Arte

Ruth Asawa, la artista que Bilbao todavía permite descubrir este verano

El Museo Guggenheim Bilbao acoge la primera gran retrospectiva europea de Ruth Asawa, reuniendo cerca de 250 obras que exploran seis décadas de una práctica artística capaz de convertir el alambre industrial en formas orgánicas que habitan el espacio sin robarle el aire

La artista Ruth Asawa haciendo esculturas de alambre, California, noviembre de 1954.
La artista Ruth Asawa haciendo esculturas de alambre, California, noviembre de 1954.
Guggenheim Bilbao

En el corazón de la arquitectura de titanio de Frank Gehry, un paisaje de asombros estéticos ha tomado las salas 103 y 105. Las esculturas de Ruth Asawa (Norwalk, 1926 – San Francisco, 2013) no descansan sobre pedestales ni se anclan al suelo; cuelgan del techo, suspendidas en un baile silencioso de transparencias y sombras. Esta exposición, titulada simplemente Ruth Asawa: Retrospectiva, representa un hito histórico: es la primera gran antológica de la artista estadounidense de origen japonés en Europa, coincidiendo con el centenario de su nacimiento. Organizada en colaboración con el SFMOMA de San Francisco y el MoMA de Nueva York, la muestra ofrece una inmersión completa en una trayectoria que durante décadas fue injustamente relegada a las notas al pie de la historia del arte.

Las raíces entre alambradas

La biografía de Asawa es inseparable de su obra. Hija de agricultores japoneses emigrados, su vida cambió drásticamente en 1942, tras el ataque a Pearl Harbor. Con solo 16 años, fue testigo de cómo el FBI se llevaba a su padre y, poco después, ella y el resto de su familia fueron recluidos en campos de internamiento por el Gobierno estadounidense. Pasaron 18 meses tras vallas de espino, primero en un hipódromo durmiendo en establos y luego en un centro en Arkansas.

Paradójicamente, fue en el cautiverio donde Asawa encontró su libertad creativa. Ante la falta de recursos, comenzó a dibujar del natural bajo la tutela de tres artistas de los estudios Walt Disney que también estaban detenidos. Aquella experiencia de observar las líneas de las alambradas que la rodeaban se convertiría años después en la sustancia de sus esculturas más relevantes: un ejercicio de hospitalidad desafiante que transformaba el material que la encerró en arte hipnótico.

El aprendizaje de la mirada en Black Mountain

Tras la guerra, la discriminación persistió. En 1946, se le denegó el título de profesora de arte debido a sus orígenes, lo que la llevó a matricularse en el Black Mountain College, en Carolina del Norte. Este centro era un experimento educativo progresista inspirado en la Bauhaus, donde la enseñanza se basaba en la experiencia sensorial y la comunidad.

Allí, Asawa tuvo como maestros a figuras como Buckminster Fuller, Merce Cunningham y, especialmente, a Josef Albers. De Albers, la artista aseguró haber “aprendido a ver”, integrando un enfoque matemático y filosófico que marcaría sus futuras investigaciones sobre la transparencia y la continuidad. Obras tempranas en la muestra, como sus “Danzantes” de 1948, reflejan la influencia de sus clases de danza y sus primeros experimentos con patrones geométricos y botánicos.

Ruth Asawa, Sin título (S.363, Cesta exenta) [Untitled (S.363, Freestanding Basket)], ca. 1948. Alambre de cobre, 11,4 × 19,1 × 19,7 cm.
Sin título (S.363, Cesta exenta) [Untitled (S.363, Freestanding Basket)], ca. 1948. Alambre de cobre, 11,4 × 19,1 × 19,7 cm.
Ruth Asawa Lanier, Inc., Cortesía David Zwirner; foto cortesía Christie’s

Tejer el vacío: De México al mundo

El punto de inflexión técnica de su carrera ocurrió durante un verano en Toluca, México, en 1947. Asawa quedó fascinada por las cestas de alambre que los artesanos locales utilizaban para transportar huevos. Adoptó esa técnica de cestería —aparentemente sencilla pero de una complejidad estructural enorme— para crear sus “loop sculptures” o esculturas de alambre en bucle.

Su postulado fundamental fue la “forma continua dentro de otra forma”. Utilizando una sola línea de alambre que se dobla y se enlaza, Asawa generó estructuras que parecen úteros o linternas suspendidas, donde el interior y el exterior están conectados permanentemente. Como ella misma describía, sus piezas son dibujos tridimensionales que capturan el volumen sin ser masivas ni estáticas. No competían con el espacio; lo atravesaban con una paciencia doméstica y manual.

El arte como forma de vida

A diferencia de muchos de sus contemporáneos que buscaban la monumentalidad, Asawa integró su práctica en su vida diaria en San Francisco. Su casa en Noe Valley, donde residió desde 1961, era también su estudio. Madre de seis hijos, no separaba la crianza de la creación; a menudo sus hijos colaboraban en la gestación de sus piezas o servían como modelos para sus moldes de arcilla y máscaras.

Esta dedicación a lo doméstico y el uso de materiales “ordinarios” hicieron que, inicialmente, la crítica marginara su trabajo calificándolo de artesanal o meramente femenino. Sin embargo, la exposición en el Guggenheim permite redescubrirla como una precursora del minimalismo y una innovadora que desafió las jerarquías tradicionales del arte, situando el grabado, la papiroflexia y la cestería al mismo nivel que la escultura en bronce o la pintura.

Una de las galerías de la exposición.
Guggenheim Bilbao

Una retrospectiva exhaustiva

El recorrido por el museo, articulado en diez secciones cronológicas, abarca desde 1947 hasta 2006. Además de sus célebres formas colgantes, los visitantes pueden contemplar:

  • Dibujos y pinturas: Investigaciones sobre patrones de crecimiento botánico y espirales logarítmicas.
  • Grabados de Tamarind: Una serie experimental de 1965 realizada en Los Ángeles, donde destacan obras como “Amapola”, que representa la flor emblema de California.
  • Esculturas de alambre atado: Piezas iniciadas en los años 60 tras recibir una planta seca del Valle de la Muerte, donde las ramificaciones arborescentes imitan la complejidad de la naturaleza.
  • Arte público: Documentación sobre sus encargos en San Francisco, como las “Fuentes de Origami” o el memorial al internamiento de japoneses en San José, donde utilizó su arte para sanar heridas históricas y fortalecer la comunidad.

El legado de la “Dama de las Fuentes”

Incluso cuando su salud se vio mermada por el lupus en sus últimos años, Asawa nunca dejó de crear, volcándose en delicados dibujos de las flores de su jardín. Su compromiso con la educación artística la llevó a fundar programas para niños desfavorecidos y la escuela pública de arte de San Francisco hoy lleva su nombre.

Esta exposición es, en palabras de su directora Miren Arzalluz, una oportunidad para un “reencuentro o un descubrimiento” de una figura pionera. Como señaló su hijo Paul Lanier durante la inauguración, las obras de Ruth Asawa “habitan el espacio sin robar el aire”. En un verano artístico español marcado por grandes nombres como Carmen Laffón en el Thyssen o Félix González-Torres en el Reina Sofía, la propuesta de Asawa en Bilbao destaca por su invitación a bajar el volumen y mirar despacio.

La muestra podrá visitarse en el Museo Guggenheim Bilbao hasta el 13 de septiembre de 2026. Es una cita ineludible para entender cómo una artista, a través de materiales industriales duros, logró crear un universo blando, transparente y profundamente humano que sigue resonando con una autoridad silenciosa en el presente.

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