Euphrasie Kouassi Yao habla despacio, pero con una convicción que no necesita elevar la voz. Lleva más de tres décadas trabajando para que las mujeres ocupen espacios de decisión en Costa de Marfil, primero como docente, después como ministra y hoy como asesora del presidente en materia de género. Su trayectoria, marcada por una sucesión de cargos pioneros, le ha valido el Premio Harambee 2026 a la Promoción e Igualdad de la Mujer Africana, un reconocimiento a una vida dedicada a demostrar que la igualdad no es solo una cuestión de justicia, sino una condición para la paz.
Recibe el galardón en Madrid con la naturalidad de quien está acostumbrada a moverse entre instituciones internacionales, ministerios y comunidades rurales. “Las mujeres impulsan la transformación social, la paz y el desarrollo sostenible”, repite, como una idea que ha comprobado en el terreno más que en los discursos. No habla de teoría, sino de programas concretos, de leyes, de escuelas, de aldeas donde la convivencia ha cambiado cuando las mujeres han empezado a participar en las decisiones.
Su biografía está llena de primeras veces. Fue la primera mujer de Costa de Marfil en ocupar una Cátedra UNESCO, ha sido ministra de Promoción de la Mujer, la Familia y la Protección a la Infancia y actualmente es consejera presidencial en cuestiones de género. Hace apenas unas semanas fue nombrada Embajadora Mundial para la Paz, un título que resume el hilo conductor de toda su carrera: vincular el desarrollo de las mujeres con la estabilidad de las comunidades.
Ese enfoque nació, según cuenta, de una pregunta sencilla. Cuando trabajaba como maestra en un colegio de chicas, veía alumnas brillantes que desaparecían al salir de la escuela. “Miraba la sociedad y pensaba: ¿dónde están? No veía mujeres en las grandes instituciones”. Aquella inquietud la llevó a descubrir el llamado enfoque de género y desarrollo, que define como una herramienta para corregir desigualdades sociales y culturales sin romper el equilibrio de la comunidad.
Desde entonces, su trabajo ha consistido en convencer a gobiernos, empresas y líderes locales de que la igualdad no es un problema ideológico, sino una cuestión práctica. “Mi estrategia siempre ha sido la misma: formar a las mujeres, crear leyes que las respalden y educar a toda la comunidad. Si no se hacen las tres cosas, nada cambia”, explica.
Uno de los proyectos que mejor resume esa filosofía es el Compendio de Competencias de las Mujeres de Costa de Marfil (COCOFCI), una red que reúne a más de 19.000 mujeres de distintos ámbitos para facilitar su acceso a puestos de responsabilidad. El programa, reconocido por Naciones Unidas como uno de los más eficaces del continente, trabaja con perfiles muy distintos: jóvenes sin experiencia, líderes rurales, profesionales altamente cualificadas y mujeres de la diáspora que regresan al país. “No faltan talento ni voluntad”, insiste. “Lo que falta muchas veces es confianza y oportunidad”.
Su manera de hablar de feminismo sorprende a quienes esperan un discurso más confrontativo. Kouassi Yao repite que su lucha no está dirigida contra los hombres. “Nuestra acción se hace con ellos, no contra ellos. Si excluimos a la mitad de la sociedad, no habrá paz”, afirma. Defiende lo que llama una “masculinidad positiva”, una idea que ha aplicado en programas de formación para líderes políticos, militares y empresarios. En su experiencia, dice, cuando los resultados llegan, las resistencias desaparecen. “Los hombres aceptan trabajar con nosotras porque ven que hablamos de desarrollo y de soluciones”.
Esa convicción se ha puesto a prueba en contextos especialmente difíciles. Tras la aprobación de la resolución 1325 de Naciones Unidas, que reconoce el papel de las mujeres en la prevención y resolución de conflictos, diseñó un plan nacional para aplicarla en Costa de Marfil. De ese trabajo nació el programa CREA-PAIX, con el que se han formado mujeres en regiones donde los enfrentamientos comunitarios eran habituales. En algunos casos, asegura, han sido ellas quienes han conseguido acuerdos que durante años parecían imposibles. “Las guerras hoy son cada vez más comunitarias, y en la comunidad las mujeres tienen un papel esencial. Si no las incluimos, el conflicto vuelve”.
Su discurso mezcla realismo y esperanza. Reconoce que todavía existen resistencias culturales, que las leyes de paridad no siempre se aplican y que la violencia contra las mujeres sigue siendo un problema, pero insiste en que el cambio ya es visible. En su país, explica, la presencia femenina en cargos públicos ha crecido de forma notable y las niñas encuentran cada vez más referentes. “Antes muchas mujeres no se atrevían a estar en la vida pública. Hoy ocupan espacios sin remordimientos”.
El Premio Harambee que acaba de recibir financiará nuevos proyectos de mentoría para emprendedoras rurales y programas educativos para estudiantes de secundaria. No es un gesto simbólico, sino una continuación de un método que ha repetido durante años: formar, acompañar y crear redes. Para Kouassi Yao, la paz no se construye solo con acuerdos políticos, sino con cambios cotidianos que empiezan en la familia, en la escuela o en una pequeña comunidad.
Antes de despedirse, vuelve a la idea que atraviesa toda su trayectoria. No la formula como consigna, sino como una conclusión a la que ha llegado después de décadas de trabajo. “Mientras no unamos mujeres y desarrollo, estaremos siempre en riesgo de conflicto. Cuando las mujeres participan, la sociedad encuentra equilibrio”.
