Qué lleva a una madre a esconderse con sus hijas

Irena no entregó a sus hijas tras la decisión de un juez de quitarle la custodia. Ahora no puede verlas. Repasamos su historia para entender por qué desobedeció esta madre protectora

Irena, con sus hijas y la carta que le envió una de ellas hace unas semanas
Irena, con sus hijas y la carta que le envió una de ellas hace unas semanas
KiloyCuarto

Irena se escondió con sus hijas. Le habían quitado la custodia y debía entregárselas al padre. Pero no fue capaz. No pudo. ¿Qué lleva a una madre a buscar una salida al margen de la ley? ¿Cómo llega hasta ese punto? Hablamos con ella y repasamos su historia para tratar de entender qué hay detrás de la decisión de una madre protectora.

Todo comienza en abril de 2012. Irena, nacida y criada en Polonia, tiene 24 años y está de viaje en Mallorca. Allí conoce a Juan (nombre ficticio), un estudiante de Medicina que prepara el MIR. El flechazo es inmediato. Poco después, él viaja a Polonia para verla y, en los meses siguientes, su relación se convierte en una eterna luna de miel: quedan en distintas ciudades de Europa, de Tenerife a Cracovia.

Irena, ingeniera civil, se queda sin vacaciones disponibles y pide un mes libre para irse a vivir con él a Sevilla. Todo le parece fantástico, romántico, un cuento de hadas. Ella estudia español, cocina, prepara tartas y pasan mucho tiempo juntos. A los cuatro meses de conocerse, Juan le pide matrimonio. Ella dice sí. Todo va muy rápido.

Irena se dedicaba por completo a sus hijas
Irena se dedicaba por completo a sus hijas
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Empiezan los problemas

Se casan en 2013. En 2016 nace Claudia (nombre ficticio). Cuando la bebé tiene apenas dos semanas, viajan a Italia y la niña enferma: tiene 40 grados de fiebre. Irena acaba sola con ella en el hospital. La experiencia la asusta tanto que ya no quiere viajar, pero Juan sí. Empieza a marcharse sin ellas y, cuando vuelve, le reprocha que la cena no esté hecha y que la niña no se acostumbre a dormir sola.

Con Claudia todavía pequeña, se queda embarazada de Eva (nombre ficticio), que nace en 2018. Irena intenta adaptarse. Cuenta que él trabaja muchas horas y que ella se ocupa de la casa y de las niñas. Para entonces, dice, las discusiones son cada vez más frecuentes. Él la insulta y cuestiona cómo cuida a las pequeñas. En una ocasión, estando embarazada, la empuja y la deja llorando en la cama. Después vuelve, se arrodilla y le pide perdón. Irena recuerda que ya entonces le dijo que, si al año siguiente seguían así, tendrían que divorciarse.

La violencia no se quedó en las discusiones. Irena cuenta que Juan le decía que no servía para nada y que era mejor que no saliera ni trabajase. La controlaba y la llamaba constantemente para saber dónde estaba y con quién. Con el tiempo, dejó de fiarse de ella: le pedía videollamadas para comprobar dónde se encontraba y quién había a su alrededor.

Las niñas también empiezan a notar el miedo en casa. Irena explica que, cuando oían abrirse la puerta, corrían a meterse en la cama y fingían que dormían. A veces la abrazaban cuando la veían llorar. Ella llevaba años pensando en separarse, pero cada vez que hablaba de divorcio, Juan alternaba las disculpas y las promesas de cambio con las amenazas de quitarle a las niñas. La decisión no terminaba de llegar. Hasta que, en septiembre de 2023, una discusión sobre la separación desemboca en una agresión y todo cambia.

La mañana que todo cambia

Esa mañana, Irena prepara el desayuno y las niñas se visten para ir al colegio. Juan le pregunta qué le ha dicho la abogada con la que ha hablado. Ella intenta aplazar la conversación, no quiere discutir delante de las niñas. Pero él coge su móvil y lo levanta para que no pueda alcanzarlo. Se da cuenta, además, de que se sabe su contraseña. Cuando Irena intenta recuperarlo, la golpea y la empuja contra la encimera de la cocina. Ella cae y acaba con moratones por el cuerpo y marcas en las manos, donde él la había agarrado. Las niñas oyen los gritos y corren hacia ellos. Juan tira el teléfono al suelo y lo pisa.

