Cristina Romaña nunca pudo presagiar que una simple picadura alteraría por completo el curso de su vida. Hasta hace dos años, esta joven bailarina nacida en Castro Urdiales vivía entre escenarios, clases, viajes y competiciones internacionales. Venía de colgarse una medalla de plata en el Mundial de Danza Clásica, Lírica y Contemporánea de Punta Cana y preparaba nuevos proyectos fuera de España. Todo parecía avanzar en la dirección correcta. Hasta que una picadura lo detuvo todo.

Nos atiende desde la habitación del hospital alemán en el que permanece ingresada, todavía débil tras una de las sesiones del tratamiento al que se está sometiendo. Se encuentra con su madre en Bad Aibling, cerca de Múnich, en la Klinik St. Georg, un centro privado al que ha acudido para tratar una enfermedad de Lyme que, según relata, comenzó tras un viaje a Japón en noviembre de 2024.
Un ciervo del Parque de Nara
Aquel viaje había sido un premio después de meses de trabajo. Japón era uno de esos destinos que Cristina quería conocer desde hacía tiempo. Al final de la ruta, junto a un grupo de españoles, visitó el Parque de Nara, famoso por los ciervos que deambulan libremente a los pies del monte Wakakusa. Se fotografió con ellos como una postal más de un viaje perfecto.
“De vuelta a España, ya en el avión, empecé a encontrarme fatal. Cuando me di cuenta, tenía el cuerpo cubierto de heridas. Luego vino fiebre elevada, un sueño desmesurado y más marcas en manos y piernas”, relata. Al volver a Cantabria acudió a Urgencias del Hospital Marqués de Valdecilla. Le hicieron analíticas, algunas se enviaron a servicios especializados y se le recomendó guardar cuarentena en casa. “En un primer momento se descartó la viruela del mono. Pero los síntomas no remitieron. Al contrario, crecieron”.

En abril de 2025, durante un viaje de trabajo a India, sufrió un brote más intenso. Mareos, náuseas, vómitos, fiebre. En la piel, según describe, ya aparecían lesiones compatibles con eritema migratorio, esas marcas circulares en forma de diana que suelen asociarse a algunas infecciones transmitidas por garrapatas. “Después llegaron episodios más graves: pérdidas de conocimiento, problemas respiratorios, afectación neurológica y parálisis facial”.
Durante meses, pasó por consultas, ingresos, pruebas y diagnósticos distintos. Ella enumera algunos de los que recibió o se valoraron en ese tiempo. “Impétigo, sífilis, síndrome vasovagal, TOC, posible esclerosis múltiple O bacteria intestinal. También recibí tratamientos que no frenaron la progresión de los síntomas. Llegaron a pensar que estaba loca”, explica desde Alemania.
Cristina empezó a bailar de niña, con cuatro años. Se formó en danza clásica y contemporánea, compitió en el extranjero, impartió clases en academias internacionales y colaboró con proyectos de formación en países como Nigeria, India o Líbano. Su agenda era la de una joven artista que había convertido su talento artístico en profesión.
Llegada a Alemania
La enfermedad le cambió el mapa. Ahora vive entre informes, analíticas, ingresos y facturas médicas. Donde antes había control corporal, llegaron fatiga extrema, mareos, desmayos y la sensación de que su propio cuerpo se había vuelto imprevisible.
En junio de 2025 recibió una llamada del departamento de enfermedades tropicales del Hospital Carlos III, en Madrid, donde se habían enviado algunas muestras. Según relata, le comunicaron un positivo en IgM de Rickettsia conorii y un resultado indeterminado en Bartonella, infecciones que pueden estar relacionadas con vectores como garrapatas. Más tarde, en una analítica privada realizada en un laboratorio especializado, asegura que dio positivo en Borrelia miyamotoi, una bacteria transmitida por garrapatas.
Con esos resultados acudió a un médico experto en Madrid, que le confirmó, según su testimonio, la enfermedad de Lyme. También viajó a Japón para consultar en un centro especializado en enfermedades infecciosas y tropicales. Allí, afirma, ratificaron el diagnóstico y le propusieron un tratamiento que no podía asumir económicamente.
La situación la llevó finalmente a Alemania. A la Klinik St. Georg llegó en abril de 2026. Allí se somete a un tratamiento de varias semanas que combina hipertermia, antibióticos intravenosos, aféresis y medidas de apoyo. La parte más dura, explica, son las sesiones de hipertermia. El cuerpo se eleva de forma controlada hasta temperaturas próximas a los 42 grados mientras permanece sedada y recibe tratamiento antibiótico. “La primera hipertermia es muy dura”, cuenta. “Te suben la temperatura corporal y el cuerpo queda destrozado”.
El plan médico, según explica, se organiza en fases. Las dos primeras semanas están dirigidas a combatir la bacteria principal; después llegan procedimientos orientados a tratar otras infecciones asociadas y a limpiar la sangre; la última fase se centra en estabilización y recuperación. La previsión es que pueda recibir el alta a finales de mayo y continuar después el seguimiento desde Cantabria, aunque de forma telemática con el equipo alemán.
Más de 55.000 euros
El coste ha sido otro golpe. Cristina y su familia aseguran haber gastado ya decenas de miles de euros en pruebas, consultas y desplazamientos. El tratamiento ronda los 50.000 euros, pero implica otros gastos añadidos, motivo por el que ha abierto una campaña de crowdfunding. La ayuda recibida la emociona. “No imaginaba tener que pedir dinero para intentar recuperar una vida que hasta hace poco parecía lanzada”.

