La carrera de MJ Corey como “investigadora residente de las Kardashian en TikTok” no empezó en un seminario académico, sino en un sofá. En 2018, Corey, psicoterapeuta psicodinámica, consideraba la telerrealidad una especie de comida basura para el cerebro. Pero una reposición de la sexta temporada de Keeping Up with the Kardashians le cambió el marco de lectura.
En aquel episodio, Kim y Rob Kardashian discutían durante un viaje familiar a Bora Bora. Corey quedó fascinada por la escena y llamó a su hermana, estudiante de comunicación, que le sugirió leer a Jean Baudrillard. La conexión fue inmediata. El filósofo francés le ofrecía una palabra para lo que estaba viendo: hiperrealidad. Es decir, una imagen que ya no copia la realidad, sino que la sustituye.
Desde ese punto de vista, las Kardashian no serían solo celebridades de reality, ni una anomalía especialmente rentable del entretenimiento estadounidense, sino productoras de una realidad nueva, diseñada para ser vista, comentada, comprada e imitada. Aquella intuición terminó dando forma a Kardashian Kolloquium, el proyecto de redes sociales con el que Corey comenzó a hiperintelectualizar a un matricarcado multimillonario que había nacido ante el gran público como objeto de burla.
Ahora, en Dekonstructing the Kardashians: A New Media Manifesto, Corey recurre a teóricos como Walter Benjamin, Marshall McLuhan o el propio Baudrillard para defender que las Kardashian son un “espectáculo digital escalable”. No tanto una familia famosa como una infraestructura sentimental, estética y comercial para la era de la atención.
Kim como historia de los medios del siglo XXI
La vida de Kimberly Noel Kardashian funciona casi como una cronología de los medios en el cambio de siglo. Su infancia quedó atravesada por el juicio de O. J. Simpson, uno de los grandes acontecimientos televisados de los años noventa, en el que su padre, Robert Kardashian, formó parte del equipo de la defensa. Después llegó Paris Hilton, la fama pre-Instagram y el mundo de las celebridades conocidas por ser conocidas.
En 2007, la filtración de un vídeo sexual convirtió a Kim en uno de los primeros grandes casos de viralidad de la era del streaming. La televisión la convirtió en un personaje, pero internet cimentó su poder. Keeping Up with the Kardashians les dio una narrativa, repetición y acceso al hogar de millones de espectadores. Twitter e Instagram les permitieron saltarse a los intermediarios y hablar directamente con el público. Ya no dependían solo de revistas, paparazzi o cadenas de televisión. Podían producir su propio relato.
En 2014, cuando Kim quiso “romper internet” con su portada para Paper, la operación marcó un cambio de escala. Ya no era solo una celebridad fotografiada, sino una máquina de circulación digital. La imagen importaba, pero importaba más su capacidad de generar conversación, memes, indignación, deseo y consumo.

La relación y posterior matrimonio con Kanye West llevó esa presencia a otro lugar. Juntos se convirtieron en una fuerza cultural que atravesaba música, moda, diseño, espectáculo e incluso religión, con los eventos de Sunday Service. Kim aprendió a moverse en cada nuevo medio, de la televisión por cable al feed, del reality a la marca, de la marca a la arquitectura de una identidad pública.
El cuerpo como plataforma
Corey vuelve una y otra vez a la frase de Marshall McLuhan, “El medio es el mensaje”. En el universo Kardashian, el cuerpo es el medio. Kim no solo viste tendencias, sino que las absorbe, las exagera y las devuelve al mundo convertidas en una imagen comercial.
“Kim Kardashian ha descifrado el código: personifica cada icono”, escribe Corey. A lo largo de los años, Kim ha jugado con varios arquetipos de la cultura popular: la fatalidad romántica de Marilyn Monroe, la fantasía orientalizante de la princesa Jasmine de Disney o la devoción conyugal de Jacqueline Kennedy. Ese glamour prestado es más que un simple disfraz; es una forma de metabolizar figuras anteriores para mantenerse en el presente.
