A través de los ocho largometrajes que ha dirigido a lo largo de las dos últimas décadas, además de escribirlos y protagonizarlos —títulos como La condesa (2009), El Skylab (2011), Dos días en Nueva York (2012) y Mi Zoe (2019)—, la actriz Julie Delpy se ha mantenido alternando entre el drama y la comedia, y viceversa. La que ahora llega a nuestras pantallas es una de las más explícitamente cómicas de su filmografía tras la cámara, pero también, paradójicamente, quizá la menos graciosa.
Lo que no admite duda es que es su película más política. En ella, con el fin de dejar al descubierto una serie de hipocresías típicamente occidentales, Delpy nos adentra en la ensimismada localidad de Paimpont, aparentemente aislada del exterior pero que de repente se ve sacudida por el ferviente deseo tanto de la maestra del pueblo (Delpy) como de su alcalde (Jean-Charles Clichet) de demostrar al mundo y a sí mismos lo abiertos de mente y solidarios que son acogiendo a una familia de refugiados ucranianos en ese pequeño paraíso bretón donde, eso sí, abundan el desempleo, el alcoholismo, la depresión latente y el racismo soterrado. Justo antes del momento previsto para la llegada, sin embargo, son informados de que todos los refugiados ucranianos ya han sido reubicados en otras partes del país y que, a cambio, recibirán a una familia procedente de Siria, los Fayad. Sus miembros, traumatizados por su viaje y preocupados por la adaptación al nuevo entorno, no tardan en verse inmersos en una comunidad que, dado el origen y el color de piel de los recién llegados, ya no está tan segura de la generosidad y el espíritu vecinal que hasta entonces decía profesar.
La presencia de los Fayad reabre viejas heridas en el pueblo y, mientras la familia se convierte en blanco de la intolerancia de sus nuevos vecinos —su casa, por supuesto, no tarda en ser vandalizada—, Delpy intenta usar la comedia para plantear algunas preguntas pertinentes. ¿Qué significa ser una buena persona? ¿Y formar parte de una comunidad? ¿Quiénes son los verdaderos bárbaros? En el proceso, la película alterna de forma agresiva escenas cómicas y momentos dramáticos, y el vaivén tonal no solo resulta desconcertante sino que también entorpece el flujo de la narración. Mientras tanto, y aunque se nos ofrecen pistas sobre su vida interior, Conoce a los bárbaros trata a los Fayad menos como personas que como una entidad política a partir de la que trazar las dos facciones en las que suele dividirse el discurso de Occidente en torno al tema de los refugiados: por un lado, quienes exhiben buenas intenciones manchadas de orientalismo; por otro, quienes contemplan todo lo musulmán con mirada sospechosa y hostil. La mayor virtud de la película es su decisión de presentar estos enfoques aparentemente opuestos como dos caras de una misma moneda, en cuanto que surgen de la misma fuente de prejuicio e incomprensión aunque se manifiesten de formas distintas.
Lo que en última instancia convierte Conoce a los bárbaros en una comedia fallida es la torpeza con la que retrata a sus personajes franceses, recurriendo casi exclusivamente a estereotipos —pequeños empresarios mezquinos, tipos xenófobos y/o adúlteros, políticos débiles— y su empeño en basar casi todo su potencial cómico en caricaturizarlos, obligándolos a caer en la payasada para exaltar sus miserias y su estupidez. Además de resultar simplona y grosera, la estrategia también es ideológicamente cuestionable. En un momento en que la población rural y la llamada periferia se está inclinando hacia el voto a la extrema derecha como forma no solo de protestar contra las crecientes dificultades económicas y el deterioro de los servicios públicos sino también de manifestar su rechazo a las élites que ostentan el poder social y cultural —y quienes hacen películas forman parte de ellas—, resulta irresponsable humillar a ese sector de la sociedad retratándolo como una panda de fascistas paletos que solo necesitan unos cuantos trucos de guion para comprender la importancia de la convivencia.

