“Creemos que estamos seguras con amigos, compañeros o en una casa, pero ahí también se producen agresiones sexuales”

La psiquiatra Lluïsa García Esteve alerta de que muchas agresiones sexuales ocurren en domicilios y entornos de confianza, donde las víctimas no perciben peligro

La psiquiatra Lluïsa García Esteve
La psiquiatra Lluïsa García Esteve

La imagen de una agresión sexual sigue teniendo, para muchas personas, un escenario reconocible: una calle oscura, un desconocido, una vuelta a casa de madrugada. Pero una parte importante de estas violencias ocurre precisamente en los lugares donde las mujeres creen estar a salvo. En una cena de trabajo. En una casa después de salir. Con un amigo. Con una pareja. Con alguien a quien conocen y en quien confían.

“Estoy con un grupo de amigos, con compañeros de trabajo, hemos ido a cenar… ahí yo no tengo por qué estar en alerta. Estoy en compañía segura. Pues no””, advierte Lluïsa García Esteve, consultora emérita del Hospital Clínic de Barcelona, impulsora del programa de seguimiento de las secuelas psíquicas en víctimas de violencia sexual y quien presidió la Comisión de Violencia del centro entre 2018 y 2025.

Su mensaje no plantea que las mujeres deban vivir con miedo ni renunciar a ocupar los espacios que les pertenecen. Señala algo más incómodo: que la prevención no puede seguir construyéndose sobre la idea de que el peligro siempre viene de fuera.

Los datos refuerzan esa advertencia. En las violaciones cometidas fuera de la pareja, el 85,8 % de los agresores eran hombres conocidos previamente por la víctima, según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2024: el 23,1 % eran familiares y el 62,7 %, amigos o conocidos. Solo el 12 % eran desconocidos. A esa violencia hay que sumar la que ejercen parejas y exparejas, que la encuesta mide en un apartado específico.

El agresor no siempre es un desconocido

En el Hospital Clínic llevan más de dos décadas registrando las atenciones por violencia sexual. Cuando comenzaron a hacerlo, a principios de los años 2000, atendían poco más de un centenar de casos al año. Hoy rondan los 800. La subida no permite afirmar por sí sola que haya más agresiones, explica, pero sí demuestra que hay más visibilidad, más recursos conocidos y más mujeres que acuden a pedir ayuda.

Entre el 25 % y el 30 % de las agresiones sexuales atendidas en el centro están facilitadas por drogas. La psiquiatra prefiere utilizar ese término antes que hablar únicamente de sumisión química, porque incluye realidades distintas. Está la agresión oportunista, cuando un hombre aprovecha que una mujer ha consumido alcohol u otras sustancias y ha perdido capacidad de respuesta. Está la intoxicación provocada, cuando alguien introduce una sustancia sin que ella lo sepa. Y están los casos mixtos, en los que existe consumo previo y además el agresor añade una droga.

El alcohol es la sustancia más presente. Aparece en el 60 % de las agresiones atendidas en el Clínic durante las seis horas previas. Eso no desplaza ni un milímetro la responsabilidad: no es el alcohol quien agrede, sino quien aprovecha o provoca una situación de vulnerabilidad para hacerlo.

También ocurre dentro de la pareja

La violencia sexual facilitada por drogas no pertenece solo al imaginario de una discoteca o de una bebida manipulada en una fiesta. García Esteve recuerda que en el Clínic ya habían atendido casos de mujeres que sospechaban que sus parejas las drogaban de forma continuada. Mujeres que se despertaban con una sensación física de haber mantenido relaciones sexuales sin recordarlas. Sufrían lagunas de memoria, cansancio extremo o síntomas que incluso podían hacer pensar en un deterioro neurológico.

El caso de Gisèle Pelicot ayudó a hacer visible esa posibilidad. Durante años, su entonces marido la drogó y permitió que decenas de hombres la violaran mientras permanecía inconsciente. Para García Esteve, la relevancia del caso no reside solo en su extrema gravedad, sino en que ha permitido comprender que situaciones que parecían inimaginables pueden estar ocurriendo en otros hogares.