Irena con Claudia y Eva
Irena con Claudia y Eva
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Irena sale de casa con sus hijas, todavía en pijama, y se refugia en casa de una vecina. El marido de la vecina llama a los Mossos. Irena acude después a urgencias y presenta un parte médico. En el juzgado, un médico forense también examina las lesiones. Al día siguiente, denuncia a Juan y obtiene una orden de protección provisional para ella y para las niñas.

Juan no acude a la primera vista porque, según cuenta Irena, se ha marchado al extranjero. Cuando regresa, se fija otra comparecencia. El día anterior a su declaración, mientras la orden de protección sigue en vigor, Juan quebranta la medida y se presenta en la casa acompañado por una patrulla de los Mossos d’Esquadra, un amigo también del cuerpo policial, su padre y otras personas para recoger sus cosas. Irena dice que ya le había enviado parte de sus pertenencias, pero él empieza a llevarse más. Durante esa visita, ve por las cámaras que Juan entrega a su padre las llaves del coche que ella usa para llevar a las niñas al colegio y a sus actividades. Su abogado le aconseja poner un dispositivo antirrobo para que no se lo lleve mientras un juez decide quién puede utilizarlo. Irena lo hace. Pero el vehículo está a nombre de la empresa de Juan. Él denuncia y a ella la condenan y multan por un delito de coacciones.

“A partir de ahora empieza un infierno”

Al día siguiente, en la vista, le retiran la protección. “A partir de ahora empieza un infierno”, recuerda. Todavía no hay una resolución judicial que ordene cómo se organizarán tras la separación: quién usará la casa, cuándo verá Juan a las niñas o qué pasará con las cosas de la vivienda. Sin embargo, Juan considera que puede entrar porque la casa es suya. Se presenta cuando quiere y se queda durante horas. Pide una pizza, ve la televisión, aparece con amigos y familiares. A veces se tumba en la cama donde duermen Irena y las niñas. Ella no se atreve a ducharse por miedo a que entre alguien. Cuenta que las graban, abren armarios, tiran la comida y cortan la luz. Con dos niñas pequeñas, no puede cocinar ni bañarlas; lo hace en casa de las vecinas. Algunas noches pide a una amiga que se quede con ellas porque se siente asustada y controlada.

Antes de que el juez dicte esas medidas, Irena viaja a Polonia con sus hijas para asistir al funeral de un familiar cercano. Durante su ausencia, Juan hace otra mudanza: se lleva muebles, colchones y sillas, además de pertenencias personales de ella, como su ordenador.

Para intentar dormir tranquila y tener algo de intimidad, Irena pone una cerradura en la puerta de su habitación. Juan acaba quitando la puerta entera. La situación se vuelve asfixiante y humillante.

Irena vuelve a buscar ayuda. Habla con psicólogos y servicios sociales, y pide otra vez protección. Cuenta que Juan la había amenazado haciendo el gesto de cortarle el cuello, en una de esas visitas sorpresa. En la vista intenta explicar que ella y las niñas viven con miedo en esa casa, que se sienten vigiladas y acosadas, pero siente que no la escuchan.

Claudia, Irena y Eva en una imagen familiar
Claudia, Irena y Eva en una imagen familiar
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Irena consigue la custodia

En otro juicio rápido, según su relato, el juez les pide que acuerden las visitas. Irena quiere hablar antes con su abogado de familia, pero acaba firmando. Después, él le explica que el documento no impedía a Juan seguir entrando en la vivienda. Más adelante llegan medidas provisionales: Irena obtiene el uso de la casa y la custodia de las niñas; Juan puede verlas los martes y jueves por la tarde y fines de semana alternos. Al principio, cuenta, las niñas parecen estar algo más tranquilas y las entregas se hacen más llevaderas. Con el tiempo, sin embargo, vuelven las señales de malestar y empiezan a resistirse a marcharse con su padre.

En 2024, Irena denuncia otra agresión de Juan. Cuenta que se rompió la rodilla y que todavía arrastra las secuelas. Esa causa sigue abierta en la Audiencia.

Las niñas no quieren irse con su padre

No es lo único que preocupa a Irena. El colegio la llama en los días de intercambio porque alguna vez las niñas no quieren irse con su padre; madres de otros alumnos le cuentan que han visto a Juan meter a una de ellas a la fuerza en el coche. En 2025, la Audiencia de Barcelona reabre la causa por la agresión denunciada en 2023 y considera que hay indicios que deben investigarse. Irena piensa que, por fin, alguien ha escuchado su relato. Pero ese verano, en el proceso de divorcio, llega otra decisión: las niñas tendrán que pasar un mes de vacaciones con Juan y la custodia pasa a ser compartida.

