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El triunfo de las discotecas sin móviles (la noche no cabe en Instagram)

En un número creciente de clubes en Europa y Estados Unidos, el teléfono deja de ser una extensión del cuerpo para convertirse en un objeto prescindible, incluso indeseado

La música avanza y la pista se llena, pero algo rompe con la escena habitual de la noche contemporánea. Nadie está grabando. No hay pantallas levantadas, ni flashes improvisados, ni la coreografía conocida de quien baila a la vez que se observa en el reflejo del móvil. El móvil se guarda en el bolsillo, se sella en una funda o, sencillamente, se queda fuera. La consigna es clara, aquí no se documenta nada.

Durante años, la cultura nocturna se transformó en un escenario más del ecosistema digital. Salir de fiesta dejó de ser solo una experiencia compartida para convertirse también en materia prima de contenido. Vídeos cortos, historias efímeras, pruebas visuales de que se estuvo allí. La noche como archivo. La pista de baile como plató. En ese contexto, la aparición de discotecas “phone-free” no es un gesto anecdótico ni una excentricidad elitista, sino una reacción cultural a una forma de socialización saturada de vigilancia blanda, autoexposición y performance constante.

Medios internacionales como The Guardian o The New York Times han descrito estos espacios como pequeños laboratorios sociales donde se ensaya algo que parece cada vez más escaso, la posibilidad de desaparecer del ojo público sin desaparecer del mundo. Clubes como Berghain en Berlín, con su histórica prohibición de fotografías, o salas más recientes en ciudades como Manchester, Londres o Nueva York, donde se tapan las cámaras o se retiran los teléfonos al entrar, defienden que la experiencia colectiva cambia radicalmente cuando desaparece la posibilidad de ser grabado.

La discoteca Berghain en Berlín

La ausencia del móvil introduce una sensación que muchos asistentes describen como alivio. Ya no hay que preguntarse cómo se ve uno desde fuera, ni si ese movimiento será ridículo, ni si alguien subirá el momento a una red social sin consentimiento. Se reduce la autoconciencia y, con ella, la ansiedad que acompaña a la exposición permanente. El cuerpo recupera protagonismo frente a la imagen del cuerpo. La experiencia vuelve a ser, ante todo, física.

Este fenómeno conecta con una preocupación más amplia que atraviesa el pensamiento contemporáneo, la crisis de la atención. Autores como Jonathan Crary (crítico de arte, ensayista y profesor en la Universidad de Columbia), en 24/7: Late Capitalism and the Ends of Sleep, describen una cultura donde el tiempo está colonizado por la exigencia constante de conexión, productividad y visibilidad. En ese marco, la noche, tradicionalmente asociada al exceso, al anonimato y a la suspensión de normas, se había convertido también en un espacio optimizado, grabable y rentable en términos de imagen. Prohibir el móvil es, en ese sentido, una forma de interrumpir ese flujo.

También Byung-Chul Han, filósofo, teólogo y ensayista, crítico del capitalismo digital, ha insistido en cómo la sociedad contemporánea ha sustituido la coerción externa por la autoexplotación y la autoexposición voluntaria. En La sociedad de la transparencia, advierte de un mundo donde todo debe mostrarse, comunicarse y compartirse, incluso a costa de la intimidad y del misterio. La pista de baile sin móviles funciona casi como una anomalía dentro de ese sistema, un lugar donde no todo es visible, donde lo que ocurre no se traduce automáticamente en imagen, donde el recuerdo vuelve a depender de la memoria y no del archivo digital.

La discoteca Fabrik en Madrid

En un contexto en el que cualquier gesto puede ser grabado y difundido fuera de su contexto original, muchos espacios nocturnos han empezado a preguntarse por su responsabilidad. La posibilidad de bailar, ligar o simplemente estar sin temor a acabar en un vídeo viral se convierte en un valor añadido. Pero más allá de la privacidad, hay algo casi filosófico en juego y es la relación entre experiencia y testimonio.

Susan Sontag escribió en Sobre la fotografía que fotografiar es, en cierto modo, apropiarse de la experiencia, convertirla en objeto. Décadas después, el teléfono móvil ha radicalizado esa lógica. Ya no solo fotografiamos para recordar, sino para demostrar que estuvimos allí. En ese proceso, la vivencia se desplaza hacia el futuro (hacia la publicación, la reacción, el “me gusta”) y se debilita el presente.

Las discotecas sin móviles invierten ese orden. No hay pruebas. No hay rastro. Esto produce una forma distinta de valor, el de lo irrepetible. Si no lo viste, no lo verás. Si no estuviste, no hay vídeo que lo sustituya. No es casual que esta tendencia dialogue con otros movimientos: clubes offline, retiros digitales, cenas sin teléfonos, festivales que prohíben grabar conciertos. Todos responden a una misma intuición… la sensación de que algo esencial se pierde cuando todo se convierte en contenido.

Teatro Barceló en Madrid

Sherry Turkle, en Alone Together, ya señalaba cómo la tecnología, diseñada para conectarnos, podía terminar empobreciendo la calidad de nuestras relaciones presenciales. La pista de baile sin móviles aparece así como un intento de corregir ese desequilibrio, aunque sea durante unas horas.

Por supuesto, no faltan críticas. Algunos ven en estas políticas una forma de control, una norma impuesta desde arriba que decide cómo debe disfrutarse la noche. Otros señalan su dimensión aspiracional o incluso elitista. No todos los espacios pueden permitirse prescindir del capital simbólico que generan las redes sociales. Sin embargo, quienes defienden estos clubes insisten en que no se trata de prohibir por prohibir, sino de crear un marco distinto, una atmósfera donde la atención no esté fragmentada.

Quizá lo más revelador de esta tendencia no sea su éxito inmediato, sino la pregunta que deja flotando: ¿cuántos espacios nos quedan donde no estemos actuando para una audiencia invisible? Cuando la música termina y la gente sale a la calle, no hay pruebas de lo ocurrido más allá de los cuerpos cansados y la memoria borrosa. Y para muchos, precisamente ahí reside el encanto. En haber estado sin testigos. En haber bailado sin pruebas. En haber estado, durante unas horas, completamente presentes.

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