Sonia Almarcha (Pinoso, Alicante, 1972) está en un buen momento profesional. Solo en lo que llevamos de década, ha actuado en películas como El buen patrón, de Fernando León de Aranoa, que le supuso una nominación al Goya; Marco, estrenada en la sección oficial del Festival de Venecia; o Yo no moriré de amor, ganadora de la Biznaga de Oro, el gran premio del Festival de Málaga.
Una década que comenzó con su participación en el cortometraje A la cara, de Javier Marco, coprotagonizado junto a Manolo Solo. Con una puesta en escena sobria y una narración minimalista, aquel proyecto se llevó el Goya al mejor cortometraje de ficción y los premios de interpretación para Almarcha y Solo en el Festival de Málaga. En él, la actriz interpretaba a una presentadora de televisión que planta cara al hombre que la insulta en redes sociales, presentándose en su cara y exigiéndole que repita el comentario en persona.
Ahora, el trío repite con la adaptación al largometraje. Lejos de limitarse a expandir una historia sobre el acoso en línea, A la cara humaniza a sus personajes al ahondar en temas como la culpa, la soledad y la posibilidad de redención.
Tú ya habías interpretado a Lina en el cortometraje. ¿Qué descubriste de ella cuando el personaje tuvo más tiempo para respirar en el largometraje?
En el corto sabíamos muy poco de ella. Era un personaje público, una mujer conocida, en una situación delicada, que llegaba a un punto de hartazgo y se plantaba en casa de este hombre. El corto habla sobre los haters, el odio en redes y esa confusión tan extraña que se produce cuando alguien cree que, por ver a una persona en televisión, tiene derecho a hablarle como si la conociera. En realidad, no sabes nada de esa persona, solo esa parte pública. En el largo, Javier y Belén [Sánchez-Arévalo, coguionista] entendieron que había que averiguar de dónde venían los dos personajes para hacer lo que hacen. Porque hay que ser muy valiente, muy inconsciente o estar en una situación muy límite para hacer lo que hace Lina. También me parece peligroso. En realidad, el corto es solo el punto de partida.

Lina llega a la casa de Pedro con una decisión muy extrema: obligarle a decirle a la cara el mensaje de odio que le escribió. ¿Cómo evitaste interpretarla solo desde la venganza?
Creo que no hay venganza. Posiblemente, en su caso, el arranque venga de la rabia por todo lo que le está pasando, de la frustración por no poder encajarlo y de que, encima, haya gente que se permita amenazarla o hablar con esa ligereza de algo tan fuerte como que una hija se te esté muriendo. Ella siente tanta culpa que llega a un punto en el que cree que ya no puede perder más de lo que ha perdido. Y eso hace que se vuelva imprevisible e incluso peligrosa, porque alguien que no tiene nada que perder es alguien peligroso. Puede hacer cualquier cosa. Puede salir por cualquier sitio. El arco bonito de Lina, a nivel interpretativo, era ver cómo al principio aparece el personaje público, muy armado y sostenido, y cómo poco a poco se va quitando capas hasta que vemos al ser humano en crudo, con todos sus sentimientos y todo lo que le pasa. Con el personaje de Manolo ocurre algo parecido. Al principio vemos al hater, pero poco a poco la situación hace que los dos queden como seres humanos en estado más puro. Precisamente por eso se produce la empatía.
Es un personaje expuesto públicamente, juzgado desde fuera y atravesado por un dolor íntimo. ¿Qué parte te resultaba más difícil de sostener?
La parte pública está más alejada de mí y la construí desde algo más físico. La otra parte tenía la complejidad de entender la profundidad de ese dolor. Yo soy madre y no me quiero imaginar lo que tiene que ser vivir una situación como la de Lina. Solo asomarte ahí da miedo.
Hay una dureza en ella, pero también un cansancio enorme. ¿Cómo trabajaste esa mezcla?
Estuvimos en contacto con Javier y Belén desde que empezaron a desarrollar el guion. Nos iban pasando versiones a Manolo y a mí, y nosotros les dábamos nuestra impresión. Fue una relación constante. Cuando tuvimos la versión definitiva, ensayamos bastante los cuatro para transitar todo el arco. Como nunca se rueda en orden, necesitábamos saber en qué punto emocional estaba cada personaje en cada escena. Eso nos ayudó mucho a llegar al rodaje con el recorrido hecho.
