Bajo las carpas de Sidi Embarek, junto a la mezquita del barrio de La Reina, se agolpan más de 300 madres e hijas. Es el asentamiento que levantaron los propios vecinos tras la crisis de julio, y desde hace días ya no está permitido grabar dentro. “Los traumas son parecidos”, resume uno de los voluntarios que trabaja en el lugar desde el primer momento. Muchas de las mujeres que llegan han sufrido violaciones o agresiones sexuales por parte de los propios inmigrantes. El mismo voluntario describe cómo llegan las que consiguen escapar de sus agresores: “Las que se resisten y logran escapar vienen completamente destrozadas”. “Arañadas, con rasguños, con golpes, heridas y moratones”, añade.
Lo que cuentan en Sidi Embarek no son casos sueltos. La Fiscalía ha contabilizado 23 agresiones sexuales en Ceuta desde la entrada masiva del 30 de julio, cinco de ellas violaciones consumadas. Nueve de las víctimas son menores de entre 14 y 17 años, atendidas en el centro de crisis de24 horas que la ciudad activó en junio.

Cuando ya no queda sitio
Sidi Embarek se ha quedado pequeño, y quien no encuentra hueco allí termina en la calle. Nos damos cuenta recorriendo el paseo marítimo. Durante cinco días hacemos el mismo recorrido. De la playa Benítez a la playa del Trampolín, separadas por una desalinizadora y a muy pocos metros de distancia.
En ambas playas sólo hay hombres. Las mujeres apenas se dejan ver hasta la tarde. Es a partir de las seis, cuando la Cruz Roja organiza el único reparto de comida de la jornada, cuando bajan de los montes o aparecen por las calles en las que llevan todo el día escondidas.

Nora prefiere estar sola
En uno de esos repartos conocemos a Nora, de Rabat. Se hizo un esguince cruzando la frontera y el tobillo, hinchado, le impide sentarse en el suelo como el resto. Duerme en la calle. Evita la playa a propósito, porque está llena de hombres, y prefiere pasar la noche sola antes que rodeada de tantos desconocidos.

Cerca de ella, otro grupo espera su turno: tres chicas de 22, 24 y 25 años hablan con nosotros. La mayor hace de portavoz y, en un francés macarrónico intentamos comunicarnos con ella. También tiramos de traductor hasta que, tras varios intentos, conseguimos entendernos.
Ellas sí duermen en el Trampolín, algo que en toda la semana solo hemos visto en su caso. Insisten en que es algo puntual y que no lo recomiendan a nadie: si se atreven es porque no van solas.
La más joven tiene una hija de dos años y comparte manta con su marido. Las otras dos duermen junto a su hermano mayor. “La zona del final del Trampolín es donde puedes encontrar a alguna mujer. No mucha, alguna”, nos dicen antes de despedirse. Ni una foto de espaldas nos dejan tomarlas.

