Generación conectada

Gafas inteligentes y fin del anonimato

Las nuevas gafas inteligentes prometen traducir, grabar, orientar y asistir sin necesidad de sacar el móvil del bolsillo. Pero también abren la puerta a una nueva forma de control social y todo tipo de usos indebidos

En 2025 se vendieron más de 610 millones de wearables. Dentro de ese universo, las gafas inteligentes siguen siendo una pequeña parte, sí, pero con una ambición enorme. No hay cifras oficiales, pero IDC calcula que el mercado XR (realidad extendida) creció un 44% y prevé un crecimiento sostenido hasta 2030, con las smart glasses como principal motor. Las gafas inteligentes ya no son un capricho de early adopters, sino un objeto que integra discretamente en nuestra sociedad.

Del experimento al accesorio cotidiano

Veréis cada vez más gente con esas gafas que parecen normales, pero en realidad no lo son. Quedó lejos el proyecto de Google Glass que, aunque tuvo mucha repercusión mediática, no acabó de despegar. Eso de llevar una pantalla pegada a las retinas tenía sentido, pero la tecnología (aún) no estaba preparada.

Dispositivo de visualización Google Glass

Desde entonces, la industria entendió lo más básico y elemental. El público solo se conquista con unos accesorios cómodos, discretos y fáciles de usar. Quienes compran estas gafas no quieren parecerse a un astronauta del programa Artemis ni llevar una consola pegada a la cara todo el día.

Tienen que ser gafas al uso, sin más, aunque de momento no se pueda navegar propiamente por las aplicaciones o plataformas. Ahí reside el éxito de las Ray-Ban Meta, que combinan cámara, audio abierto y asistente de voz en una montura clásica y reconocible. Pero también existen las Oakley Meta, que siguen la misma filosofía, aunque más orientadas hacia el deporte y la actividad aventurera. En esta carrera estratégica por liderar el mercado de las smart glasses, Zuckerberg (Meta) apostó por colaborar con grandes firmas americanas de gafas. Snap, por su lado, prefirió desarrollar sus propias Specs y lleva varias versiones incorporando herramientas de realidad aumentada e inteligencia artificial.

Por supuesto, en este mercado, los fabricantes chinos tampoco iban a quedarse al margen y Xiaomi, una de sus empresas punteras, ha reforzado la idea de producir gafas cotidianas y discretas, centradas en el audio y el uso diario. Permiten escuchar mensajes sin auriculares, traducir una conversación, recibir indicaciones caminando, sacar fotos o vídeos sin sacar el móvil. Lo tienen casi todo y, además, no cuesta nada llevarlas.

La tecnología ya no se toca, sino que nos habla. Se vuelve también invisible y opaca. Y ahí reside el mayor problema. Cuando un dispositivo electrónico de estas características deja de aparentarlo, baja nuestra capacidad de detección de su uso y de defensa de nuestra privacidad.

Ya no solo se trata de grabar cualquier cosa

En un artículo anterior ya abordé el caso inquietante de un hombre que grababa a las mujeres, cuando hablaba de grabación encubierta y consentimiento ausente. También comenté los problemas que suscita el reconocimiento facial y la pérdida de anonimato que nos va a acompañar en las próximas décadas, ampliando el foco hacia algo aún más serio, la erosión silenciosa de nuestros derechos.

Pero los cambios sociales que provocarán no se quedarán ahí. La siguiente frontera es que dichas gafas ya no captarán imágenes ni registrarán audio. Serán gafas que, conectadas a sistemas de IA, podrán interpretar lo que ven, y llegado el caso, añadir una capa de contexto sobre lugares, rostros y escenas. De hecho, ya son unos cuantos listos los que han usado las gafas conectadas para engañar a los vigilantes de exámenes y sacar notas increíbles en las oposiciones. No es una hipótesis. Ya hay reportes de estudiantes que usan estas gafas como una versión sofisticada de las “chuletas”, hasta el punto de que el College Board americano las tiene prohibidas desde marzo de 2026. Aquí en España, solemos llegar tarde a este tipo de debates y me han llegado rumores sobre el uso recurrente en las aulas de esa trampa clandestina.

Estas gafas inteligentes tienen ventajas reales y usos legítimos, por supuesto. Pueden resultar útiles para mejorar la accesibilidad de personas que lo necesiten, resolver problemas cotidianos, ayudarnos a desplazarnos y reducir nuestra dependencia física y permanente del teléfono. Pero también conllevarán una integración y normalización delicadas. Pueden grabar, registrar y también clasificar, escuchar, procesar y devolvernos una información concreta en unos segundos, aunque sea ajena. Y ahí hay un salto económico, político, social y hasta moral. Ya no es únicamente un gadget cómodo y bonito, es un objeto que observa, analiza y evalúa su entorno. Identifican y reconocen a personas paseando por la calle y la ciudad se convierte en una interfaz interminable. Cualquier escena es potencialmente computable, registrable y recordable.

Nuestro anonimato en entredicho

Ya no se trata de vivir en una película de ciencia ficción de los años 80. Es una señal de alarma que llega desde expertos y organizaciones muy concretas. Esta misma semana, más de 70 grupos de derechos y privacidad pidieron a Meta que no desplegara reconocimiento facial en sus gafas, advirtiendo del riesgo que supondría para cualquier ciudadano. De hecho, varios desarrolladores demostraron a través de vídeos virales cómo, al cruzarse con personas por la calle, descubrían automáticamente quiénes eran con la información disponible en redes y buscadores.

La vigilancia tan omnipresente en todos los países a través de cámaras fijas  podría ahora estar en manos (y ojos) de cualquier persona propietaria de una de esas lentes inteligentes. Al ser más discretas y socialmente aceptadas, serán mucho más difíciles de detectar. EssilorLuxottica, la matriz detrás de marcas tan famosas como Oakley o Ray-Ban, comunicó que las ventas de sus gafas en colaboración con Meta superaron los 7 millones de unidades en 2025. Una cifra que demuestra que ya no se trata de un accesorio para cuatro caprichosos. Son todavía pocos usuarios, pero suelen ser los que marcan las tendencias, los hábitos, los lenguajes y las expectativas.

Una nueva forma de control y de poder

En un mercado en crecimiento aún discreto pero sostenido, la cuestión de fondo es qué ocurrirá cuando una parte de la sociedad empiece a mirar el mundo con una capa extra de inteligencia artificial, mientras la otra siga creyendo, ingenuamente, que solo la están mirando.

Primero aceptamos que el móvil nos conociera demasiado, que lo supiera casi todo de nosotros y que pudiera compartirlo todo. Luego aceptamos que los algoritmos nos tengan controlados y dirigidos. Ahora quizá empiece una fase, más sutil y elegante pero igual de peligrosa, en la que las máquinas dejen de estar detrás de pantallas, sino que terminemos llevando esa tecnología todo el día en la cara.

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