El photocall londinense de La Odisea, la nueva película de Christopher Nolan, parecía destinado a ser otro triunfo de Zendaya y de su estilista habitual, Law Roach. La actriz, que interpreta a Atenea en la adaptación del poema homérico, apareció con un vestido blanco de inspiración griega firmado por Jacquemus y un pañuelo a juego. Era otro ejemplo de ese method dressing que ha convertido sus campañas promocionales en relatos visuales cuidadosamente construidos.
Pero esta vez la conversación se desplazó de la alta costura a la joyería. Zendaya lució unos pendientes formados por medallones de oro del primer milenio a. C., descritos por Barron London como placas de Ziwiye procedentes del antiguo Irán y montadas por Glenn Spiro con diamantes y oro amarillo. La pieza, pensada como guiño al mundo antiguo de La Odisea, terminó provocando una discusión mucho más amplia sobre expolio, procedencia y uso del patrimonio cultural en la moda de lujo.
La controversia se centra en la procedencia de los discos de oro. Barron London los identifica como vinculados a Ziwiye, un yacimiento del noroeste de Irán asociado a un célebre tesoro descubierto a mediados del siglo XX. Según han recordado varios especialistas, el problema es que aquel conjunto no fue excavado en condiciones arqueológicas, sino saqueado y dispersado después de su hallazgo. Algunas piezas vinculadas al tesoro acabaron en museos como el Met o el Louvre, mientras otras pasaron al mercado privado.
Para arqueólogos como Peter Edwell, de Macquarie University, la expresión “origen no revelado” o “procedencia desconocida” resulta especialmente problemática, porque suele indicar que el objeto pudo haber sido extraído ilegalmente en algún momento de su historia. Edwell ha subrayado, además, que el tráfico de antigüedades no es una suma de casos aislados, sino una red internacional alimentada por la pobreza, la desigualdad y la demanda de coleccionistas occidentales.
Una de las críticas más visibles llegó de una arqueóloga conocida en redes como Dr. Z, que cuestionó la decisión de llevar artefactos reales como joyas de alfombra roja. Su argumento no apuntaba solo a Zendaya, sino a una tendencia más amplia: la fascinación por la “joyería antigua” cuando esa autenticidad depende, muchas veces, de circuitos opacos y de contextos arqueológicos destruidos. Según esta lectura, el problema no está en admirar la artesanía antigua, sino en convertirla en señal de estatus.
La pregunta de fondo es sencilla y difícil a la vez: ¿por qué no usar una réplica? Para muchos especialistas, una reproducción habría permitido mantener la referencia histórica sin reforzar la demanda de objetos antiguos reales. La diferencia entre llevar una copia y llevar “el original” no es estética, sino simbólica: lo que se exhibe no es solo una forma, sino una posesión.
El debate se ha tensado también por el contexto geopolítico. The New Arab recogió críticas que interpretaban la elección como una muestra de insensibilidad hacia el patrimonio del Sur Global y, en concreto, hacia Irán. Zirrar Ali, experto en historia, arte y arquitectura islámicos, sostuvo que este tipo de gestos puede leerse como una práctica orientalista: una cultura que se permite adornarse con el patrimonio de otra mientras lo separa de los pueblos que lo heredaron.
Barron London ha defendido, por su parte, que las piezas no están a la venta y forman parte de su colección privada. La firma sostiene que el montaje realizado por Glenn Spiro preserva los discos antiguos sin alterarlos ni dañarlos, y que la intención era acercar al público a una muestra de orfebrería persa. La explicación, sin embargo, no ha cerrado la discusión. Para los críticos, el problema no es solo la conservación física de los objetos, sino el gesto de transformarlos en ornamento personal.
El caso de Zendaya no surge en el vacío. La alfombra roja lleva tiempo utilizando objetos históricos como parte del espectáculo. Este mismo año, Margot Robbie fue criticada por lucir el collar Taj Mahal de Elizabeth Taylor, una joya de origen mogol asociada a una historia de circulación patrimonial compleja, durante la promoción de Cumbres borrascosas.
También sigue presente el recuerdo de Kim Kardashian con el vestido que Marilyn Monroe llevó para cantar “Happy Birthday, Mr. President” a John F. Kennedy. En aquel caso, la polémica se centró en la fragilidad de una prenda histórica convertida en reclamo de la Met Gala. En todos estos episodios se repite la misma tensión: el deseo de producir una imagen inolvidable frente a la responsabilidad de preservar objetos cargados de historia.
Algunos arqueólogos han aprovechado el caso para abrir una conversación más pedagógica sobre la recepción de los artefactos. La cuestión no es si una pieza antigua puede admirarse, sino qué ocurre cuando se desplaza de una vitrina, un archivo o un contexto de estudio a la lógica acelerada de la celebridad, el lujo y las redes sociales.
Ahí reside el centro del debate. Un objeto arqueológico no es solo un objeto bello. Habla también de una técnica, una cultura, una ruta comercial, una práctica ritual, una comunidad y un territorio. Cuando se separa de su contexto, pierde parte de su capacidad para contar la historia. Cuando además se convierte en accesorio de élite, esa pérdida se vuelve todavía más visible.
La moda lleva años explotando la referencia al pasado: túnicas griegas, sandalias romanas, siluetas egipcias, joyería bizantina, tocados medievales. Pero una cosa es inspirarse en la historia y otra muy distinta es llevarla literalmente colgada del cuerpo. En el primer caso, la moda interpreta. En el segundo, posee.
La aparición de Zendaya con aquellos pendientes ha convertido una decisión de estilismo en una discusión global sobre quién puede usar el pasado, quién puede comprarlo y quién paga el precio de esa circulación. La actriz no es la única responsable de un sistema que existe desde hace décadas, pero su imagen ha servido para hacerlo visible.
Hasta que la industria de la moda y sus grandes iconos abracen las réplicas con la misma fascinación que los originales, la alfombra roja seguirá siendo también un campo de batalla patrimonial. Como demuestran los pendientes de Zendaya, cuando se lleva el pasado encima, también se carga con el peso de su procedencia.

