Redacción en serie

He visto ‘Machos Alfa’ y esto es lo que he aprendido

Llegué a esta serie de Netflix buscando nada más que distracción. La encontré, pero además alguna reflexión que me hizo darme cuenta de mis propios problemas

Muchos de los lectores coincidiréis conmigo en la sensación de saturación informativa con la que hemos empezado este 2026. Guerras, elecciones, competiciones deportivas, premios de cine… A los periodistas nos encanta estar al quite de todo, pero debo reconocer que este año está pudiendo conmigo. Ante esta situación, decidí emprender un proyecto que me había echado para atrás durante mucho tiempo: ver Machos Alfa. La serie de Netflix, que hace poco estrenó nueva temporada, no se ajusta al tipo de series que me gusta devorarme en maratón, como el Caballero de los Siete Reinos, que estoy esperando a una semana en la que Trump esté tranquilo para hincarle el diente. Sin embargo, después de estar todo el día entre Irán y Moncloa, me pareció un plan perfecto para sentarse tranquilamente a cenar y, con un poco de suerte, echarse unas risas.

Para los que no la hayáis visto, la serie es lo que promete: una concatenación de clichés y exageraciones, algunas con más fortuna que otras, en una sitcom pensada para caricaturizar la sociedad contemporánea. Cumple su función de entretener, sin llegar a entusiasmar, mientras trata temas como las relaciones abiertas, la masculinidad tóxica o las infidelidades en el matrimonio.

Machos Alfa, la serie española de moda en Netflix
@NetflixES

Sus protagonistas son cuatro hombres heterosexuales de mediana edad a los que los nuevos tiempos les ha pillado a contrapié. También a sus mujeres, pero la trama se centra sobre todo en las desventuras de este cuarteto de desgraciados. Ninguno de ellos resulta creíble por el exceso de caricaturización de la serie, pero sí que hay detalles que, por lo menos a mí, me hicieron pensar: “yo soy igual de estúpido”.

De entre todos, el que más me llamó la atención fue Pedro, interpretado por Fernando Gil. Pedro es un hombre de éxito, con un buen empleo, una novia que le quiere, una casa grande y unos amigos para jugar al pádel los jueves. Todo va sobre ruedas, es un triunfador. Pero un día, pierde su empleo y su mundo se viene abajo. Siente vergüenza ante sus padres porque piensa que es una decepción. Hace entrevistas pero nada. Y lo peor de todo, su novia, que antes no trabajaba y se quedaba cuidando la casa, decide tomar las riendas y se pone a trabajar (de influencer, una hipérbole situacional que no tomaré en cuenta para mi reflexión) para asegurarse de que entre dinero en la casa.

Pedro no soporta que sea su novia la que le mantenga, que dependa de ella, que no sea él quien lleva los pantalones. Viendo a Pedro carcomerse por no ser el hombre de éxito que debía ser pensé en todas las veces que he tropezado y he decepcionado a los de mi alrededor. Pensé mucho en esa palabra, decepción. Siempre he sido muy exigente conmigo mismo y me he comido la cabeza muchas veces con decisiones que no tomaría de nuevo si pudiera volver atrás. Un contexto que debéis saber es que dentro de unos meses me casaré con el objetivo de formar una familia algún día. En mi cerebro, el riesgo de decepción se multiplica por segundos. Y si, como Pedro, me quedo sin trabajo y tiene que mantenerme mi mujer. Y si ella tiene problemas y no soy capaz de ayudarla. Y si me convierto en un lastre.

Pedro es incapaz de lidiar con esa circunstancia, lo que desemboca en un sinfín de situaciones en las que me vi más o menos reflejado. Tengo una hermana pequeña y en mi cabeza siempre ha estado la idea de que debo cuidarla. Lo mismo me pasa ahora con mi novia (futura esposa si no estalla la III antes de verano). Me es inevitable pensar que tengo que ser yo el que debe estar a su lado cuando tiene un problema, ayudarla y apoyarla. Tengo que ser su roca. Sin embargo, cuando el problema lo tengo yo, me cuesta pedir ayuda, abrirme a explicar lo que me pasa, más que nada por la sensación de estar causando un problema a la otra persona. Un problema que no es suyo sino mío y debo ser yo quién lo solucione.

No necesito ver Machos Alfa para darme cuenta de que mi comportamiento forma parte de una masculinidad tóxica adquirida durante años. Pero verlo en Pedro me hizo pensar mucho en el marido que quiero ser. Y, sobre todo, en lo idiota que soy a veces. Igual yo también necesito un curso de masculinidad tóxica.

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