Opinión

Sobrevivir

María Jesús Güemes
Actualizado: h
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Un día pensé que sólo una enfermedad me podía detener porque llevaba tiempo inmersa en una dinámica de locura laboral y no veía escapatoria. Así fue. Llegó un diagnóstico de cáncer que me obligó a parar.

Mi reacción natural fue la de ocultarme. Cada uno lo digiere a su manera. Algunos lo cuentan y otros, como yo, quieren desaparecer. Las dos formas son totalmente respetables. Cada uno hace lo que siente y cada uno padece como puede operaciones, tratamientos y secuelas.

Mi mundo por aquel entonces estaba lleno de gente y lo cambié por un reducido grupo de personas que comprendían mi necesidad de silencio. También pasé de las urgencias por dar una noticia a las de los hospitales. En la agenda ya no había ruedas de prensa. No existía más viaje que ir en metro y lo único que hacía era tachar los días, al ritmo de ciclos y pinchazos, albergando una remota esperanza.

Entonces, contemplé el paso de las horas de una forma distinta. Ya no iban tan aceleradas como yo, pero con el miedo también se me escapaban de las manos. Mi incertidumbre me devoró, mi físico se transformó y, por fin, comprendí que lo único importante es sobrevivir.

La necesidad del coraje

Al final, no salió mal porque lo puedo relatar. Aunque para escribir estas líneas me ha hecho falta coraje. Costó aguantar y, por eso, ahora sé relativizar los problemas y valoro tanto la rutina.

Cada día soy consciente de que podría haber sido muy distinto el desenlace. Lo tengo siempre presente por una amiga que me acompañó a la primera consulta. Ella sabía lo que me esperaba, ya le había empezado a crecer el pelo y se pintaba los labios de rojo.

Aquel día, en una gélida sala de espera, me impedía pensar hablándome de la situación de la sanidad pública, de un libro y de multitud de flores. Le encantaban los agapantos y recuerdo que en cuanto tenía ocasión citaba a Kafka con aquello de que “la alegría es nuestro deber diario”. No lo olvido y recomiendo aplicarlo. La mejor receta es un ratito de felicidad propia. De esa forma, se cura el alma.

Ella me enseñó a ver el mundo con los ojos con los que lo retrataba. En sus paseos por la calle, los desconchones se convertían en mapas, el cielo azul parecía el mar, los charcos de lluvia se transformaban en reflejos infinitos y los ladrillos de colores bailaban.

Contagiaba vitalidad. Fue un regalo conocerla y lo más sorprendente es que la sigo sintiendo cerca. Hace poco, en una de las revisiones periódicas, iba yo preocupada en el coche de camino al Gregorio Marañón. Me iban a dar resultados y nunca se sabe qué te deparará el destino. Los nervios te reconcomen y la sensación de lo efímero ya no te abandona jamás.

Una bonita casualidad

En ello iba meditando cuando, de pronto, alguien me preguntó cómo se llamaban esas plantas tan extrañas que invadían una rotonda. Comentó que Madrid estaba plagado, señalándome con el dedo unas moradas que se erguían altivas exhibiendo su belleza. Eran precisamente las que a ella tanto le gustaban, las que yo siempre le dije que me parecían un poco extraterrestres.

Me pareció una bonita casualidad que dicha indicación llegara en ese preciso instante y no pude hacer otra cosa que sonreír para mí misma. Supe que todo iba a salir bien y que muchas personas seguirán conmigo aunque ya no estén.

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