Opinión

Mis favoritos: Instagram obligatorio para mayores de 50; y ya puestos, también el cine

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Algunos países, de los que se dicen desarrollados, que suelen distinguirse del resto porque no tienen a ochenta mil personas dispuestas a cruzar a nado o bordeando la costa y sus fronteras para ganarse una vida (algunos lo llaman invasión, pero yo no veo las bayonetas y además esta sección es Cultura), andan prohibiendo las redes sociales, especialmente TikTok e Instagram, a menores de quince (Francia) y de dieciséis (Australia). El gobierno español dice que “lo está preparando”, igual que las morcillas rojas para separarnos de Marruecos.

Y creo, sinceramente, que se han quedado cortos con sus restricciones y obligaciones.

Si yo fuera alguna vez el presidente del Gobierno y todopoderoso como Rodrigo Cortés, trataría de regular el acceso, al menos a Instagram, que es la única red social que practico, a mayores de 50 en el caso de los hombres y a mayores de 30, en el caso de las mujeres, por esto de la madurez. Y creo que estos años de diferencia se me hacen demasiado cortos, pero tampoco es cuestión de esperar a la edad de jubilación para que ellos puedan disfrutar del divinal ponto de sandeces que es la red social Instagram.

Eso sí, a diferencia de estos dos países, yo lo haría obligatorio; esto es, un Real Decreto para que hombres y mujeres a partir de los 50, en el caso de ellas a partir de los 30, estuvieran obligados a tener instalado Instagram y alimentarlo como un Excel del curro. Y no me digas que no se puede porque hay muchos países, democracias consolidadas al estilo de Corea del Norte o la República del Congo, donde votar es obligatorio. Eso sí, siempre al mismo.

Igual que los políticos se chupan el dedo y lo elevan al viento para decidir qué es lo mejor para ellos/nosotros, yo considero que el medio siglo es la edad perfecta para apartarse las banderillas, situarse de perfil en la esquina más irónica del Iphone y empezar a escarbar en busca de vitriolo, un mineral raro y valiosísimo, que sirve como estupendo conductor de esa forma de estar en el mundo que es el surrealismo y la patafísica.

TikTok e Instagram - Sociedad
Fotografía de unas redes sociales instaladas en un smartphone
Shutterstock

Y porque es la red social perfecta para caricaturizar la vida, pantalla líquida del esperpento que nos ha tocado vivir.

En este gran azul infinito que es Instagram, se han puesto de moda unos trasuntos de duelos artísticos tipo Grand Slam -sin farmear aura- en donde tienes que, por ejemplo, ir descartando películas que aparecen de dos en dos sobreimpresionadas: eliges una, que pase ronda y puede (o no) caer ante la siguiente; y así llegar a la ganadora, al Sagrado Grial…a la mejor. Y eso, claro, se puede hacer también con libros, cuadros, personas: artistas, deportistas… políticos. O sea, otra sandez by IG.

Y claro, Juan Carlos Ortega, el mejor humorista de España y, que, por supuesto, tiene más de 50 tacos, ha sacado el vespino del afilador y le ha robado el espejo cóncavo a don Ramón: circula en esta red un descacharrante vídeo en el que le van poniendo distintas imágenes de eminencias históricas y tiene que ir eligiendo “a la mejor”; así, alguna se mantiene en pie varias rondas, otras caen pronto, hasta que queda un duelo a muerte entre Beethoven y Félix Bolaños. Y funde a negro. Humor por contraste: genio, cultura, universalidad, frente a las cenizas políticas.

En esos vídeos, incluso los del maestro Ortega, late siempre la misma pregunta: “¿Qué es lo mejor?”

Y ya hemos llegado.

Hablar de “mejor/peor”, en las pelis, y en la vida, es un juego peligroso. Primero, porque dan muchas vueltas (ambas) y, segundo, porque las palabras comidas son siempre amargas. Y lo digo por propia experiencia, hasta que aprendí, al menos en el cine, a hablar únicamente de “favoritas”. Películas, en este caso; pero entiendo que así es como todo el mundo debería conducirse por el arte –y por la vida-. Esos púlpitos tan inestables pueden cambiar de un día para otro, romperse una rueda y caerse.

Y en el centro del volcán, la crítica cinematográfica, tendente al hype constante, a lo pueril, lo tempestivo, como si el cronista de turno saliera de la sala oscura creyéndose al trilero de las tres patatas y la bolita, con la palabra “mejor” entre los dientes. Sin irnos demasiado lejos, en 2025 un puñado de filmes iban a quitar el polvo de las estanterías del séptimo arte y llevar al punto limpio a todas sus ocupantes: Hamnet -de la que oí decir a un crítico, recién salido del pase de prensa, que era “la mejor película de la historia”-, la broma bufa de 250 millones que es Una batalla tras otra, y antes otros brilli- brilli fundidos a la manera de Emilia Pérez y otras muchas más que se han convertido en periódicos para envolver el bocata.

Una sala de los Cines Embajadores.
Una sala de los Cines Embajadores.
Cines Embajadores

Y ahora que empieza el curso, con los festivales, los premios eterno-retorno y los grandes estrenos que nos toca ¿sufrir?, a saber, El ser querido, La bola negra, Digger –oxímoron Iñarritu y comedia-, Dune 3, probablemente vaya a pasar lo mismo; también escucharemos aquello de la “cosecha cinematográfica del 2026 ha sido magnífica”, pero todas ellas desaparecerán como lágrimas en la lluvia. Ojalá apareciera otra Blade Runner.

Así que, mejor hablar de “favoritas”, aunque te den tortas teóricas, como es mi caso. Puestos a pecar, yo prefiero El padrino. Parte III, a cualquiera de las otras dos. En esta trinchera no estoy solo, me acompaña el maestro Augusto M. Torres; o Su juego favorito -hablando del concepto del que vive este artículo- a cualquier otra obra de Howard Hawks; prefiero cien veces más al Capra punki de Vive como quieras que al cursi de ¡Qué bello es vivir!; o la ironía metalingüística de la Ventana indiscreta frente a la falsa teoría necrófila de Vértigo. Y paro ya, porque me están empezando a caer gafas de pasta sobre la cabeza.

Incluso para el listado de las diez “mejores” películas de la historia del cine español, pondría en un honroso puesto a El gran marciano, compitiendo con Erice y Buñuel, porque es la película que mejor ha logrado transmitir la vergüenza ajena.

Hablando de vergüenza ajena, Instagram. Menos mal que tenemos al gran Juan Carlos Ortega descodificándola.

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