo tumbada en el suelo, sobre la hierba, observando cómo se deshacen las nubes en el cielo castellano, porque todos mis campamentos eran en Castilla.  Y no sé cuánto tiempo paso así, observándolas, porque el tiempo no existe cuando las observo.

Hoy, algunos años después (en realidad bastantes años después) sigo sintiendo la misma fascinación por las nubes y puedo pasarme tiempo indefinido observándolas, sobre todo en verano.  Es verano y miro el cielo y veo como el hilo de una nube se va acercando al hilo que parece perdido de otra nube cercana y se encuentran, y se enlazan, y de repente las dos nubes que eran independientes se convierten en otra nube completamente distinta, y así puedo pasarme mirando las nubes, tiempo y tiempo indefinido, que luego tampoco soy capaz de saber cuánto tiempo he estado así, como cuando era niña y estaba en el campamento.

Existe una palabra que define esta fascinación, amor o afición intensa por las nubes.  La palabra es nefofilia, que deriva, como no, del griego, de Néphos, nube, y Philia, amor.

Cuando me encontré con ella por primera vez, fui a buscarla al diccionario de la RAE, me resultaba muy extraño no haberla escuchado nunca antes, y en el diccionario no estaba recogida, supongo que porque no es de uso común.

El caso es que cuando leí este término pensé que cómo podía haber tardado tanto tiempo en saber que yo soy nefofílica perdida, porque desde pequeña siento esta fascinación por observar las nubes, y según pasa el tiempo va a más.  Y no sólo miro las nubes, las fotografío o las grabo en vídeo.

El summum, el momento más especial para observar las nubes, es cuando viajo en avión.  Porque lo habitual es mirar las nubes desde abajo, pero cuando vuelo tengo la visión que los dioses tienen de las nubes, las puedo observar desde arriba. Y estoy convencida de que tengo la visión de un dios cuando vuelo sobre un mar de nubes y a veces tengo la inmensa fortuna de ver como la luz del sol juega con ellas.

Y sí, sé que no soy la única que ve belleza en cualquier tipo de nube, sé que no soy la única en la sala con esta afición, que muchísimas personas como yo, son también nefofílicas perdidas. No hace falta más que entrar en las redes sociales donde ahora todos compartimos lo que más amamos o más nos obsesiona, para comprobar que están llenas de imágenes y de vídeos de nubes, pero es que además existen clubs y asociaciones de todo tipo donde los miembros comparten su amor por la observación de las nubes, aunque mi favorita es la Sociedad para la apreciación de las nubes (Cloud Appreciation Society), y es mi favorita porque no se me puede ocurrir un nombre más poético. Y todos los miembros de la Sociedad para la apreciación de las nubes, que fue fundada en 2005 sienten lo mismo que yo: que todas las nubes merecen ser apreciadas y que cada nube tiene su belleza particular.

Y ahora que nos acercamos al modo vacacional, aunque algunos ya puede que incluso estén de vacaciones, creo que quedarse observando las nubes es una de las mejores cosas que uno puede hacer en una tarde de vacaciones (o incluso en una tarde que no sea de vacaciones).

Seguiré con mi nefofilia, observando las nubes, perdiéndome en su volatilidad, mirando esas nubes como si fueran metáforas de las cosas que en esta vida aparecen y desaparecen.

Seguiré pensando que mirar las nubes es una de las mejores cosas que puedo hacer con mi tiempo en esta vida, quizá para muchos algo superfluo, para mí, algo imprescindible, y mientras las observo, repito, como decía mi querido Oscar Wilde: «a mí dadme lo superfluo, que lo necesario todo el mundo puede tenerlo».