Street Style

Lo mejor y lo peor de la New York Fashion Week 2026: la moda pisa tierra (por fin)

Entre aciertos brillantes y carencias persistentes, Nueva York confirma que la moda vuelve a medir su poder en la calle… y en el negocio

La edición de febrero de 2026 ha sido, quizá sin pretenderlo, una de las más reveladoras de los últimos años. No por su espectacularidad, sino por el cambio de tono. En los pasillos, en los backstages y en las conversaciones entre editores, compradores y diseñadores, la sensación era compartida: la moda está en una fase de reajuste. Después de varias temporadas dominadas por la viralidad, el exceso y la fantasía pensada para Instagram, Nueva York ha optado por un enfoque más reflexivo, más estratégico y, sobre todo, más conectado con la realidad.

Uno de los grandes aciertos ha sido la vuelta a una moda funcional sin perder sofisticación. Muchas colecciones mostraron un equilibrio entre deseo y pragmatismo que la industria llevaba tiempo buscando. Abrigos impecables, sastrería contemporánea, prendas versátiles y una clara vocación comercial dominaron las pasarelas. No se trataba de renunciar a la creatividad, sino de redefinirla. Como señalaba la analista Lauren Sherman durante la semana, “la fantasía solo funciona si la consumidora puede imaginar su vida dentro de ella”. Este cambio no responde únicamente a una cuestión estética: también refleja un contexto económico y social más complejo, donde el lujo debe justificar su valor.

El debut de Rachel Scott al frente de Proenza Schouler fue uno de los momentos más comentados. Su propuesta combinó modernidad, sensibilidad urbana y una elegancia sin artificios que muchos interpretaron como el símbolo de esta nueva etapa. En una industria obsesionada con el impacto inmediato, ver una colección construida desde la coherencia resultó casi revolucionario.

También destacó el regreso de un glamour neoyorquino muy consciente de sí mismo. Michael Kors, celebrando su 45 aniversario, apostó por una puesta en escena clásica y segura, recordando que el lujo americano siempre ha tenido que ver con el estilo de vida antes que con el espectáculo. Tory Burch, por su parte, consolidó su posición como una de las voces más inteligentes del sistema: mezcla de refinamiento, ironía y comercialidad. Anna Sui volvió a demostrar que la nostalgia puede ser una herramienta de identidad y no un refugio creativo.

Pero lo más interesante no estuvo únicamente en los grandes nombres. Esta edición ha reforzado el papel de diseñadores que trabajan desde la autoría y no desde el algoritmo. Firmas como Diotima, Zankov o Fforme ofrecieron propuestas con un lenguaje propio, alejadas del ruido y más cercanas a la construcción de universos. En un momento en el que muchas marcas parecen uniformadas por las tendencias globales, esta singularidad se percibe como un verdadero lujo.

La fantasía no desapareció, pero se volvió selectiva. Diseñadores como Zoe Gustavia Anna Whalen o Meruert Tolegen aportaron teatralidad y experimentación, aunque sin dominar la narrativa general. También se percibió un interés creciente por los tejidos con efectos líquidos, superficies brillantes y texturas sensoriales, vistos en colecciones de Christian Siriano o Elena Velez. Esta fantasía controlada permitió a la semana mantener tensión creativa sin perder credibilidad comercial.

Otro punto fuerte fue el street style. A diferencia de años anteriores, donde el objetivo parecía ser atraer la atención de fotógrafos, esta temporada la calle se sintió más auténtica. El regreso del animal print en clave sofisticada, los abrigos oversize, la estética “mob wife” reinterpretada y la mezcla de básicos con piezas llamativas mostraron una búsqueda de identidad más que de viralidad. En muchos casos, el verdadero laboratorio de tendencias estuvo fuera de las pasarelas.

Sin embargo, la edición también dejó debilidades claras. La inclusividad sigue siendo una asignatura pendiente. Aunque la diversidad ha mejorado respecto a décadas anteriores, el progreso parece haberse ralentizado. La presencia de diferentes cuerpos y perfiles sigue siendo irregular, y muchos expertos señalaron que la diversidad no puede quedarse en un gesto simbólico. La estilista Zerina Akers insistía durante la semana en que la inclusión debe formar parte de la estructura y no solo del discurso.

Otra crítica recurrente fue la falta de riesgo. La necesidad de vender, en un contexto de consumo más prudente, ha llevado a algunas marcas a propuestas excesivamente seguras. La tensión entre creatividad y negocio se ha hecho más visible que nunca. El diseñador Willy Chavarria defendía en entrevistas que la moda debe seguir provocando y posicionándose políticamente. Su reflexión apunta a una pregunta clave: ¿puede la moda sobrevivir si deja de incomodar?

El activismo, que en otras temporadas había sido protagonista, se percibió más diluido. Los mensajes políticos fueron sutiles, casi estratégicos. Para algunos, una señal de madurez; para otros, un síntoma de autocensura. En un momento global marcado por conflictos y cambios sociales, el silencio también es una postura. Finalmente, el espectáculo perdió fuerza. La sobriedad de esta edición dividió opiniones. Para unos, fue elegante y necesaria; para otros, aburrida. Pero quizá esta falta de artificio sea precisamente lo que la industria necesita para redefinirse.

La New York Fashion Week 2026 no ha sido la más deslumbrante, pero sí una de las más honestas. Ha mostrado una moda en transición, que intenta reconciliar emoción y funcionalidad, identidad y mercado, creatividad y realidad. Y ese equilibrio, aunque incómodo, puede ser la base del próximo ciclo. Porque, como decía una editora veterana en los pasillos de Spring Studios, cuando la moda deja de gritar, empieza a pensar.

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