Hay un viejo chiste que ha acompañado a la píldora anticonceptiva casi desde que llegó a las mesillas de noche: si fueran los hombres quienes tuvieran que acordarse de tomarla todos los días, la humanidad habría batido hace tiempo todos los récords de natalidad. En sus distintas versiones, ellos olvidan la pastilla, pierden el blíster, confunden el lunes con el martes o descubren demasiado tarde que la alarma del móvil estaba para algo. Las mujeres ríen porque reconocen el estereotipo; los hombres, según el día, también. El problema es que la ciencia acaba de estropear un poco el chiste.
De aquí a cinco o diez años
La Organización Mundial de la Salud ha publicado esta semana su primer perfil destinado a orientar el desarrollo de nuevos anticonceptivos masculinos reversibles. Después de varias décadas en las que el menú masculino se ha reducido básicamente al preservativo, la marcha atrás y la vasectomía, la OMS quiere que investigadores y laboratorios sepan qué debería reunir el anticonceptivo del futuro: eficacia, seguridad, reversibilidad, aceptación y un precio asumible. Y calcula que algunos de los candidatos que se investigan podrían llegar al mercado en un plazo de entre cinco y diez años.
La organización parte además de un dato que contradice una de las grandes coartadas históricas de esta investigación, eso de que ellos no querrían. Alrededor del 30 % de las parejas emplea ya algún método que depende del hombre pese a la escasez de opciones. Y una investigación respaldada por la OMS, realizada entre hombres y sus parejas en Colombia, Ghana, Marruecos y Togo, encontró que el 72,3 % de los hombres estaría dispuesto a utilizar un nuevo anticonceptivo masculino. Entre sus parejas femeninas, el porcentaje alcanzó el 76,2 %. La predisposición aumentaba, además, entre quienes defendían relaciones más igualitarias entre hombres y mujeres.
La OMS va incluso un poco más lejos. Más del 85 % de las mujeres consultadas afirmó que confiaría en que su pareja asumiera esa responsabilidad. Adiós, al menos sobre el papel, al clásico “¿te fiarías de que se la tomara?”. Un estudio presentado esta semana, encargado por Male Contraceptive Initiative y realizado por la consultora DesireLine, preguntó a 14.086 hombres de entre 18 y 45 años sexualmente activos con mujeres en Francia, Alemania, Italia, Polonia, Suecia, Turquía y Reino Unido. El 62 % aseguró que empezaría a emplear un nuevo anticonceptivo masculino durante su primer año en el mercado. En Reino Unido llegaba al 69 %; en Polonia, al 66 %; en Turquía, al 65 %. Incluso en Alemania y Suecia, los países menos entusiastas, respondía afirmativamente un 55 %.
Las opciones preferidas
Y cuando les dieron a elegir, apareció el hombre práctico. Aproximadamente seis de cada diez preferencias se concentraron en alguna clase de píldora. La opción favorita fue una hipotética pastilla no hormonal que pudiera tomarse unos treinta minutos antes de mantener relaciones sexuales. Según el país, la escogía entre el 25 y el 33 %. Después quedaba la píldora diaria, con entre un 16 y un 21 %. También les ofrecieron gel hormonal diario, hidrogel para bloquear temporalmente el paso de los espermatozoides y hasta un anillo térmico de silicona. La imaginación farmacológica parece bastante más avanzada que el botiquín.

Puestos a escoger, muchos prefieren el “me la tomo cuando hace falta” al “acuérdate todas las mañanas”. Pero España resulta aún más interesante. En 2022, una investigación publicada en The European Journal of Contraception & Reproductive Health Care planteó a 402 hombres españoles 36 escenarios diferentes en los que cambiaban el precio, la eficacia, los posibles efectos secundarios y las circunstancias en las que su pareja les pedía tomar una píldora anticonceptiva.
El rechazo de un 10%
El resultado fue bastante poco compatible con el tópico del varón huyendo del blíster. Un 25 % dijo que la tomaría siempre y otro 25 %, casi siempre. Sólo un 10 % aseguró que no la tomaría nunca. La predisposición aumentaba cuanto mayor era la eficacia y menores los efectos adversos. Exactamente el tipo de condiciones que cualquier paciente desearía antes de tragarse un medicamento todos los días.
Tampoco es una moda de la generación que comparte las tareas domésticas mediante una aplicación. Hace más de veinte años, un estudio internacional con más de 9.000 hombres de nueve países ya encontró una aceptación global elevada de los anticonceptivos hormonales masculinos. La voluntad de utilizarlos oscilaba enormemente según el país, desde el 28,5 % de Indonesia hasta el 71,4 % de España, que encabezaba la disposición a probarlos. La píldora era entonces también el formato preferido.
Una revisión científica publicada en 2023 analizó 29 estudios y volvió a encontrar una aceptación considerable. Los verdaderos obstáculos no eran tanto la edad como los efectos secundarios, la vía y frecuencia de administración, el nivel educativo, determinadas creencias religiosas, la forma de entender la masculinidad, la responsabilidad compartida dentro de la pareja y el temor a que el método afectara al deseo o a la función sexual.
Claro que, una cosa es levantar la mano en una encuesta y otra colocar el envase junto al cepillo de dientes durante cinco años. Los propios investigadores llevan tiempo advirtiendo de que las respuestas sobre un medicamento hipotético pueden sobreestimar su utilización futura. Hasta que exista una píldora masculina comercializada, no podremos comparar qué sexo olvida más dosis ni quién abandona antes el tratamiento.
164 millones de mujeres esperan
Por tanto, no hay base científica para afirmar que, si la anticoncepción oral hubiera dependido históricamente de ellos, hoy habría trillizos esperando mesa en cada restaurante. Pero tampoco puede probarse aún lo contrario. Falta lo esencial, el medicamento. La OMS calcula que 164 millones de mujeres que quieren retrasar o evitar un embarazo no utilizan anticonceptivos, y recuerda que la oferta masculina es muy reducida. Durante más de medio siglo se ha perfeccionado un catálogo femenino repleto de píldoras, parches, anillos, implantes, inyecciones y dispositivos intrauterinos mientras para ellos permanecía prácticamente inmóvil. ¿No es sospechoso que si están dispuestos a tomar la píldora no tengan todavía ninguna?

