Obra maestra de la escritora Emily Brontë, la tragedia romántica Cumbres borrascosas ha sido adaptada a la pantalla en numerosas ocasiones —por cineastas como Luis Buñuel, Jacques Rivette, William Wyler o, más recientemente, Andrea Arnold—, y casi todas las películas resultantes se centran únicamente en la primera mitad de la novela y, más concretamente, en sus capítulos más morbosos. Asimismo, la mayoría de esas versiones convierten al despechado y diabólico amante Heathcliff en un hombre blanco, pese a que la novela lo describe claramente como una persona racializada; el color de su piel, de hecho, influye directamente en el trato que recibe a lo largo del libro, y articula las reflexiones sobre la lucha de clases que Brontë propone.
El tercer largometraje como directora de Emerald Fennell -después de Una joven prometedora (2020) y Saltburn (2023)- también reduce Cumbres borrascosas a su esqueleto narrativo y, asimismo, se esfuerza en perpetuar esa extraña fantasía según la que el romance que ocupa su centro es caucásico. Como resultado de ambas decisiones, su adaptación reproduce todo el melodrama del original pero ni un ápice de su complejidad. Es una película hiperestilizada, filmada como si cada uno de sus planos fuera a ocupar la portada de una novela erótica, pero vacía más allá de su superficie.

En su relato de la codependencia destructiva entre Cathy (Margot Robbie) y Heathcliff (Jacob Elordi), la nueva película borra cualquier mención a la raza, el colonialismo o la exclusión social, y simplifica gravemente las dinámicas de clase. A Fennell no le interesan estas tensiones narrativas, ni tampoco la rabia extrema que rezuma la prosa de Brontë.
Heathcliff, en particular, parece creado únicamente para provocar suspiros: luce una larga melena suelta y, a ratos, una camisa blanca abierta y con volantes, y está siempre listo para proteger a Cathy del frío y la lluvia. Resulta de lo más aburrido en comparación con el Heathcliff complejo y desafiante de la novela, una víctima de abusos tan obsesionada con la venganza que acaba volviéndose igual de monstruosa que quienes la dañaron.

A Fennell le gusta observar a Robbie y Elordi entregándose a sus deseos —en el dormitorio, en un carruaje tirado por caballos, bajo la lluvia—, y asume que al público también le gustará. Probablemente tenga razón, y por eso convierte cada uno de sus episodios carnales en situaciones elaboradas al detalle. Pero, a pesar del énfasis que pone en los fluidos, las viscosidades y los dedos introducidos en orificios, la película no muestra gran cosa que no pueda encontrarse también en un episodio cualquiera de Bridgerton. El tórrido romance, de hecho, se desarrolla en buena parte a la manera de un montaje de imágenes acompañado por una canción de Charli XCX, lo que le confiere el mismo peso emocional que un anuncio de perfume.
Entretanto, Robbie y Elordi no dan muestras de compartir dosis suficientes de química, y posiblemente eso sea así en buena medida por la clamorosa simpleza de sus personajes. Ella es decidida y arisca. Él es rudo pero sensible. Y ya. Las escenas de masturbación, voyeurismo, adulterio y sadomasoquismo —un hombre ahorcado con una erección provoca un frenesí en el pueblo, una mujer luce un collar de perro y ladra— resultan igual de insulsas. Fennell ha afirmado que su intención al hacer la película ha sido crear un clásico romántico para chicas adolescentes, pero ¿de verdad piensa que, a estas alturas, habrá alguna cría mayor de 13 años que se sienta impactada por provocaciones tan tibias?

Igualmente problemático es el intento de la película de epatar a través de la forma. Fennell despliega un estilo visual y musical maximalista que abraza el anacronismo y la exageración. Los colores son vibrantes, el vestuario es extravagante, la música ruge sin cesar. Los decorados incluyen habitaciones que evocan la carne humana, con venas y pecas en las paredes, pasillos con forma de trompa de Falopio y repisas de chimenea construidas con manos humanas talladas en mármol. Pero ¿de qué sirve crear un mundo tan vistoso -más que para nutrir TikTok y Pinterest- si ay tan poca vida emocional en él?
En última instancia, el gran problema de esta nueva Cumbres borrascosas parece ser que su directora no comprende el texto que intenta trasladar a la pantalla o que, al menos, no quiere enfrentarse de verdad a aquello de lo que trata el libro: la clase social, el abuso disfrazado de amor, el trauma generacional y las ficciones que nos contamos para justificar tanto el daño que infligimos como el que soportamos. Fennell prescinde de todo eso en favor de un relato carente del necesario aire de fatalismo trágico o romántico, y apenas dotado con una pizca de la ira corrosiva en virtud de la que la novela es tanto una historia de odio como una de amor.
Si la película fuera fiel al espíritu de las páginas de Brontë, no tendría sentido que se estrenara el fin de semana de San Valentín.
