Unos shorts, un ejercicio de glúteos o una mirada que se prolonga más de la cuenta pueden convertir una sesión de entrenamiento en una situación incómoda. Para algunas mujeres, la solución pasa por cambiar de centro y buscar un espacio exclusivamente femenino. No todas llegan huyendo de experiencias desagradables, pero sus testimonios y los de quienes trabajan a diario en estos gimnasios permiten poner el foco en una pregunta: ¿por qué algo tan cotidiano como hacer deporte puede resultar incómodo cuando hay hombres alrededor?
Lo que cambia cuando desaparecen las miradas
Montserrat Gallardo Correa, propietaria y directora de Woman Space, conoce bien esa diferencia. Su centro lleva funcionando exclusivamente para mujeres desde 1984 y recibe a alumnas de entre 35 y 80 años. Algunas llevan décadas entrenando allí y valoran, por encima de todo, la comodidad de poder concentrarse en sus ejercicios.

Gallardo recuerda que, en los primeros tiempos, el centro llegó a probar el modelo mixto, pero la experiencia no resultaba igual para todas. Hay movimientos y posturas en los que algunas mujeres se sienten más expuestas, especialmente cuando utilizan prendas ajustadas o realizan ejercicios tumbadas. “Se sienten más libres, más tranquilas, sin sentir miradas”, explica al describir cómo entrenan en un entorno exclusivamente femenino.
La directora también señala que sus clientas buscan calidad en las clases, salud y bienestar. No necesariamente acuden porque hayan sufrido comentarios machistas: muchas ni siquiera trasladan experiencias de ese tipo. Sin embargo, sí encuentra una diferencia en la forma de vivir el entrenamiento. Cuando las alumnas están pendientes de su ejercicio y no de quién puede estar observándolas, la experiencia cambia.
La experiencia dentro de los gimnasios femeninos
En B3B, una cadena de estudios boutique exclusivos para mujeres que abrió su primer espacio en Madrid en diciembre de 2015, defienden que el fenómeno responde a una transformación más amplia en la manera de entender el bienestar. La propuesta combina disciplinas como bicicleta, boxeo, barre y entrenamiento de fuerza, con clases guiadas en las que las entrenadoras acompañan y corrigen los movimientos.
La cadena, subraya que muchas usuarias valoran la comunidad, el asesoramiento profesional y la posibilidad de iniciarse en ejercicios de fuerza sin miedo a no saber realizarlos. El objetivo, sostiene, es que el entrenamiento deje de estar condicionado por la apariencia y se convierta en una herramienta de salud física y mental.
“Muchas aseguran que B3B es su espacio, su lugar seguro”, señalan. Durante los 50 minutos que dura una clase, explica, las mujeres pueden desconectar de la rutina y centrarse en sí mismas.

La cadena reconoce que algunas usuarias han comentado experiencias incómodas en otros centros, aunque no dispone de datos para determinar cuántas llegan por ese motivo. Insiste, además, en que no sería riguroso atribuir el auge de los gimnasios femeninos exclusivamente al machismo: también influyen la oferta de actividades, la atención personalizada y el sentimiento de pertenencia.
Es una distinción importante. Estos espacios no representan necesariamente un rechazo a los hombres ni una renuncia a compartir instalaciones con ellos. Para muchas mujeres, sencillamente, ofrecen una alternativa en la que se sienten más cómodas.
Qué hay detrás de la sexualización
Pero la incomodidad que algunas describen no surge de la nada. Miryam Al-Fawal, doctora en Derecho y Criminología y victimóloga analista de conducta, apunta a una interpretación del cuerpo femenino como algo que debe responder a las expectativas masculinas.
Cuando un hombre interpreta que una mujer lleva shorts para provocar o llamar su atención, explica, está atribuyéndole una intención que ella no tiene por qué compartir. “Confunde visibilidad con disponibilidad”: mostrar el cuerpo, querer verse bien o disfrutar de la propia imagen no significa estar buscando una interacción sexual.
La experta también advierte de que el insulto y la crítica a la ropa pueden funcionar como mecanismos de control. El mensaje implícito es que, si una mujer recibe miradas o comentarios, la responsabilidad es de cómo va vestida. De ese modo, el foco se desplaza desde quien observa, incomoda o insulta hacia quien simplemente está haciendo ejercicio.
La investigación de Moor, publicada en 2010 en el Journal of International Women’s Studies, analizó precisamente la diferencia entre las intenciones que algunos hombres atribuyen a la ropa femenina y las motivaciones que expresan las propias mujeres. Llevar prendas reveladoras no equivale, por sí mismo, a una invitación sexual.
Mar Mas, presidenta y cofundadora de la Asociación para Mujeres en el Deporte Profesional, coincide en que el problema no reside en la ropa, sino en la percepción de quien la observa. Una mujer puede vestirse para sentirse guapa, para sí misma o para quien quiera, sin que eso dé derecho a nadie a invadir sus límites.
Cuando entrenar obliga a vigilar el propio cuerpo
Las consecuencias van más allá de un comentario desagradable. Según Al-Fawal, estas experiencias pueden generar vergüenza corporal e inseguridad y llevar a algunas mujeres a cambiar de ropa, evitar determinados ejercicios o modificar sus horarios para reducir las posibilidades de sentirse observadas.
Un estudio exploratorio de Cowley y Schneider, publicado en 2025 en PLOS ONE, recogió las experiencias de 279 mujeres usuarias o antiguas usuarias de gimnasios. El 41,4% tuvo en cuenta posibles peligros o atenciones no deseadas al elegir qué ponerse para entrenar, o manifestó dudas al respecto. Además, el 46,6% afirmó haber recibido comentarios positivos no solicitados sobre su apariencia, la mayoría procedentes de hombres. Los resultados corresponden a esa muestra y no pueden extrapolarse a todas las usuarias, pero muestran cómo estas situaciones pueden condicionar la experiencia deportiva.
Para Mas, la respuesta no debería consistir en que las mujeres tengan que abandonar los centros mixtos o renunciar a determinadas prendas. “No creo que debamos dejar de hacer deporte con la ropa que queramos”, defiende. La responsabilidad, sostiene, también recae en las instalaciones deportivas, que deben disponer de mecanismos para detectar y abordar situaciones de acoso.
La asociación ha desarrollado la herramienta Entrena Segura, orientada a ayudar a los centros a identificar problemas de seguridad a partir de las experiencias de quienes utilizan sus instalaciones. Porque al final, todo ello se reduce a comprender que el problema no es compartir gimnasio, sino hacerlo sin respeto.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

