Escrita, grabada y difundida en un lapso de días, ‘Streets of Minneapolis’ marca la reacción más inmediata de Bruce Springsteen ante los hechos recientes en Minneapolis vinculados a operativos federales de inmigración. En la presentación de la pieza, el músico afirma que la compuso un sábado, la registró al día siguiente y decidió publicarla de forma inmediata; además, dedica la canción a la ciudad, a “nuestros vecinos inmigrantes inocentes” y a la memoria de Alex Pretti y Renee Good, y describe la situación como “terror de Estado”.
Según el relato de medios internacionales, la canción responde a muertes recientes en Minneapolis vinculadas a agentes federales de inmigración (ICE) y a la escalada de operativos que han encendido protestas y un clima de intimidación, especialmente en comunidades inmigrantes. Springsteen la dedica explícitamente a la ciudad, a “nuestros vecinos inmigrantes inocentes” y a la memoria de Alex Pretti y Renee Good.
En el universo Springsteen, poner una ciudad en el título nunca es casual. ‘Streets of Philadelphia’ convirtió un paisaje urbano en elegía; ‘Atlantic City’ transformó un mapa en fatalismo; “Youngstown” hizo de una localidad industrial una tesis sobre el sueño americano oxidado. Minneapolis, aquí, funciona como escenario y símbolo: el lugar donde la ley, o su caricatura, se vuelve fuerza bruta, donde el uniforme deja de significar protección y pasa a significar amenaza.
La prensa anglosajona destaca la crudeza del enfoque: ICE aparece como “ejército privado”, y el poder federal, como un aparato que justifica la violencia con un lenguaje burocrático (‘self defense’, ‘they’re here to uphold the law’) mientras la calle cuenta otra historia. Esa tensión -versión oficial contra experiencia vivida- es una de las obsesiones más constantes del Boss: la distancia entre el relato patriótico y el coste humano real.
Musicalmente, lo más significativo no es “innovar”, sino elegir el vehículo exacto para que el mensaje llegue entero. En su mejor política, Springsteen nunca sermonea desde arriba: dramatiza. Si ‘Born in the U.S.A.’ se malinterpretó por su potencia de estadio, fue porque su ironía viajaba en una carcasa de himno. En cambio, cuando quiere que no haya escapatoria, recurre al minimalismo o al tono de balada-testimonio (la estela de ‘Nebraska’, el realismo sombrío de ‘The Ghost of Tom Joad’, el duelo comunitario de ‘The Rising’).
Los adelantos y reseñas describen ‘Streets of Minneapolis’ como una pieza de protesta directa, con imágenes de ciudad “bajo asedio” y un estribillo de solidaridad con la comunidad. No es el Springsteen de la metáfora abierta: es el de señalar con el dedo, el de convertir nombres propios en memoria pública. Y en su trayectoria eso tiene un precedente clarísimo: ‘American Skin (41 Shots)’, escrita tras el caso Amadou Diallo, donde la pregunta no era estética sino moral (“¿cuántos disparos…?”). La estrategia se repite: fijar una injusticia en una forma cantable para que no se diluya en el ciclo informativo.
El Boss y la tradición de la “canción de conciencia”
Springsteen no está “metiendo política” ahora: la ha llevado dentro desde que entendió que el rock también es archivo social. En los 70 cantó a los perdedores con épica; en los 80 desmontó el triunfalismo; en los 90 y 2000 se volvió más explícito, y tras el 11-S asumió el papel de narrador del duelo nacional. En la última década, su crítica al trumpismo y su defensa de una idea inclusiva de Estados Unidos se han endurecido, y esta canción aparece como un capítulo nuevo -y particularmente inflamable- de esa misma línea.
Lo interesante es que ‘Streets of Minneapolis’ no se plantea como “canción de campaña”, sino como canción de alarma. La palabra clave en los artículos internacionales es “urgencia”: escrita y publicada con rapidez, y anclada a un suceso concreto, como si Springsteen quisiera ganarle por velocidad al olvido.
Que el foco sea ICE es, a la vez, específico y simbólico. Es específico porque apunta a una agencia y a un tipo de operativos; es simbólico porque habla del miedo administrativo: el terror no siempre llega con tanques; a veces llega con formularios, redadas, identificaciones “aleatorias” y un relato que normaliza la excepcionalidad. La cobertura internacional subraya precisamente esa idea de “state terror” aplicado a la vida diaria de una ciudad.
Springsteen suele escribir desde la empatía con el ‘stranger in our midst’: el forastero, el que llega, el que trabaja sin papeles, el que no encaja en el cuadro oficial de pertenencia. Y cuando en la canción se invoca a “nuestros vecinos inmigrantes inocentes”, lo que hace es mover la discusión del terreno abstracto (“fronteras”, “seguridad”) al terreno moral (“vecinos”, “inocentes”, “memoria”).
Hay una razón por la que esta canción está generando titulares globales: el lenguaje. Llamar “terror de Estado” a una política pública no es una hipérbole inocua; es una acusación de legitimidad. Y Springsteen lo hace sin guantes, enfrentándose a la reacción del propio Trump, que, según la prensa, respondió con descalificaciones personales.
Pero ahí está la apuesta del Boss desde hace décadas: la idea de que la cultura popular no es un adorno del país, sino uno de sus tribunales. ‘Streets of Minneapolis’ no pretende cerrar el debate; pretende impedir que se cierre en falso. Convierte dos nombres en una melodía y una ciudad en un recordatorio. Y en tiempos de ruido, esa puede ser la forma más efectiva de resistencia: hacer que la memoria tenga estribillo.
