La de Carlota, una superviviente de diez años de la tragedia de Adamuz, es una de esas historias que nos ayudan a rebajar el ruido, a poner calidez en las cifras de víctimas mortales. Fidel, padre de la niña, ha relatado su vivencia desde el hogar del jubilado de Adamuz, convertido improvisadamente en sala de espera del dolor donde los vecinos han hecho de la la hospitalidad una forma compartir el duelo.
Carlota iba el domingo en el tren Alvial junto a su hermano de 12 años y su primo de 9. El viaje era un regalo de la abuela, octogenaria. Había vendido un terrenito y decidió gastar ese dinero en una gran alegría para sus nietos: el musical El Rey León, en Madrid. Debido a su edad, Fidel pensó que sería oportuno acompañarla, pero finalmente fue su hermano quien se unió al grupo. El domingo esperaba su regreso.
Una promesa inquebrantable
Según ha contado este empresario onubense, en el momento del accidente, la niña estaba estudiando. Repasando lengua. Tenía examen el lunes y había prometido a su padre que estudiaría durante los viajes de ida y vuelta. “Como faltó a clase el viernes, le pedí que aprovechara los trayectos para repasar”. De repente, se sintió una especie de terremoto y todas las luces se apagaron. A partir de ahí, todo fue confusión y gritos de desesperación. El hermano de Fidel sacó como pudo a los niños por una ventana rota del vagón. El último, su propio hijo. La abuela está desaparecida.
Carlota salió viva, pero no ilesa. Tiene una fractura de fémur que habrá que fijar con placas y magulladuras por todo el cuerpo, pero su inquietud, cuando recibió la visita del padre, fue otra: “¿Papá, podré volver al tren a por mi libro de lengua?”, le preguntó. La niña quiere recuperar el libro de lengua. Necesita sentir que su mundo no se ha desordenado del todo. El libro simboliza sus rutinas, el estudio, el colegio, la promesa que le hizo a su padre. El lunes seguía existiendo. También los exámenes. Necesita creerlo porque su cerebro no puede procesar de golpe la gravedad de lo ocurrido. Quiere comprobar que su vida no ha quedado suspendida.

Fidel siente alivio por sus hijos, su sobrino y su hermano a salvo, pero angustia por no saber nada de su madre. La familia es católica, cofrade y devota de la Virgen del Rocío. Está convencido de que, en el momento del impacto, su madre se aferró a la fe. “Mi madre siempre va rezando en los viajes. Estamos seguros de que llevaba su rosario en la mano y que estaba pidiendo por todos. Ha sido un milagro. Pero ella… seguimos sin saber nada”, se lamenta.
Es la historia de Carlota, pero podría ser la de cualquier familia partida en dos una noche de domingo. Por cada víctima hay una biografía interrumpida. Por cada superviviente, una experiencia que dejará cicatrices visibles e invisibles. En el momento de escribir estas líneas, la abuela sigue desaparecida. No es una víctima más. Es una mujer que suma a su larga biografía una historia entrañable, una decisión feliz. Relatarla, como ha hecho su hijo, de modo tan íntimo y respetuoso, acorta la distancia entre los pasajeros y el resto de los ciudadanos que, sobrecogidos, también están necesitados de un duelo colectivo. En lugar de banalizar el dolor del accidente, Carlota, con su libro extraviado, lo fija en nuestra memoria. Escuchar en silencio la historia de la abuela dignifica su historia y nos hace pensar en lo frágil que es la rutina. Cómo la vida puede cambiar en un trayecto cualquiera. La empatía con esta familia impulsa a exigir explicaciones sobre qué fallo, qué se pudo evitar y qué no debe repetirse.


