A Manuel Vicent, Víctor Márquez Reviriego y Luis Carandell; grandes maestros que honraron al género, a los clásicos y a las Cortes.
“Háblame, Musa, del hombre de múltiples tretas que por muy largo tiempo anduvo errante”. No soy Homero, ni hablo de Ulises. Soy Toni Simón y hablo de Pedro Sánchez, de Odiseo Sánchez. Este miércoles en la sesión de control al Gobierno asistimos al último truco de nuestro presidente: mientras el fantasma de su guía y maestro Zapatero, el Dalai Lama del sanchismo, inundaba hasta el último rincón del hemiciclo y de la vida pública española, Sánchez se refugiaba en el magnífico burladero de la columnata de Bernini. El plan era perfecto, pero la España de hoy es una montaña rusa enloquecida con giros y cambios inesperados y sorprendentes. Y con Sánchez en Roma visitando al Papa -Moncloa bien vale una misa-, el banco azul desierto y Zapatero por doquier, la UCO se presentó en Ferraz y reventó los planes, la actualidad y las portadas.
La mañana parlamentaria parecía más bien de control al vicepresidente económico, Carlos Cuerpo, que al Gobierno: respondió a seis preguntas parlamentarias y acreditó dos cosas. La primera, que la penúltima treta política le ha salido bien a Sánchez, el Ulises de la Mareta. Ha cambiado el cine de Almodóvar por el de John Ford. Sí, cambió a la achicharrada y almodovariana María Jesús Montero, Mujeres al borde de un ataque de nervios, por el irlandés pacense, Carlos Cuerpo, El hombre tranquilo. El ministro extremeño ni se inmutó ante las preguntas y recitó encantado los temas sobre la economía española de 2026 de la oposición a Técnicos Comerciales del Estado, mientras en los escaños el ruido y la tensión no cesaban. Su cara a cara, mejor que su cuerpo a cuerpo, con Ester Muñoz amenaza con convertirse en uno de los momentos estelares de las mañanas de los miércoles, porque la portavoz leonesa del PP no para de crecer y mejorar.
Ester Muñoz no lee, ni se apoya en papeles, habla y eso que debería ser lo normal en el Congreso, se ha convertido en el parlamentarismo actual en algo extraordinario e infrecuente. Este humilde cronista no cesará de luchar para que en las sesiones de control se hable y no se lea. La segunda cosa que acreditó el sucesor de mi paisana Nadia Calviño al frente del Ministerio de Economía es que únicamente un epíteto hace honor a sus méritos y funciones: Carlos Cuerpo, el López Rodó de Sánchez.
Tras la calma del océano de la economía -Junts preguntó por el infierno fiscal, los inspectores de Hacienda, pero ni pío de la moción de censura-, llegó la tempestad Tellado en su pregunta a Yolanda Diaz, la Pasionaria de Fene. Había anunciado al comienzo de la sesión la presidenta Francina Armengol que habría una interrupción por un simulacro de evacuación de la Cámara y Tellado el Travieso, el Saint-Just de Feijoo, comenzó diciendo a la bancada socialista que no se alarmasen si escuchaban sirenas, que eran del simulacro, no de la UCO. Tras este comienzo, ocurrentísimo y demoledor, firmó la que tal vez sea su mejor intervención parlamentaria, llena de juegos de palabras, ironía y retranca gallega. Y tuvo la suerte de que enfrente resurgiese la Yolanda Díaz de los mejores días, la Yolanda por cuyas venas corren borbotones de sangre política, protagonizando los dos un gran debate parlamentario. La Ferrol departamental y la Fene sindicalista demostraron que, a ambos lados del puente de As Pías, habitan la mejor gastronomía y la mejor dialéctica.
La intervención del ferrolano arrancó las sonrisas de Feijoo, el Kennedy de Os Peares, que honró a la Cámara con su presencia. Abascal, el cowboy de Amurrio, la honró, en cambio, una vez más, con su ausencia. Tengo que desmentir a los maledicentes y a los purgados; no es verdad que Abascal esté en el gimnasio de Bambú cuando falta al Congreso, está en la biblioteca. Si Pedro Sánchez es en esta epopeya homérica que es la España política actual el Ulises de La Mareta, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal son los pretendientes. Pero son dos pretendientes muy diferentes. Feijóo le quiere ganar a Sánchez; Abascal, por el contrario, le quiere ganar a Feijóo. Esta paradoja es la que explica muchas de las peculiaridades de la política española. Frente a las ambiciones de los dos pretendientes, el presidente Sánchez, como Ulises, solo tiene un deseo: volver a su isla, volver a La Mareta. Volver a Lanzarote, su Ítaca de volcánica eternidad, en 2026, en 2027…
Nadie conoce el futuro, ni siquiera Tiresias Tezanos, Calcante Michavila o Casandra Barreiro. Nadie. Solo los dioses lo conocen: “Conque dime tú, pues los dioses todo lo saben”, escribe Homero. Yo coincido con Iván Redondo, el Kissinger de Donosti, en que Odiseo Sánchez agotará su mandato y las elecciones generales serán en julio del próximo año y que el del Ramiro de Maeztu aspira a ganarlas. Mientras tanto, sean cuales sean las dificultades –las que le causa la imputación del Dalai Lama del sanchismo son tremendas–, el hombre de múltiples tretas seguirá su camino, seguirá p’alante. En el catecismo sanchista ahora toca religión y fútbol, ahora tocan los goles de Lamine Yamal y las homilías del Papa León XIV.
A las diez y diez de la mañana fuimos evacuados del Congreso y salimos a la Carrera de San Jerónimo. Abandonamos la crispación, el ruido y la furia del hemiciclo y volvimos a respirar el meloso aire primaveral del rompeolas de todas las Españas. Camino del periódico me asaltaron las musas, me asaltaron los versos de Luis Alberto, inmenso bardo sin silla en la Academia, pero con sillón en el Parnaso: “Que haría yo sin mis tebeos”.

