Hace poco escuché en un podcast una idea que me voló la cabeza, como dicen ahora. Todo movimiento político que triunfa deja de ser oposición para convertirse en estructura. Y cuando una causa se torna estructura corre el riesgo de volverse rígida y tender a protegerse. Dejar de discutir, de hacer autocrítica, para empezar a vigilar. Cambiar la pregunta por el veredicto. Ahí es cuando algo que nació para abrir la vida puede empezar a estrecharla.
Me interesa pensarlo desde el punto de vista del feminismo porque ha sido y sigue siendo, no solo un movimiento político sino de cambio real y necesario en la sociedad. Pero también porque en estos tiempos convivimos con una contradicción inquietante: hablamos de libertad más que nunca y, sin embargo, cada vez nos cuesta más respirar dentro de ciertas expectativas. El filósofo Byung-Chul Han lo formula con dureza: somos a un tiempo amos y esclavos. Creemos que somos libres, pero nos hemos convertido en nuestros propios capataces. Somos quienes nos empujamos y quienes obedecemos. Nos azuzamos para ser más productivos, más eficaces, incluso más bellos y deseables; y luego aparece incluso la culpa si estamos cansados.
Esta situación, sobre todo en las mujeres, se torna en un deporte de alto riesgo. Porque a la jornada laboral se le suele sumar la logística doméstica, el cuidado de la familia y además la estética— a veces disfrazada de bienestar — como deber más que como placer. Conciliar, rendir, cuidar, gustar. La superwoman como ideal contemporáneo: una figura con agenda perfecta, casa perfecta, cuerpo perfecto, sonrisa perfecta y ahora, además, equilibrio emocional perfecto. Tanta perfección ya huele a estructura.
En redes abundan los tips para conseguirlo. «Si te organizas puedes llegar a todo». ¿Pero qué es «llegar a todo»? ¿Y por qué tendríamos que hacerlo sobre todo las mujeres? No es frecuente ver a los hombres ofreciendo tips en redes en este sentido. Esta misma semana la directora de comunicación digital de este periódico lanzaba en una red social esta pregunta ¿queremos las mujeres «llegar a todo»? Recojo el guante y respondo como ella: nogracias. Ya está bien. El éxito femenino que nos venden se ha vuelto una lista interminable que nos esclaviza una vez más. Los malabares entre la productividad laboral, personal y familiar se convierten muchas veces en una autoexplotación, en aras de seguir un modelo estandarizado. Cuanto más nos pleguemos al sistema, más seremos las nuevas muñecas perfectas. Nos apremian a encajar con el modelo y cuanto más queremos alcanzar su ideal, menos libres somos y más controladas estamos. El «tengo que» se convierte en cadena: trabajo, compra, hijos, gimnasio, casa, vida social, piel luminosa, mente en paz, sorprendentemente. A las mujeres nos interpela por tantos frentes que cuando leemos o escuchamos algo semejante lo primero que nos viene a la cabeza es: ¿cómo lo hace sin caer agotada? Que nos cuente su secreto. La dinámica nos lleva a ser ambiciosas y quererlo todo, cuanto más perfectas, más encajamos. Cuando lo revolucionario sería: elegir. Poner límites.
Quizá una de las conversaciones feministas más urgentes ahora no sea demostrar que podemos con todo sino desmontar la trampa de tener que llegar a todo. Y hablar del cansancio no como fracaso sino como síntoma de que nos quieren siempre disponibles.
La revolución —íntima y pública— también comienza cuando nos proponemos dejar de ser superheroínas tanto en lo profesional como en lo estético y lo doméstico, para ser solamente humanas. Qué reto y qué alivio si lo conseguimos.
