Había expectación. Desde que Maria Arnal cerró su etapa junto a Marcel Bagés —un tándem decisivo en la renovación del folk y la canción de raíz en España— la pregunta era evidente: ¿hacia dónde se movería una artista que ya había tensionado la tradición hasta fundirla con la electrónica? Tres años después, volcados en procesos de investigación tecnológica, instalaciones y trabajos como la banda sonora de Polvo serán —reconocida con el Goya—, Arnal responde con AMA (Atlantic), su primer álbum en solitario. Un disco breve —no llega a la media hora— que, bajo apariencia pop y concisa, esconde un entramado sonoro y conceptual de notable complejidad.
Arnal ha explicado que no quería hacer algo complaciente ni esconderse en duetos ni fórmulas reconocibles. AMA parte de esa premisa: buscar el pop sin renunciar a la experimentación. Y ahí reside su principal virtud. El álbum va al grano, trabaja la síntesis hasta el extremo y ofrece canciones que funcionan como piezas autónomas, pero que dialogan entre sí a través de un eje central: la voz.

No es una voz, sino muchas. La voz física de Arnal —de formación tradicional, afinación limpia y dominio técnico evidente— se replica, se multiplica y se “hiperclona” mediante procesos de inteligencia artificial. El resultado no es un simple efecto estético, sino una arquitectura polifónica que sostiene la mayor parte del disco. La tecnología no viene para sustituir a la artista sino para llevarla a nuevos lugares.
La canción titular, AMA, abre el repertorio con percusiones metalúrgicas y un impulso casi industrial que remite a una declaración de intenciones. “Esta fuerza que me guía ya nunca se irá de mí”, canta en registros altos, en una pieza que funciona como manifiesto. El título es polisémico: ama como verbo, como mujer que ama, como imperativo; pero también como quien toma el mando de su propio arte. Arnal se sitúa al frente de su proyecto, controla su herramienta principal —la voz— y la somete a procesos digitales que no la deshumanizan, sino que la expanden.

El trasfondo personal es decisivo. El disco está dedicado a una prima fallecida por VIH a los 15 años, cuyas iniciales forman precisamente la palabra AMA. Esa memoria íntima se convierte en memoria femenina ampliada, casi cósmica. Carta adopta forma epistolar y dialoga con ese dolor familiar desde un minimalismo de sintetizadores, silbidos y polifonías aéreas. Hay oscuridad y tabú, pero también una voluntad de metabolizar la tragedia en expresión reconstituyente.
En Madrigal, María Arnal se permite un salto temporal fascinante: del Renacimiento al tecno. La pieza —una de las más logradas del conjunto— toma la tradición vocal europea y la injerta en un pulso electrónico contemporáneo. La protagonista vuelve a casa tras una noche de fiesta con música en los cascos, y la canción transmite un “estado interior” que condensa la tesis del disco: emoción filtrada por técnica, vulnerabilidad atravesada por precisión.

La tradición no desaparece. Meua, pieza popular valenciana, y los melismas que recorren varias canciones recuerdan el bagaje de Arnal como intérprete de canto tradicional. Pero aquí ese patrimonio convive con órganos litúrgicos (Tictac), sintetizadores flotantes (Por tus puertas) y juegos rítmicos que incorporan portazos o sonidos inspirados en la música concreta (Pellizco). Todo arreglo parece medido, nada es decorativo.
Sin embargo, cuando concepto y emoción se alinean, el impacto es rotundo. Que me quemen —con ecos de copla en su segunda mitad— logra un equilibrio notable entre imaginario simbólico (brujas, santas, insurrectas) y accesibilidad emocional. Por tus penas resulta sobrecogedora por su melodía desgarrada y su tensión contenida. Tictac explora la dimensión infantil —“ama” es también una de las primeras palabras que pronuncia un bebé—.
María Arnal trabaja los “hooks” pop con claridad, pero los envuelve en capas que exigen escucha atenta. El disco gana cuando se desentraña, cuando se entiende su red de referencias —de Fátima Miranda a Björk, de Holly Herndon a la tradición coral europea— y su diálogo con la tecnología como herramienta creativa y no como fetiche.
La producción de Pau Riutort y Alizzz es clave en ese equilibrio. Ambos aportan desde un segundo plano una consistencia electrónica que sostiene la ambición del proyecto sin saturarlo. AMA respira, no se extiende más de lo necesario y confirma que Arnal ha optado por la condensación antes que por la grandilocuencia.
