Iconos

Diez años sin David Bowie, el hombre que cayó a la tierra

De Ziggy Stardust a Blackstar, una obra que sigue marcando época

'Ziggy Stardust', el disco que consolidó la fama de David Bowie

El 10 de enero de 2016 el mundo amaneció un poco más silencioso. David Bowie había muerto a los 69 años, apenas dos días después de publicar Blackstar, una coincidencia que dejó de parecer casualidad. Diez años después, el hombre que cayó a la tierra continúa apareciendo en todas partes: en la música, en la moda, en la forma de entender el arte o en la idea de que un artista puede cambiar de piel sin romperse.

Hablar de él es recorrer un mapa cultural de más de cuatro décadas. Porque David Bowie fue muchas cosas antes de ser “David Bowie”. Los años 60 fueron su laboratorio. Probó estilos, personajes, registros.., buscó su voz entre el folk, el pop psicodélico y la experimentación, hasta que en 1969 Space Oddity lo lanzó al espacio simbólico del que nunca regresaría del todo.

‘Ziggy Stardust’

En 1972 Bowie entró en su primera gran combustión creativa, Ziggy Stardust. No solo era un personaje; era un sistema completo de música, estética, provocación y narrativa. Con Ziggy y lo que vino después (Aladdin Sane, Halloween Jack, el Duque Blanco) abrió un territorio en el que el escenario era parte del mensaje.

Después llegó el giro: Estados Unidos, el soul filtrado por su mirada (Young Americans), la oscuridad de Station to Station, y más tarde Berlín junto a Brian Eno y Tony Visconti: Low, Heroes, Lodger. Ahí Bowie afinó lo que muchos artistas perseguirían durante décadas, emoción y vanguardia en el mismo plano.

En los 80 se convirtió en fenómeno global. En los 90 volvió a incomodar, a experimentar, a mezclarse con la electrónica, el industrial, el drum’n’bass. Y en los 2000 fue destilando una elegancia cada vez más sobria, hasta retirarse del directo y aparecer solo cuando tenía algo que decir. Desaparecer también fue una decisión artística.

David Bowie

Conciertos icónicos

Bowie entendió pronto que el directo podía ser una extensión del personaje. Pocos momentos representan mejor ese impacto que el último concierto de Ziggy en el Hammersmith Odeon (1973), cuando anunció, delante del público, que era “el último show” (el shock no fue solo por la frase, sino por lo que implicaba: cortar un mito en pleno auge).

En los 80, la gira Serious Moonlight consolidó su dimensión de estrella mundial con un setlist lleno de himnos, una banda afilada y su puesta en escena diseñada para estadios.

El Glass Spider Tour llevó el espectáculo a una escala casi teatral, con narrativa y escenografía ambiciosa. Para muchos fue excesivo; visto con perspectiva, anticipó una era en la que el pop se pensaría como show total. Y luego, el silencio: tras 2006, no hubo más giras. La decisión reforzó su aura y desaparecer fue otra forma de control artístico.

El efecto Bowie

Bowie era un entrevistado excelente porque pensaba rápido y evitaba el cliché. Habló de identidad, deseo y fama con una franqueza rara para su época. También señaló las tensiones del negocio musical y la desigualdad en los medios. Su cara a cara con MTV por la falta de artistas negros se volvió un documento cultural. No acusaba, incomodaba preguntando.

Y está aquella entrevista donde habló de Internet como una fuerza que iba a cambiar la relación entre creadores y público. Habló de pérdida de control, fronteras borrosas y nuevas formas de participación. Con el tiempo, su lectura encaja demasiado bien con lo que llegó después (IA y con ella redes, streaming, cultura del remix, etc). Y entendió antes que muchos que el futuro no iba de dominar la tecnología, sino de aprender a convivir con ella.

El efecto Bowie se mide por contagio. Pop que acepta lo extraño. Rock que se mezcla con electrónica sin complejos. Estética como parte del mensaje. Y una obra que sigue generando lecturas nuevas sin necesidad de aniversarios.

Don’t call him my late husband. He is my husband. (“No lo llaméis mi difunto marido. Es mi marido”), declaró tras su muerte su viuda, la modelo Iman. Diez años después, su ausencia todavía tiene volumen.

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