A veces, me gusta apagar el volumen de todo lo que me rodea y escuchar lo que pasa en la calle. Eso es lo que hice el otro día con el partido y comprobé que uno se puede enterar perfectamente de lo que está ocurriendo si presta atención a las reacciones. Se oía blasfemar, gritos ahogados, algún golpe seco…. También se imponía de vez en cuando un silencio sepulcral fruto de la tensión. Fui capaz de percibir hasta los suspiros.
Ya con el gol, como es lógico, llegó la expresión de la alegría en toda su magnitud. Comenzaron los alaridos. La gente se abalanzó hacia las ventanas para compartir su emoción y ondear la bandera. Eso hicieron mis vecinos. Supuse que en el interior de las casas y de los bares se darían efusivos abrazos.
Hubo que esperar un poco más para el final, pero supe que este se había producido porque estalló el estruendo. Entonces, reventó el aliento contenido y se elevó una ola de ruido que iba en aumento con las vuvuzelas y los cánticos de los aficionados.
Esta es otra forma de resumir el España-Argentina que todo el país vivió el pasado domingo con el alma en vilo. El enfrentamiento fue una agonía, con esos dos tantos que decidieron anularnos. Eso sí, con el triunfo se desató la euforia colectiva y a mí me encanta ver a todo el mundo disfrutando. El buen rollo es todo un espectáculo.

Ese día yo estaba de guardia trabajando y preferí estar sola por si surgía alguna emergencia. No ocurrió. También es verdad que nunca he sido muy futbolera. Eso es porque mi padre era un ‘míster’ y su profesión le quitaba tiempo para estar conmigo. Entre que se iba casi todos los fines de semana al sitio en el que se celebraba la contienda y los pelotazos que me daban cuando le iba a ver al campo, le pillé cierta manía a este deporte. Supongo que arrastro el trauma.
De todas formas, era consciente de que no siempre se juega un Mundial y tenía que estar pendiente. La conclusión: La Roja nos volvió a llevar de fiesta 16 años después de la Copa lograda en Sudáfrica. De Iniesta a Ferran. Muchos tendrán que comprarse la camiseta con las dos estrellas.
En fin, cuando comprobé que ya había acabado todo, me dejé de experimentos. Pillé el mando de la tele y pulsé en el volumen para atender a lo que estaba diciendo el seleccionador, Luis de la Fuente, en ese preciso instante. “Juntos somos más fuertes”, comentó. Y me pareció muy sabio, tiene razón.
Lo que sucede es que sólo nos unimos en momentos así o ante las grandes catástrofes. En esas situaciones, hay algo que nos liga y nos hace poderosos. Nadie repara en sexos, razas o ideologías. No hay clases sociales. No hay problemas. No hay diferencias, sólo un propósito. Somos muy diversos, pero se impone el hermanamiento generalizado. Por eso, se agradece que un equipo contagie ilusión y nos haga olvidar la polarización que padecemos en esta época.
El Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (Oberaxe) detectó en junio más de 40.000 mensajes de odio en redes. El informe recoge especialmente el volumen de contenidos hostiles contra Lamine Yamal. Y es que en estas últimas semanas algunos se han dedicado a contaminar. Por suerte, la felicidad de la mayoría ha barrido todo. Ojalá nos durase la resaca de la victoria, pero temo que la paz se nos estropeará pronto. Ya se encargarán los políticos de ello.
Con la vuelta a casa de los jugadores, se congregaron más de dos millones de personas en el recorrido. Durante los festejos no hubo altercados ni incidentes graves. Da miedo pensar en lo que puede ocurrir con semejante afluencia. Sin embargo, nos comportamos. Habla bien de nosotros, no somos bestias. Ya en la celebración en Cibeles, el capitán y el mejor jugador del Mundial, Rodri, pilló el micrófono y proclamó: “¡Viva el Rey y viva España!”. No hay discurso más patriótico y a nadie le molestó. No es cosa de derechas, es un sentimiento de país.

