Hay momentos en la historia de una nación, en que la providencia —o como cada uno quiera llamar a ese mecanismo inexplicable que ordena los tiempos— coloca ante sus ojos el reflejo de su propio ser. España lleva años mirándose en el espejo roto de sus miserias y de sus trincheras encontrando, los fragmentos de su propia dignidad. Llegó León XIV, y por un instante, brevísimo quizá, el país alza la mirada. Disfrutemos del momento que no durará mucho.
El primer discurso del Papa en el Palacio Real fue el más político de todos y merecería leerse con lentitud, sin el ruido de fondo de la dictadura cortoplacista. No porque contenga consignas —Prevost no suele regalarlas— sino porque alude, con una precisión casi quirúrgica, a la enfermedad de fondo que corroe no solo a España sino a Occidente entero: la tentación de vivir instalado en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma.
Lo tomó de San Juan de la Cruz, cuyo año jubilar atravesamos con demasiada indiferencia. Aquel León del siglo XVI aprendió, paradójicamente, a apreciar la oscuridad. “Noche dichosa” la llamó: ese tiempo en que el alma se libera de lo que presumía conocer y poseer. León XIV invocó esta metáfora como diagnóstico del presente: lo que más nos aterra hoy es lo desconocido, aquello ante lo cual nos descubrimos sin lámparas, desorientados. La oscuridad como punto de partida para avanzar, no como condena. Ante ella estamos.
Es difícil no pensar en España al escuchar esto.
Hemos vivido, en los últimos 25 años, una degradación sistemática de las instituciones que no puede atribuirse únicamente al partido gobernante ni a ninguna oposición en particular, porque la transversalidad de la degradación moral tiene la mala costumbre de no respetar carnés. Pero conviene no olvidar el momento actual: la utilización de los servicios del Estado para fabricar basura con la que ensuciar a adversarios políticos, el desprecio al poder judicial como contrapeso legítimo, la semántica belicista que ha sustituido al lenguaje del acercamiento. El caso de las cloacas —ese eufemismo que esconde lo que en otro tiempo se habría llamado directamente espionaje político y persecución— revela una forma de gobernar que confunde la mayoría con la impunidad. Eso no lo dijo el Papa, claro. Lo dicen los hechos acumulados. Pero el Papa sí dijo algo que lo abarca todo: “Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad.”
Esta no es una invitación a la equidistancia cobarde. Es una invitación al discernimiento, que es cosa muy distinta. El discernimiento exige mirar la realidad de frente, sin el filtro de la ideología prefabricada, sin el reconfortante refugio de saber de antemano quién tiene razón y quién miente. Exige, en suma, aquello que Santa Teresa describía como el avance de habitación en habitación hacia el castillo interior: ese espacio íntimo donde las contradicciones se resuelven y los demás —incluso los adversarios— encuentran su lugar.
No es misticismo escapista. Es, si acaso, el único realismo a disposición de una democracia que quiera sobrevivirse a sí misma.
Como agustino, León XIV, sabe que la ciudad de los hombres y la ciudad de Dios se construyen en el mismo solar, con los mismos materiales imperfectos. Saben que la paz no es la ausencia de conflicto sino su transformación. Por eso el Papa no vino a dar la razón a nadie, ni a ofrecer coartada espiritual a ningún bloque. Vino a recordar que la falsa seguridad que buscamos en los muros y en las armas —me permito añadir, también, las armas informativas, los ejércitos de trolls, en los gabinetes de guerra sucia— no protege a nadie. Vino a recordar que la única seguridad duradera se construye respetando esos valores éticos y morales que ahora mismo nos resultan demasiado extraños.
La pregunta es si España, en esta oscura noche del alma colectiva, conserva todavía esa creencia. O si prefiere, una vez más, el alivio breve y envenenado de seguir dirigiendo la mirada sólo hacia nosotros mismos.