Los cuerpos de las Kardashian también han cambiado al ritmo de las tendencias culturales. Corey analiza cómo el trasero de Kim parecía expandirse al mismo tiempo que crecía el interés público por su cuerpo, hasta que, hacia 2022, la familia empezó a desinflar visualmente esa silueta, justo cuando la burbuja semiótica del Brazilian Butt Lift comenzaba a agotarse. La forma corporal dejaba de ser una característica física para convertirse en una interfaz cultural.
La cirugía estética aparece en el libro como una especie de viaje del héroe contemporáneo. Corey, a partir de la teórica Meredith Jones, compara la experiencia quirúrgica con una resurrección: la anestesia como una pequeña muerte simbólica y el despertar como el regreso de alguien ligeramente nuevo. Incluso el famoso trasero de Kim se analiza en términos corporativos. Corey lo describe como sus “orejas de Mickey Mouse”: una forma reconocible, redonda, suave, casi maternal de fertilidad, capaz de identificar una marca entera.
Kris Jenner y el matriarcado empresarial
En el centro del imperio está Kris Jenner, la autodenominada momager. Durante años, sus críticos la han presentado como una madre calculadora que convirtió a sus hijas en un producto. Corey, sin negar esa dimensión empresarial, lee a Jenner como una pieza esencial para entender el funcionamiento del clan: una mujer que convirtió la vida familiar en una estructura de negocio.
A medida que avanzaba el programa, los hombres fueron quedando en los márgenes del relato. Las hermanas ocuparon el centro como empresarias, madres, parejas, exparejas y marcas individuales. Kylie Jenner se convirtió en magnate cosmética y madre joven. Kim empezó a construir una imagen de empresaria, estudiante de Derecho y reformadora penal. Khloé, Kourtney y Kendall fueron ocupando lugares distintos dentro del ecosistema familiar.

Las Kardashian han normalizado una maternidad mediada por la cámara y por el mercado. Han hablado de concepción, gestación subrogada, congelación de óvulos, fertilidad, divorcio y crianza bajo exposición pública. No lo han hecho desde un lugar ajeno al consumo, sino precisamente a través de él. Esa es una de las tensiones principales del fenómeno: han ampliado las formas visibles de maternidad y autonomía femenina, pero siempre dentro de una lógica de marca.
Corey compara esa operación con las Spice Girls de los noventa, otro grupo muchas veces despreciado como falso o manufacturado, pero capaz de obligar al público a identificarse con arquetipos reconocibles. ¿Eras Posh o Baby? ¿Kim o Khloé? La pregunta parece superficial, pero revela una forma de consumo identitario. No se trata solo de mirar, sino de elegir una posición dentro del escaparate.
Empoderadas, pero no liberadoras
El libro de Corey no funciona como una defensa ingenua de las Kardashian. De hecho, uno de sus puntos más interesantes es la distinción entre empoderamiento y liberación. Las Kardashian son mujeres enormemente empoderadas: tienen dinero, influencia, control narrativo, capacidad de negociación y una relación directa con millones de personas. Pero ese poder no implica necesariamente una promesa liberadora.
Su éxito se mantiene, al menos en parte, sobre “la inseguridad de otras mujeres”. Venden cosméticos, fajas, cuerpos aspiracionales, rutinas de mejora, soluciones estéticas y una versión del sueño americano donde la transformación personal parece siempre disponible para quien pueda pagarla. La verdadera liberación, sugiere Corey, exigiría desmontar el sistema de trabajo de glamour que ellas han aprendido a dominar: dieta, ejercicio, maquillaje, cirugía, vigilancia constante de la imagen.
Ahí aparece la contradicción más productiva del fenómeno Kardashian. Son fáciles de convertir en villanas porque encarnan de manera muy visible problemas que en realidad son estructurales: el capitalismo tardío, la economía de la atención, la explotación del deseo, la presión estética y la obligación de convertir la vida en contenido. Como no se puede insultar a “Instagram como sistema”, la rabia acaba dirigida de forma parasocial hacia Kim.