“Con la violencia siempre estamos subestimando la frecuencia”, sostiene. El problema es que, sin pruebas, sin cámaras, sin testigos y con una víctima que no recuerda lo sucedido, la sospecha suele descartarse demasiado rápido. Y cuando se descarta, se pierde la posibilidad de atenderla, investigar y evitar que vuelva a ocurrir.

No es solo “echar algo en la copa”

Muchas víctimas llegan tarde al hospital. Algunas siguen intoxicadas; otras han pasado horas intentando entender qué les ha ocurrido. No saben dónde estuvieron, con quién, cómo volvieron a casa o qué pasó con su cuerpo. Esa demora complica la recogida de pruebas porque muchas sustancias desaparecen rápidamente de la sangre y la orina.

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Por eso, García Esteve insiste en que una mujer joven que llega a urgencias intoxicada, con una amnesia importante o sin poder explicar el contexto, no debería ser atendida únicamente como un caso de consumo de alcohol o drogas. Hay que preguntar dónde fue encontrada, quién la acompañaba, cómo estaba vestida, qué recuerda antes de perder la memoria y si existen indicios de una agresión.

El Clínic incorporó análisis toxicológicos a su protocolo y mantiene un circuito específico para buscar sustancias menos habituales cuando el cuadro clínico lo justifica. Pero un resultado negativo no descarta una agresión. Puede que la droga ya haya desaparecido, que no se haya buscado la sustancia adecuada  o que el agresor se haya aprovechado únicamente de una intoxicación previa.

El trauma de no saber

La ausencia de memoria no reduce el daño. Al contrario. La incertidumbre puede convertirse en una forma de trauma. “¿Qué hicieron conmigo? ¿Quién fue? ¿Cuántos fueron? ¿Lo provoqué yo? ¿Consentí sin saberlo?”. Son preguntas que pueden quedarse durante meses o años.

García Esteve advierte de que estas víctimas pueden desarrollar depresión intensa, culpa, ansiedad, flashbacks corporales y trastorno de estrés postraumático aunque no recuerden la agresión. El cuerpo puede reaccionar antes de que la mente consiga ordenar lo ocurrido. Una sensación de peligro, rechazo al contacto, miedo a determinados lugares o reacciones físicas inexplicables pueden aparecer sin que exista un recuerdo completo.

Por eso defiende que la atención no puede depender de una denuncia. La primera puerta debe ser la salud: atención médica, prevención de infecciones, apoyo psicológico y seguimiento de las secuelas. Denunciar puede ser una decisión importante, pero no puede convertirse en el requisito para que una mujer sea creída o atendida.

La prevención que nadie evalúa

La mitad de las víctimas atendidas en el Clínic tiene entre 16 y 25 años. También las agresiones grupales se mantienen estables, en torno al 10 % o 12 % de los casos. Sin embargo, García Esteve cuestiona qué se está haciendo realmente para prevenir esta violencia. Se repite que la educación afectivo-sexual debe empezar en las escuelas, pero pocas administraciones explican qué contenidos se imparten, quién los evalúa y si están logrando cambiar algo.

La psiquiatra reclama una respuesta coordinada de Salud, Educación, Igualdad y Justicia. No solo campañas puntuales ni mensajes genéricos sobre consentimiento. También protocolos sanitarios, formación para quienes recogen denuncias, programas de recuperación y políticas que asuman una realidad incómoda: el riesgo no desaparece porque el agresor sea conocido.

Porque muchas mujeres no dejan de estar en peligro cuando entran en una casa, cuando se quedan con una pareja, cuando salen con compañeros o cuando confían en un amigo. Y reconocerlo no significa pedirles que renuncien a su libertad. Significa dejar de exigirles que aprendan solas a protegerse de una violencia que las instituciones todavía no están previniendo con la seriedad que requiere.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.