Dado el auge de la transfobia en todo el mundo y los intentos de eliminar los derechos de las personas trans derivados de ella, el primer largometraje del chileno Diego Céspedes parece inspirado en recortes de prensa actuales pese a estar ambientado más de cuatro décadas atrás, y funciona como un recordatorio tanto de los efectos nefastos de la ignorancia, el fanatismo y el odio como de la capacidad del amor comunitario para contrarrestarlos. Es una película apasionada y divertida que por momentos coquetea con el absurdo, pero en cada uno de sus planos se percibe una ardiente indignación.
La misteriosa mirada del flamenco combina los motivos del wéstern y los de las telenovelas con los modos fantasiosos propios de los cuentos populares aunque, a medida que desarrolla su premisa, se adentra en el terreno del realismo social sin renunciar por ello a la estilización. Situada en un pequeño pueblo del desierto de Atacama, se centra en una niña llamada Lidia, testigo de la bondad y la crueldad que conviven en un mundo que no comprende. Lidia, descubrimos, fue abandonada poco después de nacer en la puerta de la cantina del lugar, una suerte de cabaret habitado por un grupo de “travestis” -a principios de los 80, recordemos, nadie usaba el término transexual-, y ha sido criada por una carismática drag queen conocida como Flamenco. La niña es acosada por los chicos del vecindario, quienes afirman que su madre y el resto de “pervertidos” de la cantina son responsables de la Plaga, una enfermedad desconocida e incurable que se ha extendido por el pueblo. Asustados e impotentes, sus habitantes creen que los travestis están propagando la Plaga a través de sus ojos, y de sus miradas depredadoras. Una noche, un antiguo amante de Flamenco irrumpe en las celebraciones de la cantina para pedirle que lo libre de esta maldición, la serie de acontecimientos posteriores dejan a Lidia al cuidado de Boa, la dueña de la cantina, que jura protegerla a ella y a las demás chicas de los ataques externos.
En el primer acto de la película, Céspedes retrata a un grupo muy unido de almas afines que viven sin complejos, adoptándose y que forman una red de hijas, madres y hermanas putativas. El director enfatiza la calidez y la vitalidad de ese refugio frente a un paisaje árido y a la hostilidad ciega de los mineros, que tratan a las mujeres como objetos de repulsión durante el día y como objetos de deseo por la noche, y cuyo autodesprecio amenaza en todo momento con generar estallidos de brutalidad; para combatir la estigmatización y el avance de la enfermedad que casi todas padecen, todo lo que esas supervivientes tienen es el apoyo mutuo. Llegado el momento, en cualquier caso, la amenaza de la violencia homófoba se vuelve real y, dominado por el miedo, el pueblo empieza a tomar medidas drásticas contra ellas y sus peligrosas miradas.
El sida nunca se menciona de forma explícita en La misteriosa mirada del flamenco -en los primeros momentos de la epidemia, y en una región altamente aislada, nadie sabía muy bien qué era la enfermedad-, pero la película establece paralelismos de manera no especialmente sutil e incluso llega a caer en una literalidad que resulta decepcionante si se tiene en cuenta el realismo mágico que por otra parte maneja. No es este el único problema que evidencia a lo largo de su metraje. Debido a su errática estructura, por momentos da la sensación de que estira en exceso una premisa escueta con el fin de convertirla en un largometraje, y las dificultades que Céspedes exhibe para encontrar nuevos ángulos de exploración para sus ideas hacen que resulte repetitiva. Sin embargo, esa indefinición narrativa también nos ayuda a sumergirnos en su cautivadora imaginería y sus incursiones ocasionales en lo surreal.
En última instancia, la gran virtud de La misteriosa mirada del flamenco es el equilibrio tonal y dramático que consigue. Es una película sobre los orígenes del odio, pero también sobre las familias improvisadas que pueden surgir como consecuencia de este. Nos habla de los efectos del sida, la homofobia y la transfobia, pero lo hace sin tremendismos y dando protagonismo a momentos de alegría y sororidad -especialmente en escenas como un certamen anual de drags y una animada jornada en una laguna local-, y subrayando la fuerza de la comunidad frente a la injusticia. Y, entretanto, alcanza momentos profundamente conmovedores al examinar la relación simbiótica entre el deseo y la degradación, y la capacidad tanto de amor y ternura como de crueldad y violencia que albergan sus personajes y, por extensión, cada ser humano.


