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El reinado púrpura de Gilead: cómo ‘Los testamentos’ utiliza la revolución “young adult” como arma

Gilead ya no necesita imponer el miedo: le basta con educar a sus hijas. 'Los testamentos', la nueva serie de Disney+, transforma la distopía de 'El cuento de la criada' en un inquietante relato generacional donde la rebeldía adolescente se convierte en la grieta más peligrosa del sistema

'Los testamentos' es la secuela de 'El cuento de la criada'
Disney+

Gilead siempre ha estado definida por sus colores: el rojo sangre de las criadas, el verde azulado de las esposas y el marrón apagado de las tías. Pero con el lanzamiento en Disney+ de los tres primeros episodios de Los testamentos, un nuevo tono parece tomar el centro: el vibrante y floreciente púrpura de las “plums”. Esta esperada secuela de El cuento de la criada no se limita a revisitar la pesadilla distópica de Margaret Atwood; todo apunta a que reconfigura la maquinaria de la franquicia hacia un terreno más cercano al thriller juvenil, donde el arma más poderosa contra un totalitarismo no es una bomba, sino algo mucho más inestable: la energía imprevisible de las adolescentes.

Ambientada unos cuatro años después de la caída de Boston al final de la serie original, Los testamentos desplaza la mirada de la supervivencia de quienes recuerdan el “antes” hacia el despertar de quienes no han conocido otra cosa. Si El cuento de la criada funcionaba como un estudio implacable sobre el trauma y la resistencia, esta nueva etapa —de nuevo bajo la supervisión de Bruce Miller— parece apostar por un mundo más luminoso en apariencia, aunque quizás más inquietante en el fondo: una fantasía de tonos pastel, casi cottagecore, donde la violencia no desaparece, sino que se integra en lo cotidiano.

Una jaula dorada para la nueva generación

En el centro de este nuevo ciclo se sitúan dos jóvenes que encarnan las tensiones del futuro del régimen. Por un lado, Agnes MacKenzie (interpretada por la actriz revelación de Una batalla tras otraChase Infiniti), criada dentro del sistema y educada para convertirse en esposa, representa la normalización total de Gilead. Para el espectador, su figura conecta directamente con el pasado de June Osborne (Elisabeth Moss), pero dentro de la ficción su identidad está completamente reconfigurada: no hay memoria, solo un relato impuesto.

Su entorno —escuelas para esposas, rituales sociales aparentemente inofensivos, una estética cuidada hasta el extremo— dibuja una forma de control más sofisticada. Aquí el horror no es explícito, sino estructural: un sistema que no necesita imponerse por la fuerza constante porque ya ha moldeado la percepción de quienes viven dentro de él.

‘Los testamentos’
Disney+

El catalizador: una grieta en el sistema

Frente a esa aparente estabilidad, emerge una figura externa que introduce la duda. Daisy (Lucy Halliday), llegada desde fuera de Gilead, funciona como catalizador narrativo: alguien que no solo cuestiona las reglas, sino que obliga a quienes han crecido dentro a mirarlas por primera vez con distancia.

Más allá de los detalles argumentales, lo relevante es lo que su presencia sugiere: que el conflicto ya no se sirve juega solo en la resistencia frontal, sino en algo más sutil y quizá más peligroso para el sistema: la posibilidad de que sus propias hijas dejen de creer en él.

Tía Lydia y el poder desde dentro

El regreso de Ann Dowd como Tía Lydia refuerza esa grieta interna. Lejos de ser solo una ejecutora del régimen, su posición parece moverse ahora en una zona más ambigua, donde la lealtad y la duda conviven.

Todo indica que la serie profundiza en esa ambivalencia: una figura que opera dentro del sistema, pero cuya mirada ya no es completamente alineada con él. En ese espacio intermedio es donde la narrativa puede encontrar una de sus tensiones más interesantes.

Chase Infiniti y Lucy Halliday en ‘Los testamentos’
Disney+

El ancla: el retorno de June

Aunque Los testamentos se presenta como un relevo generacional, no rompe del todo con su origen. June Osborne sigue presente —aunque en un rol más periférico— como vínculo entre la historia anterior y esta nueva etapa.

Su aparición no parece buscar protagonismo, sino funcionar como recordatorio: Gilead no empezó con estas jóvenes, pero puede terminar con ellas.

Una evolución necesaria para 2026

Uno de los movimientos más significativos de la serie parece ser su alejamiento del tono más asfixiante que marcó algunos tramos de El cuento de la criada. Al incorporar elementos propios del relato “young adult” —amistad, descubrimiento, tensiones emocionales—, Los testamentos abre una vía distinta para explorar los mismos temas: el control, la violencia estructural y la resistencia.

No se trata tanto de suavizar el error como de desplazarlo. Ya no está solo en el castigo, sino en la normalización.

Ahí es donde la serie encuentra su idea más potente: el verdadero peligro de Gilead no es su brutalidad, sino su capacidad para parecer un lugar habitable.

Si El cuento de la criada nos enseñó a temer ese mundo, Los testamentos parece apuntar hacia algo más incómodo: qué ocurre cuando quienes han crecido dentro empiezan a preguntarse si realmente quieren salir de él.

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