La enfermedad de Lyme es una infección bacteriana transmitida por la picadura de determinadas garrapatas. Puede afectar a la piel, las articulaciones, el sistema nervioso y, en algunos casos, al corazón. Detectada a tiempo, suele responder bien al tratamiento antibiótico. Sin embargo, los cuadros persistentes o tardíos generan debate médico, especialmente cuando se habla de “Lyme crónico”, un concepto discutido por parte de la comunidad científica. Algunas guías reconocen la existencia de síntomas persistentes tras el tratamiento, pero existe controversia sobre si en esos casos hay infección activa mantenida o secuelas inmunológicas, neurológicas o inflamatorias.
Cristina se ha convertido en uno de esos rostros que encarnan la discusión. No recibió el tratamiento adecuado a tiempo. Algunos de los centros médicos que la atendieron cuestionaron la interpretación de determinadas pruebas. Finalmente decidió continuar su búsqueda fuera de España hasta acabar en Alemania, en una clínica especializada donde sigue un protocolo intensivo.
Cuándo volverá a bailar
“Estar en casa perdiendo el conocimiento, sin poder andar, cuando llevo haciendo deporte toda mi vida, ir al hospital y sentir que no te creen, es muy duro”, explica. La dimensión psicológica ha sido casi tan dolorosa como la física. Habla de ansiedad, miedo, incertidumbre, incomprensión. De la sensación de haber desaparecido de su propia vida. Para una bailarina, parar no significa solo cancelar una actuación. Significa perder musculatura, perder forma, perder ritmo, perder visibilidad. Significa guardar las zapatillas sin saber cuándo volverán a tocar el suelo de una sala de ensayo.

Cristina no va a rendirse. Sabe que la danza sigue ahí, esperando, y confía en volver poco a poco. En Castro Urdiales quedaron sus cosas, sus recuerdos y esas zapatillas que ahora simbolizan mucho más que una profesión. Los médicos alemanes, según cuenta, le han trasladado que hay margen para la recuperación porque está respondiendo al tratamiento. Ella se agarra a esa posibilidad. Con miedo, pero también con una determinación que recuerda a la disciplina de las bailarinas. Caer, respirar, levantarse, repetir.
