La crítica ★★★★☆

‘Josephine’ se sumerge en el brutal trauma de una niña víctima de violación

Ganadora del Gran Premio del Jurado en Sundance, 'Josephine' es un devastador retrato del trauma infantil que, más que resolver un crimen, explora la fragilidad de una niña enfrentada demasiado pronto al miedo y a las contradicciones del mundo adulto

La inquietante y perturbadora 'Josephine', la violación desde la mirada de una niña
La inquietante y perturbadora 'Josephine', la violación desde la mirada de una niña

“Tener miedo no sirve absolutamente de nada”, afirma alguien en el transcurso de Josephine, que acaba de ganar el Gran Premio del Jurado en el Festival de Sundance, y podría decirse que, en cierto modo, el tema esencial explorado por su metraje es cuánta verdad hay en esa afirmación. Un día, mientras juega en el parque con su padre, Damien (Channing Tatum), la niña de ocho años que da título a la película (Mason Reeves) presencia una agresión sexual. Ella es la única persona que puede llevar al sospechoso ante la justicia, pero ¿es eso lo mejor para ella? ¿Dónde termina la necesidad de justicia y empieza la de proteger a una menor? La directora Beth de Araújo se sirve de esas preguntas para orquestar un drama devastador que, por un lado, es una furiosa condena del sistema judicial estadounidense pero que, por otro, parece menos preocupado por la resolución del crimen que por el trauma de una niña demasiado pequeña como para lidiar con los terapeutas y abogados que quieren interrogarla, comprender cómo y por qué algo así puede ocurrirle a alguien y asumir que a veces la gente mala no paga por sus actos. Y para ello, en lugar de recurrir al sentimentalismo fácil, Josephine se centra en la vida interior de su protagonista, usando su propia perspectiva para retratar un mundo que de pronto se ha vuelto peligroso y confuso.

Más aún, De Araújo se introduce en la mente de la niña, condenada a enfrentarse al resto de su vida con miedo cuando, en realidad, debería hacerlo correteando, despreocupada y llena de entusiasmo. Una de las decisiones más provocadoras que la directora toma con ese fin es dotar el crimen de una personificación humana: el hombre que lo cometió sigue formando parte del relato en una dimensión casi sobrenatural, como un amigo imaginario indeseado de Josephine o una aparición fantasmal, símbolo de la huella indeleble que el ataque ha dejado en ella. Asimismo, gracias al empeño de la película en experimentar el mundo a través de los ojos de la pequeña, por momentos la cámara se convierte, literalmente, en el personaje para reproducir con precisión cómo una niña cuya mente se resquebraja, y carente de las palabras o la experiencia vital necesarias para afrontar el mundo, reacciona ante cada nueva situación intimidante. Tal planteamiento otorga a Josephine una estilización que por momentos llama excesivamente la atención sobre sí misma, pero, en todo caso, encaja con el comportamiento de la niña, cada vez más vacilante, impresionable, impulsivo y errático. En sintonía con él, la película va generando una sensación creciente de amenaza, como si una tragedia inminente pudiera ocurrir en cualquier momento.

Entretanto, Josephine transmite la impotencia y la angustia que la mayoría de los padres sentirían al enfrentarse a una situación así. ¿Cómo explicarle a tu hija que quienes cometen delitos terribles a menudo salen impunes? ¿Debería ir al psicólogo o a clases de defensa personal? ¿Hay que hablarle del concepto de consentimiento, o sería ir demasiado lejos? Damien quiere hacer lo correcto, pero para él lo correcto suele implicar agresividad, ira y parálisis emocional. La madre, Claire (Gemma Chan), se preocupa por el bienestar psicológico de su hija, pero no sabe cómo protegerlo. Ambos tienen buenas intenciones, pero son incapaces de ver más allá de sus prejuicios personales enfrentados.

Si hay un aspecto en el que la verosimilitud del guion de De Araújo puede ponerse en duda, es en la excesiva ineptitud exhibida por Damien y Claire a la hora de responder con sentido común a los evidentes síntomas de sufrimiento de la niña. Similarmente, hay algunos pasajes de la película durante los que, quizá en busca de epatar al espectador de manera demasiado directa, la directora subraya emociones ya claramente establecidas. Las extraordinarias interpretaciones de los actores, en todo caso, sin duda contribuyen a contrarrestar los efectos de esos excesos. En el que quizá sea el mejor trabajo de su carrera, Tatum ofrece una mezcla precisa de masculinidad y vulnerabilidad dando vida a un padre cariñoso pero emocionalmente analfabeto, que hace todo lo que puede pero cuyo esfuerzo es del todo insuficiente. En la piel de Claire, Chan parece reprimir un dolor permanente cuyo origen podemos intuir sin que sea necesario explicitarlo. En cualquier caso, eso sí, la película se sostiene sobre la deslumbrante interpretación de la joven Reeves, cuyo rostro expresa una búsqueda constante de respuestas, así como desconfianza y confusión, especialmente cuando Josephine comprende que a las personas les ocurren cosas malas sin un motivo justificable, y que es imposible garantizar que ella nunca vaya a convertirse en víctima. Al final, la película no necesita hacer falsas promesas a su protagonista para convencerla, y convencernos, de que cada gesto de empatía y valentía, por pequeño, imperfecto o doloroso que sea, sirve para contrarrestar el desorden y la injusticia del mundo.

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