Los viajes siempre llevan consigo recuerdos irremplazables, momentos únicos que solo se viven una vez. Sin embargo, de los planes familiares también surge lo aleatorio, lo impredecible, a veces lo letal: la casualidad de un choque, de que sea un tren y no otro, de haber elegido un vagón y no otro.
La historia de Fidel Sáez y su familia lo ha demostrado, como tantas otras de los últimos días. Sus dos hijos, Carlota y Fidel, su hermano Luis Carlos, su sobrino Guillermo y su madre Natividad habían pasado el fin de semana juntos en Madrid, después de disfrutar en la Gran Vía del musical El Rey León. El plan de muchas familias. Un regalo común, siempre acertado y celebrado. Música, luces, ambiente, felicidad, bailes.

Nunca imaginarían aquel viaje familiar terminaría en un desenlace catastrófico, ellos viajaban en el tren Alvia que chocó con el Iryo. Las primeras noticias sobre el accidente de tren solo le provocaron incredulidad. “Pensamos que era una avería más y que tendríamos que desplazarnos para recoger a los familiares”, relató en televisión.
Una llamada de los Servicios de Emergencia le alertó que el accidente golpeaba a su familia. “¿Eres el padre de Carlota? Estoy con tu hija, aquí, en la vía del tren”, le informó un policía que estaba atendiendo a su hija.

Todo aquello fue una pesadilla en tiempo real, actualizada por minutos en todos los medios de comunicación. Entonces surge el miedo sobre si había lesiones. Miedo a la gravedad de las lesiones. El terror de saber que tu familia está dentro de un tren parado y a oscuras. Natividad viajaba en el primer vagón, el más afectado por el choque.
La incógnita más dura llegó después: cuando casi todos habían aparecido, uno de los miembros del viaje seguía sin localizarse: su madre. Casi fueron trasladados a distintos hospitales. Fidel se desplazó hasta Córdoba. Su hermano ingresó en la UCI del hospital San Juan de Dios; sus hijos y su sobrino, en el hospital Reina Sofía. Estaban vivos. Eso era un hilo de esperanza.

Pero una pesadilla así no se calma con cuatro ingresos hospitalarios aparentemente estables cuando la abuela de los niños, la madre de Fidel, seguía sin aparecer. La espera, la posibilidad de que estuviera en otro hospital, el miedo a lo peor. Y lo peor llegó.
Dolor ante la pérdida
Fidel contó que su hermano continuaba ingresado, pero que desde la camilla solo podía dar gracias por haber sobrevivido de milagro. Y por haber sido capaz de salvar a los niños sacándolos por la ventana. Fidel habló ante las cámaras como portavoz de una familia rota por el dolor.
Con un hilo de voz explicó el miedo que su hermano Luis Carlos le confesó tras despertar: “Me ha dicho que es un milagro que esté vivo, que pensó que se le acababa la vida”. Y añadió lo que logró hacer cuando reaccionar parecía imposible: “Sacó a mis hijos rompiendo la ventanilla con los pies”.

Pudo hablar con su hermano después de que le desentubasen y asumir entre los dos, demasiado rápido, la muerte repentina de su madre. El espectador no ha escuchado la voz del hermano, pero Fidel ha trasladado una conversación devastadora.
Dos hermanos en una habitación de hospital, un lugar en el que no tenían previsto estar y teniendo que afrontar la conversación más dura de sus vidas. Solo quedaba pedir que el recuerdo de Natividad no se borrara, que su historia se contara.
“También me ha pedido que cuente cómo era nuestra madre, lo buena que ha sido. El Señor se la ha llevado, pero ha dejado una huella muy grande entre nosotros. Tenemos la certeza de que está en el mejor de los lugares”, relató Fidel. Las autoridades confirmaron después que todos los heridos habían sido identificados y que en el primer vagón solo quedaban víctimas mortales. Entre ellas, su madre.
Una lección de vida demasiado brusca, demasiado injusta. “Nos han dicho que en ese vagón no hay nadie con vida. Estoy aquí para contar el dolor que se siente, pero también para decir que hay que decir más ‘te quiero’, que no hay que enfadarse por cosas pequeñas, porque la vida en cualquier momento se va”.
La familia está dada de alta
Los primeros en recibir el alta fueron Carlota, de 10 años, y Fidel, de 12, que salió sonriente con la camiseta del Córdoba. Ambos sonreían y saludaban a quienes les esperaban a las puertas del hospital. Poco después también fueron dados de alta su primo y su tío.
¡Tenemos una muy buena noticia! ❤️ pic.twitter.com/MwuouujCXR
— Hospital Universitario Reina Sofía (@HUReinaSofia) January 23, 2026
La vida y la muerte, la historia de una familia que logró salvarse casi por completo. Una muerte de la que solo les quedará el recuerdo de la pérdida de Natividad, ocurrida justo antes de llegar a casa.


