La escena es habitual en cualquier centro de salud. Una paciente entra en consulta porque lleva semanas cansada, porque le duele la cabeza o simplemente porque acude a una revisión rutinaria de empresa. Se sienta. Le toman la tensión. Sale alta.
“Bueno, ya me la miraré otro día”.
Muchas veces, todo empieza así.
“Los médicos de Atención Primaria no estamos tratando del todo bien la hipertensión arterial de nuestros pacientes”. La reflexión la hace la doctora Llum Olmedo, médica de familia y referente en riesgo cardiovascular e hipertensión del ABS Manresa III, en Barcelona. Y llama la atención precisamente por eso: porque supone una autocrítica poco habitual dentro del propio sistema sanitario.

Olmedo lleva más de 25 años viendo a los mismos pacientes crecer, envejecer y, en demasiadas ocasiones, llegar tarde.
“La gente se encuentra bien y piensa que no pasa nada”, explica. “Pero dejamos pasar cifras de tensión que no son óptimas y eso, con los años, acaba teniendo consecuencias”.
Consecuencias que aparecen mucho después: un infarto, un ictus, una trombosis o un problema renal. Porque la hipertensión casi nunca avisa.
El enemigo que no duele
Ahí reside la gran trampa. La hipertensión no incapacita de repente. No obliga a guardar cama. No suele provocar síntomas claros. Y eso hace que millones de personas convivan con ella sin darle demasiada importancia.
Según el estudio IBERICAN de SEMERGEN, casi la mitad de los pacientes que pasan por consultas de Atención Primaria tienen hipertensión arterial.
Muchos ni siquiera lo saben.

Otros sí, pero creen que la tienen controlada porque alguna vez obtuvieron una cifra normal en una farmacia o porque abandonaron la medicación hace meses y continúan haciendo vida normal.
Olmedo reconoce que incluso en las propias consultas médicas se ha normalizado durante años cierta idea de “ya lo vigilaremos”.
“A veces pensamos: ‘Bueno, está bastante bien; ya lo revisaremos dentro de un año’. Pero estamos perdiendo un año”, admite.
Y mientras tanto, el cuerpo sigue acumulando desgaste en silencio.
La revisión que puede cambiar una vida
Muchos diagnósticos llegan casi por casualidad.
Una revisión laboral. Un tensiómetro en casa de los padres. Un mareo. Una visita a la farmacia.
“Lo ideal no es tomarse la tensión cuando uno se encuentra mal. Lo ideal es hacerlo antes, cuando todavía estás bien”, explica la doctora.
Por eso insiste tanto en la importancia de las revisiones a partir de los 40 años.
Aunque también reconoce algo que parece sorprendente: la mayoría de la gente ni siquiera sabe tomarse correctamente la tensión.
“La gente llega corriendo, después de hacer la compra o subir escaleras, y quiere medírsela en ese momento”, cuenta entre risas. “Y así no sirve”.
Las nuevas guías europeas son mucho más estrictas: reposo previo, tranquilidad, espalda apoyada y varios minutos sentado antes de realizar la medición. Porque una simple cifra puede cambiar por completo el futuro cardiovascular de una persona.

Lo que muchas mujeres nunca contaban
En los últimos años, además, los médicos han empezado a fijarse en algo que antes apenas se preguntaba.
“Ahora pregunto mucho más a mis pacientes si tuvieron hipertensión durante el embarazo, preeclampsia o abortos de repetición”, explica Olmedo.
La doctora reconoce que muchas mujeres jamás habían relacionado esos episodios con su salud cardiovascular.
“Existe cierto estigma y muchas veces ni se comenta ni queda registrado”, señala.
Sin embargo, estos antecedentes pueden modificar de forma importante el riesgo cardiovascular futuro de una paciente, incluso aunque todavía no tenga una hipertensión diagnosticada.
Es una de las novedades que incorporan las nuevas guías europeas y que están obligando a muchos médicos a mirar más allá del famoso “14/9”.
“Como me encontraba bien, dejé de tomármelas”
Pero el gran problema llega después del diagnóstico.
Los médicos lo ven constantemente: pacientes que empiezan el tratamiento convencidos, que durante unas semanas siguen todas las pautas… y que poco a poco dejan de hacerlo.
Primero olvidan una pastilla. Después dos. Más tarde empiezan a pensar que tampoco pasa nada porque, al fin y al cabo, se encuentran bien.
“La hipertensión tiene un problema enorme: no duele”, resume Olmedo.
Con el tiempo aparecen el cansancio, varias cajas acumuladas sobre la mesa, pastillas repartidas a lo largo del día y alarmas en el móvil para una enfermedad que sigue pareciendo invisible.
“La acumulación de comprimidos y los tratamientos complejos generan fatiga y hacen que muchos pacientes abandonen la medicación”, explica Marisa Solís, del departamento médico de Adamed.
Por eso, las nuevas recomendaciones médicas insisten cada vez más en simplificar los tratamientos para mejorar la adherencia terapéutica. De hecho, ya existen combinaciones diseñadas para favorecer un control más estable de la presión arterial mediante una única toma diaria.
“No es lo mismo tomar tres comprimidos al día que una sola pastilla”, resume Olmedo.
“Una toma diaria mejora la adherencia y persistencia en un 30%”, concluye Solís.
“No se trata de tratar más, sino de tratar mejor”
Olmedo insiste en que ningún medicamento sustituye a lo básico: moverse más, comer mejor, reducir la sal, dormir bien y abandonar el tabaco.
Pero también cree que hace falta cambiar la forma en que entendemos la hipertensión.
“Tenemos que dejar de pensar que es solo una cifra”, afirma. “Muchas veces, detrás de una tensión ligeramente elevada ya existe un riesgo cardiovascular importante”.
Porque el verdadero peligro de la hipertensión es precisamente ese: mientras aparentemente no pasa nada, el cuerpo lleva años avisando en silencio.
