En las galerías del Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC) ha reaparecido una de las obras más monumentales de Ana Laura Aláez, figura central del arte contemporáneo español. Concebida originalmente para el museo en 2008, Pabellón de escultura regresa este verano bajo el subtítulo Refugio e intemperie. La instalación reúne 32 grandes placas de aluminio y recupera algunas de las cuestiones que han atravesado durante décadas la obra de la artista: la identidad, la memoria, el cuerpo y la supervivencia.
El centro de la exposición es una estructura formada por 32 grandes láminas de aluminio, cada una concebida como una unidad dentro de un conjunto escultórico mayor. Aláez ha descrito la obra como un «museo ficticio» de escala menor, instalado dentro del museo real y enfrentado a él. Frente a las vidrieras de colores que caracterizan el edificio del MUSAC, el pabellón es deliberadamente monocromo y oscuro, lo que acentúa el contraste con la arquitectura que lo rodea.
La estructura tiene algo de agresivo. Las placas recuerdan a grandes cuchillas y parecen expulsar el arte hacia el exterior en vez de ofrecerle un recinto estable. Algunos paneles aparecen dispersos por las galerías o suspendidos a gran altura, creando lo que Aláez denomina una «anarquía espacial». La artista plantea así el conflicto entre el museo construido y el museo imaginado, y cuestiona hasta qué punto una institución puede albergar realmente todas las formas que adopta el arte.
Volver a la obra dieciocho años después respondía también a la necesidad de Aláez de reencontrarse con ella. El paso del tiempo ha quedado inscrito en el metal: las placas conservan marcas, arañazos y cicatrices producidos durante su almacenamiento y sus sucesivos desplazamientos. La artista entiende esas imperfecciones como parte de la obra y ha comparado su estado actual con una «fotolitografía del viaje de una vida». Aunque los elementos parten de una misma forma, cada uno ha adquirido una historia distinta.
En la versión de 2008, el pabellón estaba acompañado por esculturas de menor escala y carácter más íntimo, relacionadas con aquellas «cosas pequeñas» —dudas, errores, fragilidades— que las instituciones suelen dejar fuera. En la reconfiguración de 2026, Aláez ha preferido mostrar la estructura con una presencia más arquitectónica y conceder un papel central al vacío, una idea que aparece de manera recurrente en su trabajo y que ha relacionado con la invisibilidad, la identidad femenina y la posibilidad de contener varios yoes dentro de un mismo cuerpo.

El vínculo emocional de Refugio e intemperie con León ocupa una parte fundamental de la exposición. Aunque Aláez nació en Bilbao, su familia procede del medio rural leonés, donde varias generaciones trabajaron la tierra para subsistir. La artista dedica la obra a sus antepasados y relaciona su propia trayectoria con aquella experiencia de supervivencia.
Aláez habla de haber heredado de su familia un «vacío» o un «silencio» que identifica con el origen de su práctica artística. Recuerda los veranos de infancia en León y a su padre, antiguo pastor, enseñándole ruinas de piedra en las montañas mientras le contaba historias. Aquellos refugios precarios, levantados para protegerse del frío y de los animales, reaparecen años después en la concepción del pabellón. El refugio nunca ofrece una protección completa y, precisamente por eso, termina vinculado a la necesidad de sobrevivir.
Para entender la escala de Pabellón de escultura conviene mirar también a la relación que Aláez ha mantenido con el cuerpo durante toda su trayectoria. Surgida a finales de los años ochenta, perteneció a una generación que tuvo que situarse frente al enorme peso de la denominada Nueva Escultura Vasca y de figuras como Jorge Oteiza y Eduardo Chillida. Frente al hierro, el acero y la monumentalidad asociados a esa tradición, Aláez incorporó maquillaje, pelucas, tacones y códigos vinculados a la cultura queer para investigar la identidad y la representación.
Su trabajo ha recurrido con frecuencia al contraste entre lo atractivo y lo inquietante, lo natural y lo artificial. En los noventa, piezas como Mujeres sobre zapatos de plataforma (1992) reunían seis pelucas y seis pares de zapatos sin los cuerpos que supuestamente debían llevarlos. Años después, Dance & Disco (2000) transformó una sala del Museo Reina Sofía en una discoteca con cabinas de DJ y paredes fucsias. La obra provocó admiración y rechazo, pero confirmó el interés de Aláez por activar el museo mediante el cuerpo y los sentidos.
Los materiales tampoco son secundarios en su trabajo. La artista los ha definido como la «traducción de ciertos movimientos del espíritu». En una exposición de 2004 en Es Baluard Museu recurrió al esparto y comparó el proceso de creación con tejer un jersey. En El conflicto es otro (2018) utilizó esparto y cadenas para ocupar un espacio y dar volumen a su vacío, una preocupación que reaparece ahora en el pabellón de aluminio del MUSAC.

Del látex de sus obras de los noventa al aluminio y el esparto de trabajos posteriores, Aláez ha insistido en vincular la creación con la experiencia física. Ha descrito su obra como algo que sale «expulsado de un cuerpo que siente, padece y se rebela» y el proceso artístico como una batalla cotidiana contra la pérdida de la pasión creativa. «La búsqueda de un lugar seguro comienza con la lucha por la supervivencia que hemos heredado de nuestros predecesores», sostiene.
Pabellón de escultura: refugio e intemperie lleva esa búsqueda al terreno de la arquitectura. Aláez utiliza el espacio para preguntarse quién puede encontrar refugio y qué significa realmente sentirse protegido. El espectador puede recorrer el interior y los márgenes de una estructura que nunca termina de cerrarse y que obliga a reconsiderar la relación entre la obra, el museo y quien la contempla.
La exposición del MUSAC, abierta hasta el 18 de octubre, forma parte de un programa de verano que incluye también la retrospectiva de Carlos León Lugar del elogio y una selección de obras internacionales de la colección del museo reunidas bajo el título Casi sistemas.
Quien camine entre las 32 placas de aluminio encontrará además una referencia al interés de Aláez por el silencio. La artista evoca la experiencia de John Cage en una cámara anecoica, donde descubrió que incluso en ausencia de ruido seguía escuchando los sonidos producidos por su propio cuerpo. El pabellón propone una experiencia parecida: detenerse, recorrer el espacio y atender a aquello que normalmente permanece fuera de nuestra percepción.
Para Aláez, regresar a León supone volver al origen de una pregunta que ha acompañado buena parte de su carrera. ¿Dónde encontramos un lugar seguro cuando ningún refugio garantiza una protección completa? Dieciocho años después de su primera instalación en el MUSAC, Pabellón de escultura conserva las marcas de todo lo que le ha ocurrido durante ese tiempo. Esas huellas forman ahora parte de la obra y también de la historia que Aláez ha decidido contar con ella.

