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Aún no ha finalizado marzo, con lo que a las mujeres nos quedan unos pocos días de visibilidad. Nos invitan a que hablamos de agendas, de enfoques, se barajan nombres para que comenten un tema o a expliquen el mundo. Con los debates y las ausencias actuales, el feminismo parece una cuestión abstracta, casi teórica. Pero de pronto un dato concreto lo desmonta todo: según un estudio internacional publicado este fin de semana y que en España ha liderado la profesora de la Universidad de Málaga Teresa Vera, solo el 29 % de las personas que aparecen en las noticias son mujeres. Ni una tercera parte.

No hablamos de cargos de poder ni de ejecutivas del IBEX, sino de esa fotografía general, básica, casi elemental del mundo que ofrecen periódicos, televisiones y radios. En esa fotografía, siete de cada diez voces siguen siendo masculinas. Siete de cada diez expertos consultados, protagonistas de titulares, analistas invitados, personas que explican por qué ocurre lo que ocurre son señores.

En cualquier ciudad española, un lunes por la mañana, hay mujeres por todas partes: en las aulas, en los hospitales, en los juzgados, en las empresas, en los laboratorios, en los comercios. La realidad cotidiana parece bastante equilibrada. Sin embargo, en los medios el mundo sigue lleno de hombres.

Las cosas suelen ocurrir así: un periodista necesita un experto para hablar de economía. Llama al catedrático que conoce desde hace años. ¿Quién mejor? Un programa busca comentaristas políticos. Aparecen los mismos analistas de siempre. Una noticia científica requiere una voz autorizada. El contacto que circula en los correos desde que ese tema cobrara interés tiene nombre masculino.

Ni siquiera es por mala intención. Es pura inercia. La información funciona con redes de confianza, con agendas de teléfonos heredadas, con la urgencia de cerrar una pieza antes del informativo de las nueve. En ese sistema, la novedad es incómoda y la costumbre, la velocidad de la respuesta, manda.

Desde luego, las mujeres aparecen mucho cuando son víctimas. Si protagonizan sucesos, agresiones, tragedias, ahí estamos. O cuando encarnan historias emocionales y emocionantes: la madre coraje, la superviviente, la joven inspiradora. Donde desaparecen con facilidad es en el análisis, la autoridad, la explicación del mundo. La voz experta, la que prescribe y consigna, ese es el verdadero hueco.

Porque a estas alturas no se trata solo de cuántas mujeres aparecen, sino en qué papel, con qué peso. El estudio señala algo que se repite en muchos países: las mujeres son citadas con mayor frecuencia como testigos o protagonistas de una historia personal, mientras que los hombres siguen ocupando el lugar de quien interpreta la realidad, la explica o parece entenderla.

La información construye jerarquías invisibles. Si los expertos que aparecen en pantalla son mayoritariamente hombres, el público aprende sin darse cuenta: el conocimiento tiene voz masculina. La autoridad también. Incluso en las IA se observa ese sesgo, sin saber aún si fue antes el huevo o la gallina.

Mientras tanto, miles de investigadoras publican artículos, miles de economistas analizan datos, miles de juristas interpretan leyes. Muchas de ellas nunca recibirán esa llamada de última hora para explicar un tema en un informativo porque no están en la agenda adecuada.

El periodismo cree que refleja el mundo, y la mayoría de las veces es así.  A veces incluso lo fabrica sin querer a base de repetir voces, de confiar en los mismos nombres, de mirar siempre en el mismo lugar. Por eso ese 29 % resulta incómodo, no solo por la desigualdad sino por la pereza, los  hábitos la facilidad con la que un sistema se replica a sí mismo. Y sería sencillo cambiarlo, por cierto. Bastaría con abrir la agenda de contactos y marcar otro número.