Pedro Simón (Madrid, 1971), experto en periferias, alérgico a la vanidad y a la calderilla de la gloria –a la fama, o sea–, se convirtió en un best seller con una “Trilogía de la familia” bellísima y, según cuenta en ‘Artículo14’, de color gris. Su última novela, con la que sigue triunfando como Los Chichos, responde al nombre de Lo inesperado (Espasa, 2026) y, si bien comparte con tus antecesoras la prosa limpia, la trama raptora y la humanidad carnívora habituales en el autor, se manifiesta blanca, mas no exenta de dureza. Grosso modo, sus protagonistas, Luisa y Andrés, son dos ancianos viudos que se enamoran cuanto todo cristo les da por desahuciados socialmente, y que gastan un amor exento de efervescencias y que se manifiesta con “el mero ademán de quitarle a la persona que está delante un pelo que tiene en el jersey”, y decirle después: “Así mejor”. Conversamos en Libertad, 15.

P: ¿Todas las cartas de amor son ridículas?
R: Sí… Esto viene de un poema de Pessoa, escrito bajo uno de sus heterónimos, creo que Ricardo Reis. Lo quise poner para exculparme de lo que pudieran pensar los lectores sobre una historia de amor un poco atrevida, osada. Escribir sobre el amor siempre es ridículo. Sobre todo, cuando vas cumpliendo años. Y escribir sobre el amor en la edad tardía, sobre el amor entre dos personas mayores, es arriesgado porque puedes caer en la ñoñería, en el lugar común, en la caricaturización… Esos versos de Pessoa eran un aserto preventivo.
P: ¿Usted ha escrito alguna carta de amor?
R: He escrito cartas de amor y las guardo en el trastero, con una goma. Las vi hace poco. Son muchas y están dirigidas a Ana. Incluso poemas con versos, ¡puf!, me sonrojo sólo de releerlos, que escribía con dieciséis o diecisiete años. Qué bonito es el amor, pero qué bonito es que dure lo que tiene que durar esa fiebre un poco absurda.
P: ¿Le compra a Ortega eso de que “el enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha y se empobrece”?
R: Sí, posiblemente. Dicho esto, quiero mucho a mi mujer (risas). Es verdad que, con el enamoramiento, como cuestión que tiene que ver, digamos, con la alteración de los medidores biológicos, se hacen cosas absurdas. Es una etapa fascinante que yo vinculo con cosas que empiezan. Eso es bonito, pero lo dejo ahí. Se puede querer de muchas maneras, pero querer de un modo pasional, desenfrenado e irracional me da un poco de vértigo. Yo recuerdo eso que decía Ray Loriga de que, a partir de los cincuenta, preferiría la tranquilidad a la alegría.
P: Lo inesperado no es una novela rosa. ¿De qué color sería?
R: Blanco. La “Trilogía de la familia”, Los ingratos, Los incomprendidos y Los siguientes, eran novelas de color gris. Después de aquellas tres novelas, que hablaban del paso del tiempo como algo que te puede arañar, quería escribir una novela que hablase del tiempo como la posibilidad de un abrazo, de que te toque la lotería en una edad a la que ni juegas. Es una novela blanca no exenta de dureza. Uno siempre escribe desde la gestión del trauma y desde mil pequeños dolores.

P: En esa novela blanca escribe que el amor, quizá, “no sea otra cosa que el mero ademán de quitarle a la persona que está delante un pelo que tiene en el jersey”.
R: Y decirle después: “Así mejor”. Mira, a diario, durante las horas que estamos despiertos, tenemos mil oportunidades de demostrar amor, y el amor se demuestra en cosas muy pequeñas. Me fascina esa gente mayor que se preocupa por la presencia pública del otro, por su aspecto. Que trata de aliñarlo para que esté más hermoso a los ojos del mundo. El amor tiene que ver con cuidar, con acompañar, con saber estar callado y quieto al lado de alguien. Con respetar los espacios de soledad. Yo estoy entrando en ese amor, y ese amor me interesa mucho más que el amor ruidoso, lleno de intercambios, que tiene que ver con la sangre y con los fluidos. Hay que saber gestionar el amor con el paso del tiempo. No todo es follar.
P: Como cantaba Krahe.
R: Claro, “No todo va a ser follar”.
P: “Habrá que intentar cruzar Núñez de Balboa”.
