“¿Qué coño está pasando?”, se pregunta Carol (Rhea Seehorn) hacia el final del primer episodio de Pluribus en referencia a la situación imposiblemente extraña en la que de repente se ve inmersa, y es la misma pregunta que el espectador se hará repetidas veces mientras vea la nueva serie. Se trata del regreso de Vince Gilligan a la televisión tras el reconocimiento universal que obtuvo gracias a Breaking Bad y Better Call Saul, y sirve para recordar a los más olvidadizos que, mucho antes de crear esas dos ficciones magistrales, el guionista y productor escribió algunos de los capítulos más raros y divertidos –y también de los más emotivos y tristes– de Expediente X.
Sobre el papel, y como aquel mítico repaso a los casos de Mulder y Scully, Pluribus funciona a modo de relato de ciencia ficción, y mientras tanto resulta a la vez inquietante y extrañamente hilarante, y del todo original a pesar de evocar clásicos como La dimensión desconocida (1959) y La invasión de los ultracuerpos (1978). En el centro de su peripecia argumental se sitúa Seehorn –que ya colaboró con Gilligan en Better Call Saul– en la piel de una de las pocas personas invulnerables a una plaga que arrasa el planeta, y la furia que la actriz exhibe en el papel es la principal fuente tanto del humor incisivo como de la hondura emocional de la serie. Suele decirse que el infierno son los otros pero, para su personaje, el infierno son todos los demás aglutinados en una sola entidad inexplicable.

Desde que aparece en pantalla por primera vez, Carol deja clara su devota dedicación a ser una imbécil. Escribe novelas de fantasía que venden millones de ejemplares y que ella misma considera basura; siente desprecio por los fans que le demuestran su adoración durante los actos de firma de libros; ama a su novia, que también es su representante, pero está tan insatisfecha con su éxito que suele pedirle que cambie la posición de sus libros en las tiendas para aumentar su visibilidad. Sus ideas y sus palabras surgen envueltas de amargura incluso antes de descubrir que un virus de origen extraterrestre se está extendiendo por todo el mundo.
Este virus, ojo, no mata a la gente ni los convierte en zombis –al menos, no del tipo más convencional–, sino que los une entre sí. Más específicamente, fusiona a cada ser humano del planeta en una sola conciencia colectiva, una única mente concebida como una colmena. Solo una docena de humanos son inmunes y, obviamente, ninguno de ellos mantiene una actitud tan negativa e iracunda ante la nueva realidad como Carol, que asume la responsabilidad de revertir los efectos del virus para salvar al mundo.
Hay que matizar que los nuevos humanos no son abiertamente maliciosos; cualquier violencia causada por la invasión es accidental. La colmena, pues, no desea hacer daño a Carol; quiere hacerla feliz y está a su entera disposición aunque, eso sí, también intenta comprender qué la hace distinta con el fin de lograr convertirla. Para todos excepto para ella, gracias a la nueva situación el pesimismo deja de existir. Todos se vuelven pacíficos, serviles y solidarios, e incapaces de causar daño a ningún ser vivo; no ven la invasión alienígena como el Apocalipsis, sino como una salvación. Sin embargo, la violencia y el egoísmo no son lo único que ha desaparecido del planeta, también la música, el cine, la literatura y cualquier otra forma de expresión artística que requiera un pensamiento original. La individualidad ha sido literalmente borrada de la noche a la mañana. La humanidad, entendida como concepto, ha muerto.

Para establecer esa premisa, Gilligan se sirve de la retórica propia del cine de terror, y genera una sensación de amenaza creciente mientras contempla cómo su protagonista intenta asimilar el nuevo orden mundial y su lugar dentro de él, o fuera. Entretanto, Pluribus plantea la paradoja irreconciliable representada por el deseo que todos tenemos tanto de autonomía y libre albedrío, por un lado, como de encontrar amor y seguridad en nuestra pertenencia a una comunidad, por el otro. Para ello, cuenta con la ayuda inestimable de su intérprete protagonista. Carol es un personaje miserable y a menudo frustrante, y aun así es difícil apartar los ojos de Seehorn, que recorre todo el abanico emocional –del dolor y la confusión al miedo y la rabia– y provoca risas, lágrimas y exasperación a ratos de forma simultánea.
Mientras la observa, Gilligan dota los episodios de un ritmo paciente que conecta Pluribus con Better Call Saul. Una profunda quietud late bajo cada plano, y abundan las secuencias largas y a menudo carentes diálogo dedicadas a contemplar procedimientos. Al mismo tiempo, Gilligan nos recuerda por qué está considerado uno de los grandes estilistas de la televisión, especialmente a través de esos planos abiertos del cielo y de carreteras prolongadas hacia el horizonte que tan contradictorios resultan si se tiene en cuenta que toda la vida emocional de Carol ha quedado reducida a una sola relación, con una entidad incomprensible.
¿De qué habla en realidad Pluribus, mientras se pregunta si la humanidad es un precio demasiado alto a pagar por una vida de tranquilidad, estabilidad y comodidad? Es fácil dar por hecho que uno de sus temas de cabecera es la amenaza a la originalidad y a la privacidad planteada por la inteligencia artificial y los algoritmos, y que otro es la mentalidad de rebaño estimulada por las redes sociales. Sin embargo, puede funcionar con la misma eficacia como metáfora del duelo o la depresión. En cualquier caso, no hace falta aceptar ninguna de las propuestas temáticas que nos ofrece para disfrutar de su mezcla única de estudio psicológico complejo, intriga cargada de atmósfera y visión deslumbrante de un futuro no tan improbable. Sea cual sea la dirección que tome en su segunda temporada –ya ha sido aprobada por AppleTV–, es una de las mejores series que se han estrenado en mucho tiempo.
