Históricas

Isabel de Portugal, la estratega

Educada para encarnar el poder y llamada a ejercerlo, Isabel de Portugal pasó de ser pieza clave de una alianza dinástica a convertirse en una de las regentes más eficaces del siglo XVI, sostén político, institucional y simbólico del Imperio de Carlos V

Isabel de Portugal, la estratega
Isabel de Portugal, la estratega
Montaje: kiloycuarto

Uno de los pilares de la proyección de los Reyes Católicos fue la articulación de alianzas mediante los matrimonios de sus hijos y, después, de sus nietos. Estos enlaces se concibieron como instrumentos esenciales para tejer una red diplomática que asegurara la continuidad y expansión de su poder. Otro gran acierto fue la elección de reinos aliados, priorizando territorios próximos o potenciales adversarios.

Para la Reina Católica, Portugal ocupaba un lugar central. Hija de madre portuguesa y heredera de una concepción unitaria de la Península Ibérica, entendió esa unión como esencial. Por ello, su hija María de Aragón fue destinada a sellar la prioridad portuguesa dentro del proyecto dinástico. María de Aragón tuvo dos hijos varones y una hija, Isabel. Isabel de Portugal nació en Lisboa en 1503 y, a los catorce años, quedó marcada por la muerte de su madre. Aquella pérdida, unida al peso silencioso de la responsabilidad, la obligó a ocupar un lugar que todavía no le correspondía por edad. Así se inicio tempranamente en el ejercicio del deber, la disciplina y el mando.

Su formación se forjó bajo la tutela de las damas de la corte portuguesa y en el trato con las mujeres más poderosas de su linaje. Recibió una educación humanista de élite. Por mediación de su madre, fue heredera intelectual del pensamiento de Luis Vives y Beatriz Galindo, pilares de la pedagogía humanista del Renacimiento. Se instruyó en latín, en varias lenguas, en ciencias y en música. Dominó instrumentos y disciplinas propias de quien estaba destinada a reinar, aunque no necesariamente a gobernar. Sí estaba llamada, en cambio, a sostener el peso simbólico y moral del poder.

Isabel se convirtió en candidata favorita para casarse con Carlos V, soberano de un imperio sin precedentes del que se decía que nunca se ponía el sol. Era rey de España y de los territorios de ultramar, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, archiduque de Austria, señor de los Países Bajos y duque de Borgoña, además de monarca de grandes reinos italianos. Sin embargo, Carlos seguía soltero y no mostraba una voluntad clara de casarse.

Fue la nobleza castellana la que impuso la necesidad de una unión estratégica con la infanta portuguesa. Isabel reunía todas las cualidades exigidas: hablaba castellano, tenía un carácter grave y prudente que evocaba a su abuela, Isabel la Católica, y encarnaba la estabilidad que reclamaba el Imperio. Ante la insistencia de sus consejeros y sabiendo, por mediación de su hermana Margarita de Austria, que la infanta respondía a las descripciones recibidas, el emperador accedió, no sin reservas, a iniciar las capitulaciones.

Retrato de Isabel de Portugal por Tiziano (1548), Museo del Prado, Madrid
Retrato de Isabel de Portugal por Tiziano (1548), Museo del Prado, Madrid.
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El 11 de marzo de 1526, en Sevilla, Carlos V e Isabel de Portugal sellaron una unión destinada a sostener el peso del Imperio. Al encontrarse con el emperador, Isabel se arrodilló y besó sus manos; él, conmovido, le pidió que se levantara y lo acompañara. Pasaron un tiempo a solas, reservado a la intimidad del primer encuentro, y Carlos quedó profundamente marcado.

Desde Sevilla viajaron a Granada y la estancia se prolongó nueve meses. El emperador, acostumbrado a una vida errante, detuvo allí su marcha. Fue quizá la etapa más estable de su vida, vivida junto a Isabel. Tras esta experiencia, ya no tuvo dudas de que su mujer estaba preparada para gobernar en su ausencia. En mayo de 1527, dio a luz al heredero del Imperio, el futuro Felipe II. Con ello aseguró la continuidad de la dinastía.

Isabel de Portugal gobernó un total de siete años y medio en etapas no consecutivas, entre 1528 y 1538. Fue una de las experiencias más sólidas de gobierno delegado del siglo XVI. En esos años alcanzó logros notables y diseñó una estrategia refinada de comunicación y participación política.

Esa estrategia buscaba fortalecer la autoridad real sin quebrar el equilibrio del poder. Lejos de someterse al control de la nobleza, la desafió con inteligencia. Mediante una constante correspondencia. Así transformó la consulta en un instrumento de gobierno y neutralizó cualquier intento de tutela nobiliaria. Convirtió la gobernación en un verdadero ejercicio de arbitraje real: obligó a los nobles a recurrir a ella para zanjar sus disputas. Se colocó en el centro del conflicto y del consenso.

Escultura de la Emperatriz y Reina Isabel de Portugal, ubicada en la calle 5 de Mayo, en el centro histórico de la ciudad de Puebla de los Ángeles, México.
Escultura de la Emperatriz y Reina Isabel de Portugal, ubicada en la calle 5 de Mayo, en el centro histórico de la ciudad de Puebla de los Ángeles, México.
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Cada apelación reforzaba su autoridad. Cada decisión la afianzaba como garantía del orden y de la justicia. De este modo integró a la nobleza en una lealtad cada vez más estrecha al servicio del Estado. Participó también en la proyección ultramarina de la monarquía, firmó la capitulación que permitió a Francisco Pizarro la conquista y gobernación de Perú. Aseguró, además, la continuidad de la dinastía de los Habsburgo formando a sus hijos —incluido el heredero— en España.

Todo esto sucedió en un momento decisivo de articulación política de la monarquía hispánica. En ese contexto, sus gobernaciones no sólo garantizaron la continuidad del poder en ausencia del emperador. También se convirtieron en una pieza central sobre la que descansó la estabilidad del Imperio.La relación entre Isabel de Portugal y Carlos V estuvo marcada por una profunda complicidad, una unión firme y una admiración recíproca poco común entre soberanos. Durante los numerosos viajes del emperador, se escribieron ciento catorce cartas. Testimonio de un vínculo.

Isabel murió dando a luz; el emperador no llegó a tiempo. Tras su muerte, en 1539, Carlos V se retiró a un monasterio y permaneció un mes en silencio y aislamiento, vencido por el dolor.

Durante años, Isabel gobernó como verdadero alter ego del emperador. Ejerció el poder con talento natural, con una estrategia lúcida y con una firme visión de Estado. Dejó tres hijos y un heredero destinado a reinar. Quienes aconsejaron aquella unión no se equivocaron: en Isabel de Portugal, el Imperio encontró uno de sus pilares más sólidos de estabilidad y continuidad.