La semana pasada, la Terminal Warehouse de Manhattan se transformó en una escena propia de la Semana de la Moda de Nueva York. Meta había reunido allí a parte de la élite de la industria para presentar su última colaboración: una línea de gafas inteligentes con inteligencia artificial codiseñadas por Kylie Jenner. El evento, presentado por la vicepresidenta de Meta, Eva Chen, contó con nombres como Law Roach y Timothée Chalamet, que coincidieron con Mark Zuckerberg en un intento evidente de presentar las gafas inteligentes como el próximo accesorio de moda imprescindible.
Para Zuckerberg, la estrategia parece clara: apoyarse en figuras capaces de marcar tendencia para que las gafas con IA dejen de percibirse como un objeto de nicho tecnológico y entren en el territorio del deseo mainstream. La colaboración con Jenner, que incluye también la posibilidad de incorporar su voz al asistente del dispositivo, refuerza esa operación: hacer que la inteligencia artificial resulte menos extraña, más aspiracional y más cercana al lenguaje de la celebridad.
Sin embargo, lejos de los flashes de Manhattan, la misma tecnología está empezando a generar una inquietud muy distinta. Una investigación ha revelado que cada vez más agentes de inmigración de Estados Unidos —incluidos miembros de ICE y de la Patrulla Fronteriza— estarían utilizando gafas inteligentes personales de Meta para vigilar a comunidades migrantes y manifestantes. Según esas informaciones, se ha visto a agentes con estos dispositivos durante operaciones en al menos seis estados, entre ellos Illinois, Minnesota y Nueva Jersey.
Aunque el Departamento de Seguridad Nacional estadounidense sostiene que sus agentes no están autorizados a grabar con dispositivos personales, las imágenes conocidas apuntan a otra dirección. En Evanston, Illinois, varios manifestantes habrían sido grabados por agentes que llevaban gafas Ray-Ban Meta, equipadas con cámaras de alta definición e inteligencia artificial activada por voz, capaz de analizar el entorno en tiempo real.
Críticos como Patrick G. Eddington, del Instituto Cato, advierten de que este tipo de grabaciones no declaradas permitiría al Gobierno recopilar datos de ciudadanos que ejercen derechos protegidos por la Primera Enmienda, con el riesgo de alimentar bases de datos asociadas a la vigilancia de supuestos “terroristas domésticos”.
Un peligro para las mujeres
Las preocupaciones sobre privacidad van más allá de la vigilancia estatal. CNN ha informado de una tendencia inquietante entre algunos “manfluencers”: hombres que utilizan gafas inteligentes para grabar a mujeres sin su consentimiento en espacios públicos y convertir esas interacciones en vídeos de “rizz”, un tipo de contenido pensado para exhibir su capacidad de acercarse y ligar con desconocidas.
Una de las víctimas, Toluwa, descubrió que había sido grabada sin permiso en la sala de espera de un aeropuerto y publicada en redes sociales pese a haberse negado. Otra mujer, conocida como Manic Muse, acabó convertida en protagonista involuntaria de un vídeo con más de 20 millones de visualizaciones después de que una interacción aparentemente espontánea en un supermercado resultara ser una escena preparada para la cámara.
Meta insiste en que sus gafas han sido diseñadas pensando en la privacidad. El principal argumento de la compañía es una luz LED blanca que se enciende cuando el dispositivo está grabando. Pero la eficacia de esta medida está siendo cuestionada. Algunos hackers aseguran que la luz puede desactivarse con facilidad y ya se venden pegatinas de terceros para tapar el indicador de privacidad en plataformas como Amazon. Ninguna de las mujeres entrevistadas por CNN en relación con el acoso de estos “manfluencers” afirma haber visto una luz parpadeante durante sus interacciones.
El avance de esta tecnología tampoco puede separarse del clima político actual. La Casa Blanca ha defendido la integración de la inteligencia artificial en la seguridad nacional, mientras Meta ha reforzado sus vínculos con la Administración, incluidas donaciones a la investidura presidencial. Para sus críticos, esta alianza facilita una campaña de intimidación en la que activistas, observadores y ciudadanos son fotografiados, grabados y rastreados con una naturalidad cada vez mayor.
En un caso especialmente inquietante, un agente habría dicho a una mujer que estaba filmando una operación: “Tenemos una bonita base de datos y ahora serás considerada como terrorista doméstica”.
A medida que compañías como Google y Snap preparan sus propias gafas con inteligencia artificial, la industria se enfrenta a un problema de confianza pública. Las monturas diseñadas por Kylie Jenner pueden ofrecer una fachada más sofisticada, pero para muchas personas estos dispositivos representan una amenaza al derecho a existir libremente en espacios públicos sin ser grabadas, analizadas o convertidas en contenido.
Para voces como la veterana militar Liz Myers, entrevistada por The Independent, ver a agentes federales utilizando estas gafas supone una violación directa de la Constitución que juraron defender.
Está por ver si la colaboración con Kylie Jenner logrará convertir las gafas con IA en un accesorio realmente deseable. Mientras esta tecnología siga asociada al capitalismo de la vigilancia, al control estatal y a la grabación de personas sin su consentimiento, sus promotores tendrán difícil venderla solo como moda.
No es casual que una usuaria las definiera en redes como “cybertrucks para el rostro”, en referencia al vehículo de Tesla convertido en emblema de una cierta cultura tecnológica: futurista, cara, agresiva y más pendiente del impacto que de sus consecuencias. Para una parte cada vez más ruidosa de la opinión pública, las gafas inteligentes de Meta no son todavía el futuro de la moda, sino una nueva forma de mirar sin pedir permiso.