Claudia intenta escapar

Cuando llega el momento de entregarlas, Irena baja con ellas a la portería. Juan está allí con su padre y otros familiares, que las graban. La tía paterna agarra a Claudia del brazo y Juan intenta coger a Eva. Llegan los Mossos. Al principio hablan con las niñas para tranquilizarlas, pero después un agente ordena a Irena que las lleve al coche de su padre y le advierte de que, si no lo hace, las cogerán por la fuerza. Juan y el abuelo suben a la portería. Los agentes dan paso a los familiares para que se lleven a las niñas. Irena oye los gritos y corre al aparcamiento. Claudia intenta escapar por la ventanilla del coche.

Irena trata de acercarse a su hija. Juan la golpea en la espalda y un agente la agarra de los brazos y la arrastra hasta un cuarto junto a las escaleras del aparcamiento. Allí, cuenta, le sujeta con fuerza los brazos, la estampa la cabeza contra la pared. “Me está haciendo daño”, protesta. El agente le grita que no se autolesione. Después entran otros dos Mossos y la amenazan con denunciarla porque, según dicen, les ha arañado. Irena niega haberles hecho daño. Cuando llega una agente, la dejan salir. Está mareada, vomita y se desploma mientras habla por teléfono. La trasladan en ambulancia al hospital. Dice que le duele todo el cuerpo y que los Mossos la han golpeado. Los agentes la denuncian por atentado a la autoridad.

Irena se ocupaba casi en solitario del cuidado de sus hijas
Irena se ocupaba casi en solitario del cuidado de sus hijas
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“Mamá, por favor, ven a buscarme. Ayúdame”

Después de aquello, Juan deja de pasarle las llamadas, aunque Irena tiene asignada una hora al día para hablar con sus hijas. Claudia intenta escapar de casa de su padre y empieza a hacerle llegar cartas a Irena a través de compañeros del colegio. En una de ellas, según recuerda Irena, Claudia cuenta que su padre le ha pegado y le ha tirado del pelo, que ella y su hermana no durmieron y pasaron toda la noche llorando. Le pide: “Mamá, por favor, ven a buscarme. Ayúdame”.

Con la carta en la mano, Irena va al colegio para comprobar que ha entendido bien la letra de su hija y preguntar por ella. No la dejan verla. Sale de allí y va a denunciar lo que Claudia le ha contado. Al día siguiente vuelve al colegio con la denuncia y consigue ver a su hija un momento, con una patrulla delante. La niña está asustada y apenas habla con ella. Irena se marcha sin que le concedan la protección que ha pedido.

En otro procedimiento, el juez no investiga las agresiones que Claudia relata en la carta y que las niñas habían contado en el colegio. La Audiencia de Barcelona le ordena hacerlo en dos ocasiones. La investigación sigue abierta.

Dos informes recogen el miedo de las niñas

No eran solo impresiones de Irena. Dos informes psicológicos a los que ha tenido acceso Artículo14 recogen el miedo y el rechazo de las niñas al padre. El primero, encargado por Irena y fechado el 12 de enero de 2026, describe que Claudia no confía en él, llora a escondidas y dice que no quiere volver a verlo. También recoge síntomas de ansiedad y depresión. Su hermana tiene pesadillas y teme que su padre la aparte de su madre. Las dos identifican a Irena como su principal figura de cuidado y seguridad.

El segundo informe, fechado el 2 de julio de 2026, recoge seis meses de terapia familiar ordenada por el juez y realizada por profesionales elegidos por Juan, entre septiembre de 2025 y mayo de 2026. Durante las sesiones, una de las niñas se angustia y busca a su madre cuando se habla del padre. La otra, al principio inhibida, acaba cerrándose y deja de comunicarse cuando aparece el tema. El informe también consigna ausencias escolares en las semanas de visita. Hacia el final, observa una moderación parcial del malestar y que las niñas podrían aceptar encuentros breves y graduales. Recomienda que cualquier cambio sea progresivo y que reciban atención familiar especializada. Irena quería que sus hijas continuaran con atención individual. Según cuenta, Juan dijo que quería dejar de pagar las sesiones porque no estaban funcionando.

Un cambio demasiado brusco

Irena pide medidas urgentes: seguir con sus hijas y que las visitas con su padre se hagan en un Punto de Encuentro Familiar (PEF) mientras se estudia la situación. Aporta los informes psicológicos, los partes médicos y la denuncia.

