Hace unas semanas volví a ver una película que ya había visto hacía tiempo. La película en cuestión es ‘La cortina de humo’, rodada en 1997 y que tiene a Robert de Niro y Dustin Hoffman como protagonistas. El argumento, de lo más actual o de lo más antiguo, según se mire, es el siguiente: el presidente de los Estados Unidos es acusado de abusar de una menor a escasos días de las elecciones y para desviar la atención de la prensa y los electores sobre este caso se crea para los medios una guerra (inexistente) con un país remoto (por supuesto también inexistente). No te hago spoiler si te digo que, efectivamente, en la película la invención, la cortina de humo, funciona. Y uno ve la película, treinta años después de haber sido rodada y siente escalofríos pensando en que puede que nada haya cambiado.

La desinformación no es algo actual, hace siglos que existe, no es algo nuevo. Lo que ha cambiado es que hace siglos todo funcionaba por otros medios, con el boca a boca, por ejemplo. Los embajadores de unos reinos viajaban a otros y entre sus funciones principales, además de establecer buenas relaciones, podía estar el dejar en el aire historias que no eran reales para que corrieran, para que fluyeran de un lugar a otro, de un país a otro, hablar de realidades que confundieran, que hicieran creer que algo existía o, todo lo contrario, que ese algo no era tal, que no era real lo que se contaba. Desinformación, cortinas de humo.
Hoy vivimos una época en las que a menudo ya no sabemos qué es real o qué no es real de lo que nos cuentan que sucede a nuestro alrededor, de lo que nos cuentan que sucede en el mundo. Y a toda la desinformación que ya existía, ha venido a unirse la IA, la Inteligencia Artificial y todas las herramientas y aplicaciones basadas en ella que contribuyen aún más a crear realidades que no son tales con el objetivo de que creamos que existen. Porque seamos honestos, hay circulando tanto material creado por IA que parece real, que estoy segura de que todos hemos tomado como tal lo que en realidad ha sido creado.

Por otro lado, acontecen tantas cosas que parecen increíbles que resultan ser reales, y viceversa, se nos presentan como reales tantas situaciones que son falsas, que es fácil terminar dudando de nuestro propio criterio. ¿Qué es real o irreal de lo que vemos? Que, por otro lado, lo preocupante es que ese pueda ser el objetivo final de alguien, que se dude de todo.
Como vamos advirtiendo día a día, la tecnología que va apareciendo contribuye a que todo esto siga sucediendo cada vez de manera más sutil. Y vivimos entre bandos que afirman una cosa por un lado y la contraria por el otro, y mientras nuestra vida sigue, ajena (o no) a todo lo que va aconteciendo. Porque es imposible parar, la vida sigue, nosotros seguimos.
Y esto es la vida real, nuestro mundo real, en el que vivimos, donde a menudo ya no sabemos determinar la diferencia entre lo real y lo que no es tal.
Pero antes de que la IA llegara a nuestras vidas, ya se nos presentaron situaciones que nos decían que eran irreales, pero que muchos nos creímos a pies juntillas, y es que el realismo mágico, ese movimiento literario que yo conocí cuando era adolescente, nos hizo creer que pueden suceder hechos extraordinarios, y muchos decidimos creer que no eran irreales, o si no, al menos tan reales como el resto de lo que acontecía en las historias que vivíamos mientras las leíamos.
Vivimos tiempos donde empieza a ser agotador intentar determinar qué es real y qué no lo es, así que yo he decidido que voy a creer a pies juntillas lo que me parezca, empezando por todo lo que ocurre en Macondo o en Jándula. Y creeré, porque así me lo cuentan, que se puede levitar, que se puedan llorar lágrimas de color o que pueden salir pétalos de rosa de la boca de alguien al hablar.
Al final, como decía Vargas Llosa, la vida es una y tiene límites, pero en la ficción todo puede ser verdad.



