La primera vocación de Pedro Almodóvar no fue el cine, sino la literatura. Sin embargo, durante décadas, cada vez que el director manchego se sentaba con la intención de escribir una novela, a las cinco o seis páginas la narración acababa convirtiéndose en un guion cinematográfico. Aquel sueño tantas veces aplazado se ha materializado por fin en El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), su primera novela, publicada el pasado 29 de octubre. Durante su presentación en la Casa del Lector de Madrid, en conversación con la escritora Sabina Urraca, Almodóvar recordó sus sucesivos intentos de abordar una narración larga y su costumbre de guardar fragmentos que, años después, encuentran su lugar en otras historias.
El protagonista del libro es Flavio Guijarro, un hombre que ha pasado buena parte de su vida probando distintas profesiones, desde actor y camarero hasta intérprete simultáneo y preparador de actores. Durante un viaje promocional, a diez mil metros de altura, descubre una vocación tardía por la escritura. Pero su entusiasmo no siempre viene acompañado de la capacidad para llevar sus historias hasta el final. Entre bloqueos creativos, nuevas ocupaciones y una relación amorosa con un actor de éxito, Flavio encuentra en sus lecturas una fuente inagotable de inspiración. Su empeño por convertirse en escritor permite a Almodóvar explorar una fascinación que lo ha acompañado toda la vida, aunque el personaje no debe interpretarse necesariamente como un alter ego del cineasta.
Mucho antes de su debut como novelista, la figura del escritor ya aparecía con frecuencia en sus películas. Amanda Gris, la autora de novelas románticas de La flor de mi secreto; Pablo Quintero, el director teatral de La ley del deseo; o Marco Zuluaga, el periodista y escritor de guías de viajes de Hable con ella, son algunos ejemplos. En su cine, los personajes escriben para inventar otras vidas, dar forma a sus deseos o transformar sus experiencias en ficción. Almodóvar tampoco es un recién llegado a la literatura. En 1981 publicó Fuego en las entrañas, una novela corta ilustrada por Javier Mariscal, y una década después reunió las aventuras de su irreverente personaje Patty Diphusa, junto con otros escritos, en Patty Diphusa y otros textos (1991). Más recientemente, en 2023, apareció El último sueño, una recopilación de doce relatos escritos a lo largo de varias décadas en la que convivían recuerdos personales e historias imaginadas. El hombre que solo escribía en los aviones supone, no obstante, su primera novela de largo aliento.
Uno de los aspectos que más interesan al director es la fanfiction, la práctica de prolongar o reimaginar historias creadas por otros autores. Durante la presentación, Almodóvar defendió la pasión de quienes no se resignan a que una ficción termine con su última página o su escena final. Para él, “las historias no terminan nunca”. En la novela, Flavio desarrolla sus propios ejercicios de reescritura a partir de obras que admira. Uno de ellos recupera el universo de Blade Runner para imaginar una sociedad de replicantes domésticos que, entre otras actividades, frecuentan las discotecas españolas. Otro parte de Los papeles de Aspern, de Henry James, e incorpora una historia inspirada en unos pañuelos manchados con la sangre de George Orwell durante la Guerra Civil española. Para Almodóvar, estas apropiaciones no son únicamente un juego literario, sino una forma de expresar el amor que despiertan determinadas obras y el deseo de continuar habitándolas.
Esa relación con las lecturas también determina, según explicó el cineasta, la construcción del libro. La narración incorpora citas, fragmentos, digresiones y homenajes a escritores como Jorge Luis Borges, Clarice Lispector, Susan Sontag y Henry James. Almodóvar reivindicó durante el encuentro una libertad que considera más difícil de ejercer en el cine: la posibilidad de interrumpir una trama para introducir otra historia, cambiar de registro o seguir una asociación inesperada. Si una película corre el riesgo de perder al espectador cuando se aleja demasiado de su argumento principal, la novela le permite explorar esas desviaciones con mayor amplitud. La variedad de materiales responde, en este caso, a las lecturas y obsesiones de Flavio, un personaje que encuentra en las palabras ajenas el impulso para construir las propias.
La relación entre la vida y la ficción ha recorrido buena parte del cine de Almodóvar y vuelve a ocupar un lugar central en su debut como novelista. Durante la presentación, Sabina Urraca sugirió que inventar otras vidas puede ayudarnos a sobrellevar la realidad e incluso a disfrutarla de otra manera. El director compartió esa reflexión, aunque introdujo un matiz: “De vez en cuando, hay que vivir un poquito”, recordó, para poder seguir alimentando a los personajes. Después de décadas convirtiendo vivencias y fantasías en películas, Almodóvar ha encontrado finalmente en la novela otra manera de prolongar su relación con las historias, esas que, como defendió durante el encuentro, nunca tienen por qué terminar del todo.