La resolución, sin embargo, concede a Juan la custodia y la patria potestad y limita las visitas de Irena a seis horas cada quince días en un PEF. Su abogada recurre: sostiene que el juzgado no ha respondido a la petición urgente de Irena y que esos centros no ofrecen visitas de seis horas.

Irena se entera de la decisión en el juzgado, después de declarar por la denuncia relacionada con el maltrato a sus hijas. Al día siguiente, en una sesión de terapia familiar, la profesional le advierte de que un cambio brusco puede hacer daño a las niñas y propone una transición gradual. Irena cree que han acordado esperar una semana mientras su abogada recurre. Cuando vuelve a casa y les cuenta a sus hijas que deben irse con su padre, ellas entran en pánico. Le suplican que no las entregue. “Mamá, vámonos. Vámonos”, le dicen.

Irena sabe que hay una resolución judicial, pero también lleva meses buscando ayuda, reuniendo informes y viendo cómo sus hijas se angustian ante las entregas y relatan maltrato. La investigación sobre las agresiones que ellas atribuyen a su padre sigue sin resolverse. Esa noche coge unos pijamas, un peluche y al perro. Se marcha con las niñas a casa de una amiga.

La decisión de esconderse

A la mañana siguiente, los Mossos llaman a Irena. Le preguntan si sabe que hay una resolución y si va a llevarles a las niñas. Ella explica que, en la sesión de terapia familiar de la víspera, la profesional había propuesto esperar una semana y hacer la transición poco a poco. Le responden que eso no cambia la decisión y que el padre puede cambiar de opinión. Poco después, la alarma de la casa la avisa de que alguien ha entrado. Irena mira las cámaras y ve a Juan llegar con varias personas. Avisa a los Mossos, que le dicen que debe denunciar la entrada. Ella no vuelve a casa con las niñas.

Durante las semanas siguientes intenta mantenerlas a salvo y que sigan estudiando a distancia. El 24 de octubre, en Badalona, unos agentes de paisano se acercan a Irena cuando está con sus hijas y una amiga. No se identifican y la agarran. Ella pide hablar con su abogada; las niñas les suplican que la suelten. Los agentes la esposan y se la llevan en un coche patrulla. A las niñas las separan de su madre y las trasladan al hospital. Irena pasa la noche en el calabozo.

Cuando sale, tiene prohibido acercarse a sus hijas a menos de mil metros y no puede comunicarse con ellas. Al día siguiente, Claudia consigue hacerle llegar otra carta a escondidas. Le advierte: “Él ya sabía dónde estamos porque nos enseñó las fotos, así que no vayas allí. Quédate con Aurora”. Cuenta que, después de pasar horas en el hospital, su padre se las llevó por la fuerza: “Nosotras no queríamos ir con él, pero se nos llevó a la fuerza, nosotras gritábamos y llorábamos, todos nos estaban mirando. Yo pedía auxilio, daba patadas y golpeaba con las manos”.

“Él nos hace daño y nos toca. Quiero volver contigo”

En la carta, Claudia escribe: “Luego nos encerró en la habitación y se quedó allí sentado, nosotras le rogábamos y pedíamos auxilio, no lo aguanté y casi no dormimos. Al día siguiente lloramos muchísimo, intentamos escapar, pero no pudimos. Luego, a la hora de comer, no pudimos comer y él nos pegó y nos gritó y nos cogió de las manos y nos encerró en la habitación bajo llave y nos dijo que éramos tontas y que nunca te íbamos a ver”. Y termina: “Él nos hace daño y nos toca. Quiero volver contigo”.

Irena lee la carta una y otra vez. No duerme, apenas come y no sabe cuándo volverá a abrazar a sus hijas. Es polaca; Juan, catalán y cirujano. Ella cuenta que él le repetía que nadie la creería porque no hablaba bien. Cuesta no preguntarse si el racismo también ha influido en cómo se ha escuchado a cada uno.

¿Qué lleva a una madre a esconderse con sus hijas? En la historia de Irena, años de miedo, denuncias e informes; una investigación sobre las agresiones que sus hijas atribuyen a su padre y que sigue sin resolverse; y, al final, sus hijas suplicándole que no las entregue. Esa noche, después de tanto pedir ayuda, Irena decidió escucharlas. ¿Por qué nadie más lo ha hecho?

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