R: Y saltar a la pata coja (Risas). No todo es follar, no todo es algo espídico o joven. Lo joven no siempre es moderno, al igual que lo viejo no siempre es caduco. Es ir reseteando cuál es tu lugar, cómo querer y cómo hacer que te quieran. Yo, por ejemplo, veo muy ridículos a los tipos de mi edad que flirtean con chavalas de veinticinco o treinta años. No quiero abundar en la materia…
P: Todos conocemos casos…
R: Me parece una forma de hacer el ridículo tremenda.
P: Lola, sobre Andrés: “Me contestaba (…) que atender a mi madre era cosa suya, y hablaba de ella como si cuidar a alguien que se quiere tanto no fuese un sacrificio, sino una extraña forma de privilegio”. Si ese tipo de amor no es el mejor del mundo, poco le falta.
R: Esto lo decía Joan Margarit. Margarit estuvo cuidando durante mucho tiempo a su hija Joana, que murió de cáncer, creo recordar, con treinta años, más o menos. Margarit decía que cuidar a quien se quiere no es un sacrificio, “sino una extraña forma de privilegio”. Creo que es así. Tendemos a ver los finales con mucho trauma, con muchísima fiebre, como algo muy tormentoso, y a mí no me ha sucedido esto porque no he tenido a nadie de mi familia que haya fallecido conmigo al lado, pero he tenido amigos y amigas que han tenido esta oportunidad de acompañar durante meses, y cuando han cambiado la mirada, y lo han hecho como un modo de estar disfrutando de esto que se está yendo y sacándole absolutamente todo el jugo, han vivido este proceso con muchísima paz. Esto me lleva a hablar de las pasiones.
P: El otro puede ser una pasión.
R: Los otros son pasiones. Las pasiones no son sólo las cosas intelectuales o las cosas que nos entretienen mucho: los demás pueden ser una pasión. Esto lo vemos mucho en los padres que hablan de los hijos con muchísima pasión cuando a estos les va bien, cuando están trabajando en lo suyo. Joder, me parecen motores fascinantes.
P: Intentaré evitar el destripamiento, pero para escribir Lo inesperado también ha consultado a pediatras.
R: Quería contar la historia de dos familias y hablar de las segundas oportunidades. En mis novelas siempre se habla de las familias y de las segundas oportunidades, y de la gestión del daño: cómo tenemos más posibilidades de ser felices cuanto mayor entrenamiento tengamos en gestionar la mierda, en gestionar las cosas malas que nos van a pasar. Cumplir años es gestionar cosas malas: pérdidas, ausencias, dolores, enfermedades, incomprensión laboral, separaciones, ruinas económicas, remontadas… Mis novelas hablan de todo ese periplo. En este caso, hay dos personas adultas que tienen unos hijos únicos y que tienen nietos únicos: un viudo con una hija única y un nieto único, y una viuda con un hijo único y una nieta única. Todos, vistos individualmente, parecen personajes cojos, pero juntos conforman un buen racimo. Y juntos parecen una tribu que se entiende bien. Entonces, aparece lo más sagrado: los niños. Los niños son una versión nuestra sin estropear. Siempre. Sobre todo, porque desambicionan. Esta novela también habla de la relación fascinante que hay entre los abuelos y los nietos. Y esto tiene que ver con el verbo desambicionar. Están los nietos por abajo, y nosotros, en la edad intermedia, aplastados como un sándwich, interpelados por esos niños que cuidamos y por esos padres nuestros que están por arriba, de los que tenemos que estar pendientes. Sucede que los abuelos desambicionan. Es un verbo fantástico: te quita peso de la mochila. Y es muy curioso cómo se establece una tirolina emocional que va desde el abuelo al nieto. El abuelo desambiciona porque todo se la trae floja. Nosotros ambicionamos un mejor salario, que nos hagan caso, tener una casa, viajar…, etcétera. Y abajo están los niños, que no han empezado a ambicionar. Por eso, hay una vez en la vida en que el nieto tiene seis o siete años, y el abuelo setenta y dos o setenta y tres, y es una conexión perfecta. Están en la misma pantalla de la Play: se la bufa el mundo del adulto.

P: Unos porque saben de qué va la vaina…
R: Y otros porque no han empezado a estropearse. La novela habla de eso y habla del miedo que hay en la familia cuando a una de esas personas tan importantes, que son los niños, le pasa algo malo. Y hay que gestionar eso. Eso cae como una bomba atómica que descoloca todo en una familia: un niño enfermo, un niño dañado, un niño que no es feliz, un niño roto. Es un mal negocio.
P: Celibato, viudez, ancianidad: ¿damos demasiado por hecho el maridaje de estos tres conceptos?
R: Seguramente. Tendemos a etiquetar.
