Cuando el 8 de mayo de 2025 el humo blanco se alzó sobre la Capilla Sixtina y el nombre de Robert Francis Prevost resonó en la Plaza de San Pedro, Donald Trump fue uno de los primeros en celebrarlo. La elección de León XIV -ese es el nombre que eligió el Pontífice- pilló casi por sorpresa a los miles de fieles que a la tercera, celebraron el acuerdo del cónclave.
Era, según dijo el presidente estadounidense, “un honor para Estados Unidos”. Por primera vez, un compatriota era elegido Papa. Prevost nació en Chicago y aunque la mayor parte de su diócesis la ejerció en Perú, fue imposible para Trump no apropiarse del logro. Ha llovido mucho doce meses después, y ahora Trump califica a ese mismo Papa de “liberal”, lo acusa de apoyar el crimen organizado e incluso de favorecer al régimen de los ayatolás.
Lo que ocurrió entre medias es una de las fracturas más extraordinarias de la política internacional: la ruptura entre un presidente y el líder espiritual de más de mil trescientos millones de personas. Y esta semana, mientras León XIV aterriza en Madrid para su primera visita apostólica a España, esa fractura es especialmente importante. El Papa irá al Congreso de los Diputados, y recién reunido con Pedro Sánchez, se volverá a sentar en la mesa el presidente del gobierno -el líder europeo que más públicamente ha plantado cara a Trump en el continente-.

El choque
Algunos sectores especularon con que el nuevo Papa podría mostrarse cercano a las posiciones de Trump e incluso respaldar parte de su agenda, justo en un momento en el que mandatario volvía a la Casa Blanca. Quienes defendieron esta idea consideraban que, además de estadounidense, Prevost era conservador en lo doctrinal, agustino de formación y parecía más cercano a la derecha religiosa que Francisco I, el jesuita argentino con quien Trump nunca tuvo química.
Pero ninguna de esas circunstancias, aunque ciertas, hicieron que los pronósticos se cumplieran. La primera crítica enérgica hecha públicamente por León XIV llegó el 30 de septiembre de 2025, cuando calificó ante la prensa como “inhumano” el trato a los inmigrantes en Estados Unidos. “Alguien que dice estar en contra del aborto pero que está de acuerdo con el trato inhumano que reciben los inmigrantes en Estados Unidos, no sé si eso es ser provida”, expresó el pontífice. Prevost se refería a las redadas encabezadas por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Estados Unidos.

Chicago frente a Washington
La oposición frontal del Papa no era de extrañar. No sólo por la postura que la Iglesia suele defender en estos temas (fui forastero y me recogisteis – Mateo 25:35-46), sino porque Chicago es una de las capitales históricas de la inmigración en Estados Unidos. Algunas de sus iglesias se han convertido en refugio para la población migrante y otras incluso se han visto obligadas a suspender los actos religiosos en español por miedo a las redadas.
Los desacuerdos sobre la política migratoria de la administración, la oposición creciente de los obispos estadounidenses a las deportaciones masivas y, sobre todo, la reluctancia del Papa a convertirse en moneda de cambio electoral de cara a las elecciones legislativas de 2026 pesó más que cualquier gesto diplomático. Cuando el vicepresidente JD Vance, converso al catolicismo y desde hace no mucho figura de la nueva derecha cristiana, invitó al Papa a celebrar el 250 aniversario de la independencia en la Casa Blanca, el Vaticano declinó. Ese mismo día León XIV, en toda una declaración de intenciones, se desplazó a la isla italiana de Lampedusa (centro de acogida para migrantes).

Irán: el punto de no retorno
Si la migración abrió la brecha, la guerra la agrandó aún más. El Papa fue elegido en mayo y el primer choque entre la administración norteamericana y el Vaticano se dio cuatro meses después, en septiembre. El Papa intentó ser prudente, y a pesar de los numerosos roces, mantuvo un perfil bajo hasta que las críticas de Trump le obligaron a responder. Es en el tema de la guerra en Irán donde el Papa ha hablado con mayor contundencia.
Madrid: la geografía de la disidencia
Y entonces llega España. León XIV aterriza en un país gobernado por Pedro Sánchez, el socialista que ha construido buena parte de su perfil europeo en oposición a las políticas de Trump: en migración, en multilateralismo, en la defensa del derecho internacional frente al unilateralismo. En su reunión previa al viaje, Sánchez y el Papa pusieron en relieve sus visiones compartidas sobre los desafíos globales: la necesidad de defender una paz dialogada acorde al derecho internacional, el impacto de la inteligencia artificial y la migración.
Mientras Trump ha construido su proyecto político sobre la lógica de la fortaleza: fronteras como murallas (en México), naciones como competidoras (contra China), y fuerza como argumento (en Groenlandia). Todo lo contrario al ideario defendido por la Iglesia en general y por el Papa León XIV en particular.

