El intermedio de la Super Bowl LX suele ser un escaparate de hits, pirotecnia y consensos blandos. Esta vez, sin embargo, Bad Bunny convirtió esos quince minutos en otra cosa: un relato con capas, una escena que no pedía aplauso automático, sino lectura. Y ahí empezó la polémica. ¿Hasta dónde puede tensarse la cultura pop cuando decide hablar de historia, poder e identidad?
En el centro de la conversación se colocó Puerto Rico. No como postal, sino como territorio atravesado por heridas y contradicciones. Bad Bunny desplegó símbolos reconocibles —platanales, referencias a plantaciones, banderas, ritmos afrocaribeños— y los mezcló con guiños a debates contemporáneos como la migración o la gentrificación.
Para entender qué estaba diciendo realmente Bad Bunny está Bárbara Barreiro, historiadora, que en National Geographic ha mirado más allá del show.
La escenografía como mapa del conflicto
Bárbara Barreiro, historiadora del arte y especialista en cultura visual e identidades, sostiene que Bad Bunny no aterrizó en ese escenario para “representar” Puerto Rico de forma genérica, sino para subrayar desde el primer plano que allí había una realidad distinta a la que suele dominar este tipo de espectáculos en Estados Unidos. En esa lectura, la escenografía no era un adorno: era un marco político.
La clave, explica Bárbara Barreiro en National Geographic, está en que la plantación funciona como un recordatorio histórico inmediato. No solo evoca explotación y jerarquías coloniales: también sitúa al espectador ante una pregunta incómoda, la de qué historias quedan fuera del relato oficial cuando hablamos del Caribe.
De hecho, tras la actuación de Bad Bunny, muchas reacciones en redes admitían desconocer la historia de Puerto Rico y su estatus actual. Y ese choque entre ignorancia y exhibición pública terminó multiplicando el ruido.
El español, entre herencia y resistencia
Una de las frases que más circuló en la polémica la pronunció Bárbara Barreiro al abordar la paradoja lingüística: Puerto Rico fue colonia española durante siglos y hoy mantiene un vínculo político con Estados Unidos. En ese cruce, dice, el español opera como “resistencia” frente al nuevo poder colonizador. Aunque esa resistencia no implique idealizar el pasado.
Bárbara Barreiro insiste en que es una cuestión compleja, porque el colonialismo español en Hispanoamérica dejó también pérdida cultural y violencia, y no conviene convertirlo en mito amable. Pero, tras siglos de dominación, buena parte de las lenguas indígenas quedaron erosionadas o desaparecieron, lo que dificulta su recuperación plena.

Cuando Puerto Rico pasó a la órbita estadounidense, la imposición del inglés se intentó desde el inicio y generó rechazo. Ahí el español se volvió, con el tiempo, una bandera cotidiana.
Bad Bunny, en esa interpretación, juega con un símbolo vivo: una lengua que no es pura ni estática, sino mezcla, fricción y transformación. Bárbara Barreiro subraya además que el lenguaje evoluciona, se contamina y se reinventa, y que esa hibridez forma parte de su riqueza, incluso cuando nace de una historia desigual.
La cultura pop como aula y como campo de batalla
Que Bad Bunny haya elegido el mayor escaparate pop estadounidense para colocar a Puerto Rico en el centro no es un gesto neutral. Para Bárbara Barreiro, la cultura popular tiene capacidad de construir memoria y comunidad precisamente porque entra donde la pedagogía oficial no llega: en el entretenimiento, en la emoción, en el algoritmo. Y por eso genera resistencias tan viscerales.
El resultado es un choque de expectativas. Quien esperaba un show “para todos” se encontró con un discurso que pide contexto, y quien vio su identidad puesta en escena lo vivió como reconocimiento. Con Bad Bunny, el espectáculo se volvió conversación global. Y la polémica —con razón o sin ella— terminó confirmando el punto de partida: a veces, la música también discute el poder.