P: Sobre todo, cuando esos viudos y esas viudas quieren seguir viviendo. Se ve muy bien cuando Luisa aparca el luto y va la peluquería…
R: Fíjate: hablamos mucho del qué dirán y decimos siempre que el qué dirán tiene que ver con los pueblos y con la gente mayor. Pero yo veo más pendiente del qué dirán a la gente joven que a un señor de ochenta años. A un señor de ochenta años se la trae floja lo que digan de él.
P: No es el perfil tipo de un adicto a las redes sociales.
R: Claro. Un chaval de veinte o una chica de veinticinco está superpendiente de la mirada ajena: si lo han dejado en leído, si lo suyo no ha gustado porque sólo ha tenido veinte visualizaciones, si nadie le contesta… Uf, uf, uf. Dicho esto, sí que hay una mirada en el libro, que la expresa muy bien Luisa, demandante de pureza y de perfección. Luisa es una señora viuda que no se quiere comportar como una viuda. Ella no quiere ser una viuda, está hasta las narices de que la etiqueten como si fuera una paloma. Luisa se niega a darle espacio al miedo. Piensa que, a partir de los setenta, la pregunta no es “¿qué deja una de hacer por miedo en la vida?”, sino “¿qué serías capaz de hacer por amor?”. Eso me parece muy valiente. Y me parece muy punki que una señora de setenta y muchos años haga lo que le apetece hacer, independientemente de cómo la vean. Por eso, una de mis escritoras favoritas es Concha Alós, ganadora del Planeta, que estaba con Baltasar Porcel, que tenía como veinte años menos que ella.
P: Vamos acabando, Pedro. ¿Envejecer es saber perder?
R: Como me dijo Arturo Pérez-Reverte, es dejar de hacer cosas que antes podías hacer y ya no puedes hacer. Él hablaba de cómo cogía el barco y se iba mar adentro, y me decía: “Ya no tengo cojones para hacerlo”. Envejecer es saber perder. Envejecer es saber gestionar mierda. Y es convertir la mierda en abono. No queda otra. No hay otra forma de estar que gestionar ausencias cuando vas cumpliendo años. Mi padre tiene ochenta y cinco, casi, y casi todos sus amigos de partida de dominó han caído. Es duro ir al bar a jugar una partida cuando tus compañeros de partida no existen. Y saber que, por lógica, pasada mañana caes tú.
P: Y son lentejas.
R: Y tienes que mantener las velas del barco puestas, para ver si viene algún vientecillo e ir tirando. Gestionar esto es duro. De alguna manera, te vas a tener que ir y algo malo te va a tener que pasar. Por eso es un poco desconcertante la gente que lleva siempre una bombilla muy grande en medio de esta creciente oscuridad. Es muy desconcertante y muy ejemplar.
R: A perder se aprende…
R: Más te vale. Si no, lo llevas crudo en esta vida. Todos perdemos más que ganamos. Esto me lo contaba Perico Delgado en una entrevista. Me decía: “Sí, yo he ganado un Tour de Francia o dos, las Vueltas de España que fueran, pero todas las demás veces he perdido”.

P: Luego está el síndrome de Peter Pan ridículo y generalizado, los adictos a las palabras que acaban en -ing: lifting, body sculpting…
R: Total, total. Vivimos en una sociedad en la que están prohibidas la soledad, la tristeza, la derrota, la enfermedad… Está prohibido el desempleo… Parece que sólo está permitida la perfección. Por la omnipresencia del ojo de Sauron, que te demanda que seas la hostia y que seas feliz. La gente a la que más he admirado es a esa que ha tenido que gestionar muchísima mierda en la vida. Una vez conocí a un tipo que se llamaba Kenneth. Kenneth estaba un día esquiando y cayó de tal manera que se quedó tetrapléjico. Es psicólogo clínico y lo sigue siendo. La gente va a su consulta. Kenneth, evidentemente, necesita ayuda: es tetrapléjico completo, no parcial. Una vez fue una mujer a su consulta porque tenía celulitis. Entonces, llegó y vio a Kenneth y le dijo: “Vaya tontería, vengo yo al psicólogo por mi chorrada”. Él le dijo: “No, no es ninguna tontería. Tiene derecho a estar mal, aunque lo suyo sea pequeño”. Le mandó unos ejercicios y le conminé a que volviera a la siguiente consulta. Fue, le preguntó si había hecho los ejercicios, y le dijo: “No. Además, voy a dejar la terapia porque no creo que tenga mucho sentido”. Y yo le dije a Kenneth: “¿Tú qué le dijiste?”. Y le dijo Kenneth: “Son sesenta euros”.

