Quizá le haya llamado la atención alguna de las noticias publicadas estos días sobre un estudio que señala que el 22% de los hombres declara haber sentido atracción hacia personas de menos de 16 años y que el 10% reconoce conductas de violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes. Es la primera investigación estatal de la Universitat Oberta de Catalunya y la Universidad de Barcelona que mide por separado ambos fenómenos. Lo ha codirigido Pablo Romero Seseña, profesor e investigador de Criminología en la UOC, especializado en victimología y justicia restaurativa. Hablamos con él para que nos explique qué buscaba el equipo, cómo se hizo el estudio y qué significan los resultados, porque, como dice, “sentir atracción y ejercer violencia están relacionados, pero no son lo mismo”.
Qué querían averiguar
El equipo quería medir la frecuencia de dos realidades: las conductas de abuso y explotación sexual contra niños, niñas y adolescentes y la atracción hacia personas menores de 16 años. Romero explica que buscaban conocer “la prevalencia de conductas de perpetración” y “la prevalencia de la atracción”. Para ello, encuestaron a 6.010 hombres adultos residentes en España.

Los participantes fueron reclutados a través de paneles de empresas de encuestas y la muestra se organizó por edades y distribución geográfica. El estudio forma parte de Prevention Global, una iniciativa internacional que utiliza el mismo instrumento en distintos países. Romero explica por qué: cambian las edades legales de consentimiento y también las preguntas con que se miden estas conductas, así que los resultados nacionales no siempre son comparables. Aplicar una metodología común, dice, “nos permite obtener datos que son rigurosos y que además permiten comparación entre países”.
La encuesta era anónima. Las respuestas se guardaban en un servidor universitario con un identificador aleatorio, sin vincularlas con el nombre o los datos de contacto de quien participaba. “No había ninguna manera de cruzar en ningún momento el nombre real o los datos de contacto de la persona con las respuestas que esta había dado”, explica. El cuestionario también incluía controles de atención y una pregunta final sobre la honestidad de las respuestas; quien fallaba algún control quedaba excluido.
Las conductas que recoge el 10,2%
El 10,2% reconoce al menos una conducta de violencia sexual que implicó a una persona menor de 18 años a lo largo de su vida adulta. La cifra reúne “los 20 comportamientos distintos que medimos en la encuesta”, señala Romero: desde el contacto sexual físico hasta el grooming o el consumo de material de explotación y abuso sexual infantil. Con las respuestas, el equipo construye “un constructo general de perpetración”.
Al acotar las edades, la prevalencia es del 2,8% en menores de 15 años y del 1,7% en menores de 12. Para incluir casos con adolescentes de 16 y 17 años, el equipo exigió una diferencia mínima de diez años con la persona encuestada cuando se trataba de conductas con contacto físico. Romero considera que el 2,8% es el dato más comparable con los de otros países: “Todos los estudios internacionales sitúan la prevalencia de la perpetración de conductas de abuso y violencia sexual a menores de edad de 15 años entre el 2 y el 5% más o menos. Nosotros estamos en torno a un tres”.
El estudio pregunta también si las conductas ocurrieron en los últimos doce meses: lo reconoce un 3,4% de los participantes. A lo largo de la vida, las conductas fuera de internet aparecen en el 9,7% y las digitales en el 4,2%. Sin embargo, entre quienes reconocen conductas en línea, el 56% afirma que también ocurrieron en el último año; en el ámbito físico, lo dice el 27%. En comparación con las presenciales, entre las conductas digitales había una proporción algo mayor de casos que implicaban a niños y niñas de edades más bajas.
Qué significa el 22,2%
El otro dato central es que el 22,2% declara haber sentido algún grado de atracción hacia personas de menos de 16 años desde que llegó a la edad adulta. “Nosotros preguntamos sobre atracción a lo largo de la vida”, explica Romero. El equipo también preguntó por fantasías: “Son los dos constructos que utilizamos para medir la atracción”.
La frecuencia matiza el resultado: un 12,3% dice que le ha ocurrido casi nunca; un 1,9%, que siente esa atracción la mayor parte del tiempo o casi siempre. La atracción exclusiva hacia personas menores de edad, sin atracción hacia adultos, representa el 0,3%. Romero advierte de que la encuesta no establece un diagnóstico: “No hablamos de que la persona tenga un diagnóstico por un trastorno cronofílico”. Tampoco permite precisar en qué momento de la vida se produjo esa atracción.
Al cruzar las respuestas, el equipo encuentra una asociación entre atracción y conducta. Romero afirma que la atracción “multiplica las probabilidades de incurrir en comportamientos de perpetración, las multiplica en un 400%”. Pero añade que “prácticamente un 73% de las personas que reportan atracción no incurren en conductas de perpetración”. Sentir atracción, por tanto, no significa que se vaya a ejercer violencia.
Los factores asociados
¿Qué otros elementos aparecen relacionados con las conductas? Romero menciona “la impulsividad, la dificultad para controlar los impulsos sexuales, un consumo compulsivo y excesivo de pornografía” y tendencias antisociales, como las ideaciones violentas o determinados antecedentes delictivos. En cambio, explica que las probabilidades se reducen entre quienes sienten atracción pero tienen niveles elevados de autocontrol.
El investigador no presenta estos elementos como una causa única ni como un perfil que permita predecir lo que hará una persona. Son factores que pueden combinarse. Además, al tratarse de conductas muy estigmatizadas y autoinformadas, es posible que algunas no se hayan declarado; las cifras no son estadísticas de denuncias, delitos probados ni condenas.

Romero dice que los resultados le sorprendieron “relativamente”, pero que están dentro de los rangos de otros estudios internacionales. También critica que algunas informaciones se queden únicamente con el 10,2% o el 22,2%, porque considera que esa lectura deja fuera la frecuencia y la diferencia entre atracción y conducta. La califica como “una posición muy reduccionista”.
La prevención, al final
Romero recuerda lo más importante, que la prevención se ha dirigido sobre todo a proteger a niños, niñas y adolescentes, enseñarles a pedir ayuda y a poner límites. “Históricamente todas las estrategias preventivas se han orientado a poner el foco en las víctimas”, explica. La propuesta del estudio es sumar otra línea: comprender qué lleva a algunas personas a ejercer violencia y ofrecer ayuda temprana a quienes sienten atracción hacia niños o adolescentes y no quieren hacer daño. Romero menciona PrevenSI como un recurso de apoyo y orientación.
“Si no somos capaces de entender qué es lo que está ocurriendo con esas personas que abusan o que violentan a menores de edad, difícilmente vamos a poder diseñar medidas de intervención y de prevención que sean efectivas”, concluye.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

