La crítica ★★★★☆

‘La bola negra’: una reivindicación épica y deslumbrante de la identidad queer

Javier Calvo y Javier Ambrossi convierten el manuscrito inacabado de Federico García Lorca en una ambiciosa epopeya queer sobre memoria, deseo y vidas silenciadas

'La bola negra': una reivindicación épica y deslumbrante de la identidad queer
'La bola negra': una reivindicación épica y deslumbrante de la identidad queer
Montaje: kiloycuarto

Cuando fue ejecutado en 1936, Federico García Lorca dejó escritas cuatro páginas de la que iba a ser la primera de sus obras protagonizada por un personaje explícitamente homosexual, y que iba a titularse La bola negra, y ahora aquel manuscrito inacabado sirve de base para el hilo conductor que atraviesa esta película excepcionalmente audaz y ambiciosa. Basándose también en La piedra oscura, pieza teatral de Alberto Conejero centrada en la relación entre el poeta granadino y el futbolista, actor y posteriormente soldado Rafael Rodríguez Rapún, el segundo largometraje de Javier Ambrossi y Javier Calvo es una epopeya que se proyecta en todas direcciones a partir de aquel texto incompleto, adentrándose tanto en el pasado como en el futuro e interesada simultáneamente en qué podría haber contado el resto de la obra, qué la motivó en primer lugar, cómo llegó a perderse, por qué fue encontrada y cómo conecta a varios personajes.

Es una obra llena de aspiraciones conceptuales, que da fe de la importancia de recuperar y explorar no solo el arte y las voces perdidas sino también a las personas desaparecidas de la memoria, muchas de las cuales tuvieron que enterrar y reprimir aspectos de sus identidades. Si bien sus méritos no llegan a estar a la altura ni de sus mastodónticas ambiciones ni de las expectativas creadas a su alrededor a estas alturas, es un trabajo imponente y arrollador.

‘La bola negra’ de Javier Calvo y Javier Ambrossi
Elastica Films

Entre sus mayores logros cabe destacar la claridad narrativa que exhibe pese a presentar una estructura que podría resultar enrevesada. La película cambia intermitentemente de perspectiva entre tres personajes principales, todos ellos homosexuales o en proceso de descubrir su homosexualidad: Sebastián, un aspirante a músico que se ve obligado a unirse al bando insurrecto durante la Guerra Civil después de que su pueblo natal sea bombardeado por quienes se suponía que eran aliados, y que inicia un romance imposible con un soldado republicano herido; Carlos, un joven gay que mantiene su sexualidad en secreto en 1932 y que duda sobre qué hacer ante el rechazo a su ingreso en el club de casino de la alta sociedad al que su padre pertenece —es en el contexto de su historia donde la bola negra del título funciona como marcada metáfora visual del repudio a lo queer y como símbolo de represión—; y Alberto, un dramaturgo e historiador en crisis que en 2017 mantiene constantes disputas con su problemática madre, especialmente a raíz de la repentina noticia de que su abuelo acaba de morir y le ha dejado un testamento.

Mientras hace avanzar estas líneas narrativas, La bola negra resulta se recrea en el retrato de lugares, épocas y personajes, y se demora quizás en exceso mientras presenta esos escenarios, dinámicas e historias antes de llegar al núcleo de la narración. Entretanto, eso sí, en todo momento ofrece una experiencia visual impactante a través de un surtido de imágenes y escenas deslumbrantes: una en la que Sebastián trepa sobre un montón de escombros de mármol y estatuas; un baile hipnótico y febril protagonizado por Carlos; un pueblo masacrado por un bombardeo aéreo; o una secuencia en la que Penélope Cruz canta un cuplé y amenaza con robar la totalidad de la película.

En su último tramo, durante el cual mantiene un montaje paralelo entre distintos periodos y revela el alcance de su densidad y su amplitud de miras, La bola negra atrapa al espectador con cada momento y cada palabra. Es entonces, además, cuando confirma con convicción que no es solo una tragedia ambientada en una España convulsa y una reflexión sobre cómo el pasado se transforma en traumas intergeneracionales, sino también un recordatorio de las posibilidades que encierran aquellas vidas del pasado que la historia todavía no ha logrado desentrañar por completo, y de que aquello que permaneció oculto debería salir a la luz o encontrar un cierre del mismo modo que las sexualidades merecen poder vivirse abiertamente. Es una obra que amplía y reinterpreta una historia grandiosa a partir de hechos e imaginación, y una película tan deslumbrante en el plano formal como rotunda en el emocional.