Buena parte de la película se apoya en escenas largas con Manolo Solo, donde parece que ambos personajes se estudian, se atacan y se necesitan a la vez. ¿Cómo fue ese trabajo con él?
Manolo y yo nos hemos encontrado muchas veces. Hemos trabajado juntos seis veces: como pareja, como amigos, en cine, en teatro… A veces directamente y otras no en la misma secuencia, pero sí en la misma película o en la misma obra. Además, somos amigos; nos conocemos mucho y tenemos una forma de trabajar parecida. Partimos de un lenguaje común. En los ensayos pasaba algo muy bonito. Había cosas escritas en el guion que, al mirarnos, ya estaban dichas. Javier decía: “Lo quitamos, no hace falta”. Solo con la situación y con cómo nos mirábamos ya se entendía lo que estaba escrito. Hay mucha complicidad entre los dos; nos respetamos muchísimo y nos gustamos como actores. Eso facilita mucho.

La película no ofrece una catarsis fácil. ¿Eso como actriz te libera o te deja en un lugar más incómodo?
A mí me gustan mucho los grises. Me interesan los personajes que no están tan cerrados, que tienen muchos matices, como en la vida. También me gustan las historias que dejan aire para que el espectador complete algo. Como espectadora, no me gusta mucho que me obliguen a mirar solo hacia un sitio. Creo que en esta película pasa algo curioso, porque la situación de partida, si la piensas en frío, es bastante inverosímil. Se tendrían que dar muchas cosas para que ocurriera algo así. Pero vas entrando en la película y dices: sí, podría ser. También me gusta que sea difícil imaginar hacia dónde va. Cuando la leí, me preguntaba todo el rato: “¿A dónde va esto?”. Y cuando la vi me volvió a pasar.
¿Te ha cambiado algo la forma de mirar los comentarios o la violencia verbal en redes?
No me cambió del todo porque esa conciencia ya la tenía. Pero sí me hizo pensar más en cómo tratamos a las personas con una vida pública, tanto si la han buscado como si no. A veces se confunde ver a alguien con conocerlo, y conocerlo con tener derecho sobre él. Yo no he vivido situaciones así, pero tengo amigos más mediáticos y he visto cosas muy marcianas: de no poder salir, no poder estar tranquilos. Se dice mucho: “Si no quieren que opinen de ellos, que no hablen tanto”. Pero una cosa es que alguien sea personaje público o que dé entrevistas, y otra es invadir su vida privada. En el caso de Lina, además, es periodista. Forma parte de su trabajo estar expuesta. Pero de ahí a considerar que puedes entrar en su vida privada hay una distancia enorme. La película me hizo reflexionar más sobre lo delicado que es mantener la privacidad.
Estás justo ahora también de estreno con Yo no moriré de amor y en un momento bastante prolífico. Se habla mucho de cómo a las actrices a partir de cierta edad se les ofrecen menos papeles o papeles de apoyo y estereotipados. ¿Sientes eso tú en tu caso?
Me siento afortunada, por supuesto. Pero personajes así hay menos. A partir de los 50 o los 60, muchas veces son papeles de apoyo: la abuela, la madre, la señora de no sé qué. Es muy raro que la historia esté contada desde el punto de vista de una mujer de esa edad. Algo hemos mejorado, sobre todo porque ahora se habla del problema. Antes ni se hablaba. Hay más conciencia a nivel de guion y producción, y empieza a haber más interés por este tipo de historias y de puntos de vista. Pero no hay tantos personajes. Yo he tenido mucha suerte en los últimos años, porque me han llegado personajes interesantes, pero muchísimas compañeras se han quedado en el camino. Llega un momento en que muchas no pueden sostenerlo económicamente. Y artísticamente también es muy frustrante. Después de toda una vida de carrera, cuando mejor estás tú y más experiencia tienes, a menudo te llegan personajes más pequeños, con menos visibilidad y menos que contar. No es una cuestión de si el personaje sale más o menos, sino de si realmente cuenta algo. Además, muchas espectadoras de cine y teatro de España son mujeres de más de 50 años. Que no me cuenten que estas historias no interesan. Estoy segura de que sí. Hemos cambiado algo, pero no hay que bajar el pistón ni muchísimo menos.

