Arquitectura

Gran Vía: ¿qué hemos hecho con nuestro Broadway castizo?

De los cines de infancia al luminoso de Schweppes, recorremos la Gran Vía a través de sus recuerdos y de las historias que hicieron de la avenida un escenario de la modernidad madrileña

Gran Vía: ¿qué hemos hecho con nuestro Broadway castizo?
Gran Vía: ¿qué hemos hecho con nuestro Broadway castizo?

De pequeña, mi madre nos llevaba a mi hermano y a mí a ver películas del Oeste. Su actor favorito era Clint Eastwood. El mío también. En eso siempre estuvimos de acuerdo.

También nos llevó a ver The Blues Brothers (1980) al Palacio de la Música. Allí descubrí a Aretha Franklin. Entré a ver una película y salí bailando “Think”. Mi madre nos enseñaba a mirar el mundo, aunque nosotros creyéramos que íbamos al cine.

Nuestro amor por el cine nació allí en aquella Gran Vía donde cada marquesina prometía un descubrimiento. Sigue intacta esa emoción de entrar en una sala, abandonar mi pequeño mundo y entregarme a otro. ¿A quién descubriré? ¿Adónde viajaré?

En 1995, Álex de la Iglesia dejó a Santiago Segura colgando del luminoso de Schweppes en El día de la bestia. Un año después, Amenábar vació la Gran Vía para rodar Abre los ojos, estrenada en 1997. Eduardo Noriega debía transitar por una avenida desierta mientras, fuera del encuadre, a 100 metros, los madrileños protestaban, mientras esperaban poder pasar: «¡Madrid es de todos!»

La Gran Vía era eso: una aventura inesperada, un mundo de posibilidades. Podías descubrir una voz, enamorarte de un actor o salir de una película mirando tu ciudad de otra manera.

Al preparar el tour Neón Colosal para Schweppes he descubierto la magnitud de lo que tenía delante. Me he sentido abrumada y orgullosa de quienes imaginaron la Gran Vía, la financiaron, la construyeron y trabajaron en ella. Personas que quisieron situar Madrid a la altura de París, Berlín o Nueva York. Agradezco a la marca su apuesta por proyectos culturales que nos permiten volver a nuestros paisajes emocionales y conocer Madrid con la profundidad que merece.

Paseamos por la Gran Vía como si siempre hubiera estado ahí. Pero hubo que imaginarla, abrirle paso y convencer a muchos de que aquella transformación merecía la pena. Uno de sus grandes impulsores fue Nicolás de Peñalver, tres veces alcalde de Madrid, nacido en La Habana cuando Cuba formaba parte de España. Su empeño contribuyó decisivamente a sacar adelante la avenida que hoy nos parece inseparable de la ciudad.

El recorrido descubre historias que encajan, como piezas de un puzzle, en nuestros recuerdos. Un edificio deja de ser solo una fachada cuando conocemos a quienes lo hicieron posible, lo habitaron o encontraron entre sus paredes un lugar para hacer algo nuevo.

La modernidad también llegó a través de los libros, las ideas y la pintura. En el edificio Espasa Calpe, estaban las oficinas de la Revista de Occidente, en la Gran Vía, Maruja Mallo presentó en 1928 una exposición decisiva en su carrera, con el apoyo de Ortega y Gasset. Sus verbenas madrileñas reunían tradición popular y vanguardia: Las fiestas de Madrid modernizadas.

A mediados de la década de los 40, Madrid vivió un contraste fascinante entre las penurias de la posguerra y la sofisticación clandestina de sus locales emblemáticos, donde agentes alemanes, británicos del MI6, misma oficina que James Bond y estadounidenses de la OSS compartían espacio a escasos metros unos de otros en el bar Chicote y en el bar Cock que se conectaban. Tras la Guerra Civil, las influyentes relaciones de Pedro Chicote le permitieron obtener licencias de importación para hacerse con vinos y licores sofisticados, convirtiendo su bar en un refugio exclusivo durante la dura posguerra

Esa voluntad de modernidad también tomó forma en la arquitectura. Enrique Carrión, promotor del edificio del Capitol, nacido en Manila, confió a dos jóvenes arquitectos Luis Martínez-Feduchi y Vicente Eced un edificio que reuniera cine, hotel, apartamentos, oficinas y ocio. La Habana de Peñalver y la Manila de Carrión se encuentran así en una misma avenida.

En el quiebro de la Gran Vía, junto a Callao, los arquitectos levantaron un buque monumental. Su chaflán curvo dibuja una proa y su torre domina la perspectiva. La influencia del expresionismo alemán se percibe también en la importancia de la iluminación.

Y en 1972, el luminoso de Schweppes subió al edificio Carrión. España rondaba el 1 % de paro, la familia Aragón con Gaby, Fofó, Miliki, Fofito regresaba de América y la televisión comenzaba otra etapa, con el estreno de Un, dos, tres y unas emisiones en color que empezaban a adquirir carácter regular. Los payasos pronto nos reunirían ante la pantalla con su «¿Cómo están ustedes?». Dentro de casa y fuera, nuevas imágenes iban formando el paisaje de nuestra infancia. El color se había instalado en nuestras vidas.

Desde entonces, el edificio y su faro nos han acompañado hasta hacerse inseparables en nuestra memoria. Cuando la normativa municipal amenazó los grandes anuncios, Schweppes y Tío Pepe obtuvieron el indulto. Me gusta esa palabra: indulto. Como si aquellos carteles hubieran cometido el delito de acompañarnos demasiados años y Madrid hubiera decidido perdonarlos.

Redescubramos la Gran Vía: sus musicales, sus nuevos hoteles con terrazas, sus clásicos como El Capitol, El Lope de Vega, El Rialto, El Coliseum, sus luces de navidad o tomemos un gin tonic en el Chicote y el Cock. Levantemos la vista, miremos sus edificios y descubramos las historias de quienes los imaginaron, construyeron y habitaron. El espectáculo continúa.

Mi madre nos llevaba al cine y nos abría una ventana al mundo. Volvamos con esa misma curiosidad, a descubrir una historia detrás de una fachada o una vida en la pantalla. Y dejemos que la Gran Vía vuelva a sorprendernos.

*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com