Opinión

La misoginia es la bomba nuclear de Irán desde hace medio siglo

Irán
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La República Islámica de Irán es el régimen fundamentalista islámico por antonomasia. En 1979, tras el golpe de Estado de los chiíes, se creó un Estado teocrático que rige sus destinos por las normas de la Sharia, la ley islámica. Un Estado donde los ciudadanos pueden votar al presidente y al Parlamento, pero cuya máxima autoridad la ostentan los líderes religiosos, los mulás, que aprueban o desaprueban a los candidatos. Y es el líder supremo, el ayatolá, quien ostenta el verdadero poder como “jefe de Estado”. Un poder omnímodo sobre lo divino y lo humano.

Desde entonces, en todo el mundo islámico ha habido quien ha querido seguir el ejemplo iraní. No hace falta recordar lo que ocurrió en Afganistán con la secta talibán. Ni lo que propugnaba el salvaje y territorialista Estado Islámico en Irak y Siria. Cuando el integrismo islámico no consigue tomar el poder político para organizar el Estado según sus preceptos, toma cuerpo y protagonismo la solución terrorista, santificada por la misión de “difundir el bien y prohibir el mal” de la yihad, la guerra santa.

Una iraní camina junto a un mural antiestadounidense frente a la antigua embajada de EE UU en Teherán
EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

En este largo período de oscuridad, se calcula que el régimen fundamentalista iraní ha torturado y ejecutado a más de ciento cincuenta mil personas, decenas de miles de ellas mujeres. Pero no es algo del pasado, de los turbios tiempos de Jomeini, no se equivoquen: ocurre ahora, en nuestros días. Siguen en vigor leyes que imponen el velo obligatorio a base de humillar, arrestar y azotar a las mujeres que no lo llevan o se decide que no lo llevan adecuadamente, incluyendo recientes ataques con ácido ampliamente tolerados. No se les permite asistir a eventos deportivos en un estadio, o simplemente cantar. El afán permanente de exclusión de lo social es el reflejo de la voluntad política de anularlas, y convertirlas simplemente en máquinas de procreación.

Hace diez años, el objetivo de Jamenei era duplicar la población para 2050 y alcanzar los 150 millones. Irán ya tiene hoy más de 90 millones de habitantes. Para ello, no solo ha ido aboliendo los programas de planificación familiar y el bloqueo del acceso a servicios vitales de salud sexual y reproductiva, sino que puso en marcha además un completo paquete de medidas dirigidas a fomentar el matrimonio a edad temprana, la maternidad repetida y unos índices de divorcio más bajos, como permitir la discriminación de mujeres solteras o sin hijos a la hora de solicitar un empleo, dificultar el divorcio y evitar la intervención policial y judicial en conflictos familiares, incluidos los que conllevan violencia contra las mujeres.

Represión en Irán
Una iraní camina junto a una pintura mural de soldados del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Iraní (IRGC) en Teherán
Efe

Sí. Que no les confundan. Esto es Irán, el epicentro del fundamentalismo islámico. El campo de pruebas musculado y triunfante. El maestro y la referencia de la opresión y la involución a través del enriquecimiento de su uranio esencial: la misoginia. Entretanto, el doble discurso de los sucesivos presidentes iraníes y del líder supremo, Jamenei, ha sido una clara muestra, a mi entender, de que su ambición destructora de libertades no tiene límites.

Ser indulgentes y tener remilgos y contemplaciones con uno de los regímenes menos confiables del mundo solo le da más tiempo para fortalecerse. El estado islámico iraní ha invertido muchísimo tiempo y dinero en conseguir armas nucleares para garantizar su supervivencia. Pretender buscar una alternativa al fundamentalismo y a la financiación del terrorismo dentro de este régimen es abocarse a un callejón sin salida.

Irán
Una imagen satelital facilitada por Maxar Technologies muestra la instalación nuclear de Fordo
Efe

Como diría la líder de la resistencia iraní en el exilio, Maryam Rajavi: es de ilusos pretender que el pirómano apague el fuego. Hacer concesiones a este régimen va contra el interés del pueblo sometido de Irán y de toda la región, y dinamita la construcción de la paz y la seguridad global. La única alternativa es la firme exigencia de garantías de libertades democráticas, respeto a los derechos humanos y riguroso control de la desnuclearización.

La misoginia de la República Islámica

El fundamentalismo no es solo el enemigo de las mujeres musulmanas, sino de todas las mujeres y, por ende, de toda la humanidad. Es una amenaza global e integral contra la paz y la seguridad, abierta y sin disimulos, que crece sobre la opresión, el terror y el miedo. Y la misoginia es, sin duda, la más compleja y efectiva bomba nuclear de esta determinación destructiva.

La historia universal de lucha por la libertad y la igualdad de las mujeres es el mayor enemigo del fundamentalismo. Precisamente por ello, sin duda y con toda intención, las mujeres son sus primeras víctimas y su principal objetivo de destrucción. Precisamente por ello, la protección y fortalecimiento de esa lucha debe ser el mandato inapelable del mundo democrático.

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