Opinión

Ormuz Año 0

Barcos en el estrecho de Ormuz vistos desde Khasab, Gobernación de Musandam, Omán.
EFE/EPA/ALI HAIDER
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El mundo trumpiano es volátil y confuso. Me pasa con frecuencia que ya no sé con precisión si estamos en lo mismo o algo ha cambiado, si esto era de antes o será de después. El caso del conflicto con el régimen teocrático de Irán es singularmente paradigmático. Los que eran buenos pasan a ser malos y los que eran malo malísimos ya no son tan malos pues se han debilitado. El caso es que Estados Unidos e Israel empezaron una guerra para decapitar al régimen de los ayatolás y debilitar a su proxy de Hizbulá en el Líbano y la firma del acuerdo de suspensión de hostilidades deja la situación más o menos como estaba con anterioridad. Eso sí, se calcula que el coste de la guerra para los Estados Unidos se sitúa entre los 30.000 y los 50.000 millones y para el Estado de Israel por encima de los 12.000 millones de dólares. La aventura no ha salido barata.

Nunca se ha sabido con exactitud el objetivo, pero la opinión pública mundial intuía que se pretendía socavar al máximo el régimen iraní para facilitar un levantamiento popular que provocara un cambio político y la consiguiente entrega del desarrollo de armamento nuclear. Pero nada de esto pasó. Los iraníes han aguantado sin desfallecer. Y, como se estudia en primero de geopolítica, a las primeras de cambio cerraron el estrecho de Ormuz al transporte de mercancías provocando un colapso en el mercado del petróleo y del gas, con el consiguiente encarecimiento de la energía. Wall Street no aguanta estas cosas.

Así que el supuesto acuerdo de intenciones deja las cosas como estaban antes de todo este enorme conflicto. Estados Unidos e Irán han alcanzado un memorando de entendimiento para poner fina a tres meses de guerra abierta. Se trata de un documento de 14 puntos que incluye la reapertura de Ormuz, la retirada de las minas navales, la normalización del tráfico marítimo comercial en un plazo de 30 días sin tasas ni peajes, la creación de un fondo de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción de las infraestructuras iraníes, el levantamiento de las prohibiciones para la venta del crudo iraní, el desbloqueo de unos 25.000 millones de dólares de fondos iraníes retenidos en el extranjero, la renuncia a producir o comprar armamento nuclear por parte de los ayatolás y el compromiso de negociar en 60 días un acuerdo final. Todavía no se ha despejado la postura del gobierno israelí que parece decidido a continuar su ofensiva en el sur del Líbano.

Mujeres participan en una ceremonia en memoria de los niños de la escuela Minab. EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

Las bolsas mundiales se disparan

Pese a los interrogantes sobre la firmeza del acuerdo, las bolsas mundiales se han disparado y el precio del petróleo ha bajado hasta situarse en el entorno de 80 dólares barril. Nuestro IBEX35 ha batido récords al superar sobradamente por vez primera en su historia los 19.000 puntos. Bancos y empresas turísticas han sido los más beneficiados.

Pero la verdad es que el resultado, pese al entusiasmo del presidente Trump, deja las cosas en una situación muy similar a la anterior a desatar la ofensiva, a la establecida por el vituperado acuerdo suscrito en la etapa de Obama. El estrecho de Ormuz abierto y unas conversaciones pendientes para que Irán no adopte armamento nuclear.

Las consecuencias económicas serán muchas y todas positivas. A nadie se le escapa que el dinero huye del conflicto, su miedo y cobardía es más que legendario. Y no digamos cuando afecta al corazón de la energía y de la logística. Aunque cabe pensar que los precios de la energía se mantendrán durante un tiempo prolongado por encima de los previos a la operación Furia Épica. Varias razones lo explican. Por un lado, muchas de las infraestructuras energéticas del Golfo Pérsico han quedado seriamente dañadas y su reparación y puesta en funcionamiento requerirá de bastante tiempo. También se tienen que reponer los inventarios de las reservas estratégicas liberadas en un 44% durante estos tres meses de conflicto. Y, sin duda, desactivar y retirar las minas no es una cuestión menor. Asimismo, el elevado coste de fletes y seguros tardará semanas en normalizarse.

El fin de las hostilidades permite pensar en una estabilización de la economía, una contención inflacionaria y de los tipos decretados por el Banco Central Europeo, la FED americana y el Banco de Inglaterra.

Es cierto que el conflicto se produjo en medio de una escalada sin precedentes de los valores tecnológicos en las bolsas, lo que ha facilitado su recuperación inmediata. La IA puede con todo. La salida a Bolsa de Space X lo ha evidenciado y se espera impactos similares con Anthropic y Open AI.

Pero la guerra, como ocurre con todas, implicará inevitables costes económicos no sólo para los países contendientes sino para el conjunto de la economía global. La inflación sufrirá, pues tardará en volver a los números previos a febrero y el crecimiento se retrasará. La energía será más cara que en 2025, con su impacto directo en inflación y crecimiento.

Estamos, por tanto, ante una paz frágil, pendiente de un hilo. Trump ha dicho unas cuarenta veces que el acuerdo estaba cerca. Esperemos que ahora la realidad no le desdiga. Además, su aplicación se demorará al menos dos o tres meses en materializarse. Difícilmente los barcos atravesarán Ormuz antes de este tiempo. La paz es tan frágil que las autoridades americanas han vuelto a sacar el palo amenazando con reiniciar los ataques si no les gusta alguna decisión iraní. Eso sin tener en cuenta que Israel no parece muy animada a levantar el pie del acelerador en el sur del Líbano. Por si fuera poco, este cierre del conflicto endurece la posición iraní, pues ha demostrado su capacidad de resistencia y de doblar el pulso con simplemente cerrar el estrecho de Ormuz. No se sabe ni quién ni cómo se aportarán los ingentes fondos para reconstruir las infraestructuras. Se parece más a una victoria pírrica para Trump que a otra cosa. Puede que nada vuelva a ser como antes.