Tecnología, política y el poder real
Uno de los argumentos más llamativos de Dekonstructing the Kardashians es la relación del clan con los dueños de la infraestructura digital. SKIMS, la marca de ropa moldeadora de Kim, ha recibido financiación de Thrive Capital, firma vinculada a inversiones en compañías como Instagram, Spotify, Stripe u OpenAI. Corey ve ahí algo más que una asociación empresarial: una alineación con quienes poseen las “tuberías” por las que circula buena parte de la vida contemporánea.

Kim ya no solo vende imagen. Se mueve cerca de quienes administran las plataformas, los flujos de dinero, las herramientas tecnológicas y los espacios donde se produce el significado cultural. Carey habla incluso de una cierta kardashianización del mundo tecnológico, visible en la transformación estética y pública de figuras como Jeff Bezos a través de su relación con Lauren Sánchez. El poder económico también aprende a posar.
La política aparece como una prolongación posible de ese capital. Corey recuerda que figuras como Ronald Reagan o Donald Trump entendieron antes que nadie que la celebridad podía funcionar como capital prepolítico. Kim tiene reconocimiento global, una relación parasocial con millones de personas y algunos logros concretos en materia de reforma penal, como su implicación en el perdón de Alice Marie Johnson. No significa que vaya a presentarse a la presidencia, pero sí que su figura permite pensar hasta qué punto la visibilidad se ha vuelto una forma de poder político.
La familia, además, ha sabido moverse cerca de distintos centros de poder sin fijar del todo una posición ideológica. Kim se reunió con Donald Trump para hablar de justicia penal y también ha aparecido junto a Kamala Harris. Esa flexibilidad forma parte de su eficacia: las Kardashian rara vez se dejan atrapar por una definición política cerrada. Prefieren la proximidad al poder antes que la pertenencia a una causa.
Cuando la hiperrealidad se rompe
Para Corey, uno de los momentos clave del mito Kardashian fue el atraco que Kim sufrió en París en 2016. Allí, dice, “la hiperrealidad se rompió”, porque pocas cosas son más reales que enfrentarse a la propia mortalidad. El episodio interrumpió, aunque fuera por un instante, la maquinaria de fantasía, lujo, control visual y edición permanente que rodeaba a la familia.
Corey asistió al juicio en París y quedó impresionada por la compostura de Kim. Incluso en un juzgado, parecía entender el espacio como un nuevo escenario narrativo. La experiencia traumática se incorporaba así al relato público, pero sin perder del todo su condición de marca. Había dolor, miedo y realidad, pero también una “experiencia Kim Kardashian” perfectamente gestionada.
Esa capacidad para convertir la realidad en relato y el relato en capital es la gran innovación del clan. Las Kardashian han difuminado los límites entre consumidor y contenido, entre intimidad y mercancía, entre biografía y estrategia. Sus asuntos privados nunca son solo privados, pero tampoco son del todo falsos. Existen en una zona intermedia donde la autenticidad importa menos que la circulación.
Por qué siguen importando
Al final, Dekonstructing the Kardashians no es una biografía lineal de la familia, sino un archivo de sus efectos. Corey lee a las Kardashian como una institución cultural estadounidense a la altura de Disney, Las Vegas o el centro comercial: un lugar donde se mezclan deseo, espectáculo, consumo, fantasía de ascenso y producción de identidad.
Amadas u odiadas, las Kardashian obligan a mirar de frente una incomodidad: quizá no son una desviación de la cultura digital, sino una versión especialmente nítida de ella. Han entendido mejor que nadie que la vida contemporánea exige mostrarse, editarse, monetizarse y mantenerse disponible. Su mundo puede parecer extremo, pero muchas de sus lógicas se han vuelto cotidianas.
Puede que las Kardashian ya no ocupen el centro de la conversación como antes, pero siguen operando en el fondo: en la manera en que entendemos el cuerpo, la fama, la maternidad, el consumo, la política y la propia identidad como una superficie siempre disponible para ser corregida. No explican todo nuestro presente, pero sí una parte inquietante de él: la que nos ha enseñado a vivir como si siempre hubiera una cámara encendida.

