Durante décadas, las mujeres hemos muerto más -y hemos resultado peor heridas- en accidentes de tráfico. No porque conduzcamos peor. No porque asumamos más riesgos. Sino porque los coches, literalmente, no estaban pensados para nosotras.
La seguridad vial, uno de los grandes argumentos de venta de la industria automovilística, nos ha dejado de lado: los estándares que determinan si un vehículo protege o no a quien va dentro se han construido históricamente sobre un único cuerpo de referencia. El masculino. Adulto. De estatura y peso medios. Todo lo que se sale de ahí -mujeres, personas mayores, cuerpos pequeños- ha sido tratado como una variación.
El resultado es tremendo: ante un mismo accidente, las mujeres tienen más probabilidades de sufrir lesiones graves e incluso de morir. Un dato conocido desde hace años, pero que durante demasiado tiempo, ha sido despachado como una anomalía estadística. Hasta que alguien decidió tomárselo en serio.
Ese alguien es la ingeniera sueca Astrid Linder, una de las mayores expertas internacionales en biomecánica y seguridad vial. Lleva más de dos décadas investigando una pregunta que debería sonrojar a toda la industria: ¿qué ocurre cuando los coches se prueban solo con cuerpos masculinos?
“Durante mi doctorado empecé a analizar las lesiones por latigazo cervical”, explica. “Los datos eran claros: las mujeres sufrían este tipo de lesiones con mucha más frecuencia que los hombres, incluso en accidentes similares”. Aquello no era casualidad. Era diseño.
El problema empieza en el muñeco
Los crash test dummies -los muñecos utilizados en las pruebas de choque- son el corazón de la seguridad vial moderna. De ellos depende cómo se calibra un airbag, cómo actúa un cinturón o cómo se evalúa si un impacto puede ser letal. El problema es que, durante más de 50 años, el dummy estándar ha representado a un hombre de unos 1,75 metros y 78 kilos.
“Si solo evaluamos la protección con un modelo masculino promedio”, señala Linder, “no sabemos realmente cómo protege un coche a las mujeres”. Lo que se ha hecho hasta ahora ha sido usar versiones reducidas de ese mismo muñeco para simular cuerpos femeninos. Pero reducir no es representar.
El cuerpo de una mujer no es un hombre pequeño. Cambian la distribución de la masa, la anatomía de la pelvis, la musculatura del cuello, la respuesta de los tejidos. Todo ello influye en el comportamiento de los sistemas de seguridad. Y todo ello, durante décadas, no se ha medido correctamente.
Más lesiones, más muertes, más silencio
Las cifras lo confirman. Diversos estudios muestran que las mujeres tienen hasta un 47 % más de probabilidades de sufrir lesiones graves en un accidente de tráfico y un riesgo significativamente mayor de lesiones moderadas, incluso llevando cinturón de seguridad. En mujeres embarazadas, el impacto es todavía mayor.
“Los coches no protegen igual a hombres y mujeres”, resume Linder. Y no es su opinión, es una constatación científica.
El cinturón de seguridad, por ejemplo, está optimizado para una anatomía masculina. En muchos casos, su recorrido sobre el pecho y el abdomen femeninos genera fuerzas distintas, con mayor riesgo de lesiones internas. Lo mismo ocurre con los airbags, cuya activación y presión se ajustan a un cuerpo que no representa a la mitad de la población.
Nada de esto es nuevo. Lo nuevo es que ella ha sido la primera en ponerle un cuerpo -y un nombre- a esa desigualdad.
El primer dummy femenino “real”
El trabajo de Astrid Linder ha culminado en el desarrollo del primer dummy basado en un cuerpo femenino promedio, no como una adaptación, sino como un modelo propio, con sensores específicos para medir las lesiones más frecuentes en mujeres.
“No se trata de enfrentar a hombres y mujeres”, insiste. “Se trata de evaluar la protección de forma inclusiva, porque la legislación exige que la seguridad sea igual para toda la población”.
Ese matiz es clave. La ley europea habla de igualdad, pero los protocolos técnicos no siempre la aplican. Para Linder, esa incoherencia tiene consecuencias muy reales: “Si no medimos correctamente el riesgo en mujeres, no podemos mejorar su protección”.
Su dummy femenino es una enmienda histórica a una industria que ha confundido neutralidad con androcentrismo.
Coches diseñados por y para hombres
La automoción ha sido tradicionalmente un sector masculino, tanto en el diseño como en la toma de decisiones. Eso se traduce en vehículos pensados para cuerpos, hábitos y usos masculinos, desde la ergonomía hasta la seguridad.
“La investigación en seguridad vial ha asumido durante mucho tiempo que el hombre es el estándar”, explica Linder. “Las mujeres aparecían como una desviación, no como una referencia válida”.
Ese sesgo tiene un nombre: machismo estructural. No explícito ni necesariamente intencionado, pero profundamente incrustado en la tecnología. El mismo que hace que los coches sean menos seguros para mujeres, pero también para personas mayores o de menor estatura.
Cambiar las reglas del juego
En los últimos años, la presión científica y social ha empezado a dar resultados. Estados Unidos ha anunciado la incorporación de nuevos dummies femeninos en sus pruebas oficiales. Europa comienza a debatir cambios similares. Pero el avance es lento.
Para Linder, el objetivo es claro: “Necesitamos pruebas de choque que representen a toda la población, no solo a una parte”. Solo así la seguridad dejará de ser un privilegio implícito.
Porque cuando una mujer muere en un accidente que un hombre habría sobrevivido, no es mala suerte. Es diseño.
Y el diseño, a diferencia del azar, sí se puede cambiar.


